Los prestamistas deben elegir entre países que se comportan como un empresario despilfarrador, como un dueño de negocio de edad avanzada, pero respetable, y como un aristócrata endeudado
Eres el presidente del comité de crédito de un banco y tienes ante ti las siguientes tres solicitudes de préstamo. ¿A quién preferirías prestarle?
El primer préstamo es para un empresario exitoso que parece haberse descarrilado, gastando desaforadamente en fiestas y drogas, y que necesita cada vez más dinero en efectivo para mantener ese estilo de vida. El segundo prestatario es un empresario, de edad avanzada, pero respetable. Ambos tienen enormes deudas y derrochadores planes de gasto, pero cuentan con muchos activos y una reputación de ser incansables trabajadores. La pregunta es: ¿de dónde vendrán sus ingresos futuros?
El tercer préstamo es para un aristócrata que vive en una majestuosa mansión. Sus deudas actuales son cuantiosas y, entre las matrículas escolares, los caballos y el costo de reparar el techo, sus compromisos financieros también lo son. La casa se ve bonita, pero las habitaciones están vacías y las perspectivas de ingresos del propietario parecen dudosas.
Estos tres deudores representan la disyuntiva a la que se enfrentan los inversionistas al observar, a nivel mundial, la desoladora situación fiscal de las economías desarrolladas del mundo. Está el caso de EEUU — el primer candidato — con un déficit cercano al 6 por ciento del producto interno bruto (PIB) sin ninguna razón válida más que el hecho de que los impuestos son "antiestadounidenses", que carece de un plan y que, al parecer, no tiene deseo alguno de hacer algo al respecto.
Luego está Japón — el segundo candidato — con una enorme deuda pública y una población que está envejeciendo; además, se ha tomado la extraña decisión de mantener el gasto deficitario incluso después de haber resuelto su problema de deflación. Japón, sin embargo, es un país rico en activos, tanto en el caso de su Gobierno como en el de su población.
Por último, tenemos a Europa — el tercer candidato — donde se encuentran países como Francia, Italia y el Reino Unido entre los grandes deudores. En Europa al menos se le presta atención retórica al control de la deuda y de los déficits, pero muchas naciones han hecho promesas de gasto desmesurado, el cual sus economías están cada vez menos preparadas para sostener, y casi no existe voluntad política para enfrentar a los votantes con esa dura realidad.
A medida que los rendimientos de los bonos suben — con los rendimientos a 30 años superando el 4 por ciento en Japón y el 5 por ciento en EEUU y el Reino Unido —, la presión fiscal sobre todas las economías endeudadas se está intensificando.
Cada país se queja de sus propios problemas fiscales y del despilfarro de los políticos que los causaron. Todos se han visto afectados por grandes aumentos en la deuda pública desde la crisis financiera de 2008 y, en particular, desde la pandemia de COVID-19. Pero, a pesar de las similitudes superficiales, la naturaleza del reto fiscal en cada país es bastante diferente, y algunos de los problemas serían notablemente más fáciles de resolver que otros.
EEUU, por ejemplo, actualmente tiene una deuda pública neta de alrededor del 99 por ciento del PIB anual, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). Se prevé que esa cifra siga aumentando rápidamente debido a un déficit fiscal elevado y sin resolver. Pero EEUU tiene ese déficit, en gran medida, por elección propia: ha optado por reducir los impuestos en repetidas ocasiones sin recortar el gasto. EEUU cuenta con un sólido crecimiento económico, lo cual facilita mucho abordar el problema de la deuda, ya que le permite aumentar los ingresos sin subir los impuestos. Además, existe un enorme interés a nivel mundial por invertir en bonos del Tesoro estadounidense. Si alguna vez el sistema político lograra organizase — si el empresario se cansa alguna vez de sus excesos —, entonces sus problemas fiscales serán perfectamente solucionables.
La deuda pública de Japón, la cual ha sido elevada durante mucho tiempo, suele considerarse un caso atípico a nivel mundial. Pero, en términos netos — con una previsión de que alcance el 134 por ciento del PIB en 2026, según el FMI —, ya no se ve tan ampliamente diferente de los niveles de otros países ricos. La parte más difícil del problema fiscal de Japón es el implacable envejecimiento de su población, con los costos de la atención médica y de las pensiones aumentando cada año, así como con una población en edad de trabajar cada vez más reducida para pagarlos.
Actualmente, Japón cuenta con una buena oportunidad para abordar su situación financiera. El regreso de la inflación está erosionando el volumen de la deuda contraída cuando las tasas de interés eran cero. La primera ministra Sanae Takaichi parece decidida a desperdiciar esta oportunidad con un derroche innecesario de gastos, pero al menos se trata de gastos discrecionales y no de ayudas sociales. Mientras tanto, la gran fortaleza de Japón es su posición como gran acreedor del resto del mundo. Su población tiene muchos ahorros, incluso si su Gobierno tiene mucha deuda. El país no depende de la benevolencia de terceros.
Eso deja a Europa, y países como Francia, donde la deuda neta es del 108 por ciento de la producción anual según la medición del FMI de octubre de 2025; a Italia, donde es del 128 por ciento; y al Reino Unido, donde es de poco más del 94 por ciento. Todos estos países tienen déficits fiscales persistentes que les ha costado controlar desde la pandemia. El crecimiento es escaso, la carga tributaria es elevada y la mayoría de los países están atrapados en un costoso Estado de bienestar al que sus ciudadanos no están dispuestos a renunciar.
El Reino Unido, el cual tiene un persistente déficit por cuenta corriente, además del fiscal, y un sector público en ruinas — tras haber vendido casi todos los activos que no estaban atornillados al suelo —, parece tener particularmente pocas opciones. El problema de Europa es, fundamentalmente, uno de gasto y, a menos de que se produzca una reactivación repentina del crecimiento, sólo podrá realmente resolverse convenciendo a la población de que es más pobre de lo que cree (una ingrata tarea para cualquier político).
Las perspectivas fiscales son desoladoras en muchos países y, por primera vez en décadas, los mercados están empezando a ejercer presión al respecto. Pero algunas situaciones son más resolubles que otras.
Como bien lo sabe todo banquero: es mejor tener un deudor que no vaya a pagar que uno que no pueda hacerlo.
Robin Harding. Copyright The Financial Times Limited 2026 © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.
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