¿Por qué este título para mi primera columna de mayo? No lo sé, o finjo no saberlo. Quizás sea el recuerdo que aún perdura. Acababa de terminar de escuchar, entre la fascinación y el vértigo, una presentación de la Dra. Angelita Peña. En ella describió, con precisión milimétrica, lo que nos espera en dos o tres años: el reinado de la todopoderosa inteligencia artificial.
Desde que conocí las ideas de la Dra. Peña, he experimentado lo que los místicos llaman una liberación del alma, la liberación de una angustia petrificada. Porque no nos equivoquemos: en nuestra isla, la Historia tiene sus archivos y la diplomacia sus pretensiones. Pero estos informes diplomáticos no tienen absolutamente nada que ver con las micronarrativas, los encantamientos digitales que la IA difunde ahora para enmascarar la realidad.
Tras escuchar esto, le confié a un amigo, el Dr. Alfredo Vargas Caba, con franqueza: «Más allá de la trágica falta de estructura en la construcción del Estado haitiano, es la ausencia de un diálogo sincero entre intelectuales de ambos bandos lo que nos condena». Y añadí, para dar un golpe de efecto: «Sobre todo entre los locos de la República Dominicana, categoría a la que me enorgullezco de pertenecer».
Decirle a un haitiano que uno está «loco» por la vecina República Dominicana se considera hoy una blasfemia o una patología. Sin embargo, mi diagnóstico es puramente histórico: la República Dominicana tuvo la previsión, o el instinto de supervivencia, de lograr su independencia de Haití justo en el momento en que el destino se lo permitió. Quince minutos más tarde, el naufragio habría sido compartido.
Pero rompamos los tabúes y vayamos al meollo del asunto. Las deficiencias arquitectónicas de nuestras instituciones, estas ruinas que conforman nuestro país, son solo la punta del iceberg. El verdadero y más devastador caos no reside en nuestras obras, sino en la mentalidad de la mayoría de nuestros conciudadanos. Hemos construido un laberinto de negación donde la razón ya no encuentra su camino. Mientras carezcamos del valor para reconstruir nuestros procesos de pensamiento frente a nuestros muros, seguiremos siendo espectadores impotentes de nuestro propio colapso, mientras que la IA ya habrá terminado de remodelar el mundo sin esperarnos.
Compartir esta nota
