A medida que la crisis energética se intensificaba a principios de este año, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ofreció sus habituales recomendaciones sobre cómo deberían responder los países si querían mitigar el impacto en sus hogares y compañías. Según el FMI, cualquier medida de apoyo debería ser oportuna, específica y temporal. Los países respondieron rápidamente: en el último recuento de mediados de junio, se habían implementado casi 900 medidas para mitigar el choque en 170 países. Pero las medidas fueron generales, no tenían fecha de vencimiento y subvencionaban la energía, lo que socavó el incentivo para ahorrar combustible en medio de una crisis energética; será difícil revertirlas.
Las subvenciones energéticas de este año significan algo más que la falta de voluntad de los países para seguir las recomendaciones del FMI; son simplemente el ejemplo más reciente de una creciente tendencia internacional a resolver los problemas mediante un mayor endeudamiento público y dejar que los Gobiernos futuros se encarguen de los resultantes déficits y deuda más elevados.
Ésta ha sido una práctica habitual en EEUU desde la década de 1990. La política francesa lleva mucho tiempo sin poder controlar los elevados déficits para cumplir con los objetivos europeos. El actual Gobierno alemán ha decidido endeudarse más para reparar su deteriorada infraestructura y mejorar sus capacidades de defensa. Japón ha prometido nuevos recortes de impuestos y un programa masivo de inversión pública y privada. Y el nuevo primer ministro del Reino Unido, Andy Burnham, dijo que aprovecharía las flexibilidades en sus normas presupuestarias para permitir un mayor endeudamiento.
No ha habido coordinación alguna a nivel mundial. Al G20 le cuesta ponerse de acuerdo en algo en estos días y, en abril, sus ministros de Finanzas ni siquiera pudieron redactar una declaración conjunta unánime, por insustancial que fuera, sobre si todo este endeudamiento y gasto eran sensatos.
No siempre fue así. En la cumbre del G20 celebrada en Toronto en 2010, todas las economías importantes se comprometieron a sanear sus finanzas públicas tras el desastre de la crisis financiera mundial de 2008-2009. "Unas finanzas públicas sólidas son esenciales para sostener la recuperación; brindar flexibilidad para responder a nuevos choques; garantizar la capacidad de enfrentar los retos del envejecimiento de la población; y evitar dejarles a las generaciones futuras un legado de déficits y deuda", explicaba el comunicado.
Sea cual sea la trayectoria óptima de consolidación fiscal que hubiera podido seguirse en la década de 2010, actualmente se requiere mayor urgencia. Las estimaciones del FMI sobre la deuda pública bruta han aumentado considerablemente; en 2010, ésta representaba el 94 por ciento del producto interno bruto (PIB) en las economías avanzadas y el 37 por ciento en las economías emergentes. Ahora se anticipa que, este año, la deuda alcance el 108 por ciento y el 77 por ciento, respectivamente. Estos niveles de deuda más elevados también atraen tasas de interés más altas, lo que hace que las finanzas públicas a nivel mundial se vean cada vez más frágiles.
Datos recientes tanto del FMI como del Banco de Pagos Internacionales (BPI) han revelado que las relaciones que existían en el pasado entre la creciente deuda y el saneamiento fiscal se han desintegrado. Ya no hay pruebas de que el aumento de la deuda pública genere presión política para recortar el gasto público o aumentar los impuestos. Por el contrario, el BPI encontró que los países recurren agresivamente a estímulos presupuestarios en épocas difíciles para mitigar las pérdidas y, en lugar de generar superávits en épocas de bonanza, han comenzado a aprovechar esos momentos para relajar las riendas del gasto y reducir los impuestos.
La pregunta importante es por qué los Gobiernos de todo el mundo dejaron de darle prioridad a la prudencia. Parte de la respuesta en la década de 2010 fue que las tasas de interés eran bajas y parecían estables, lo que justificaba un endeudamiento persistentemente elevado. Ese argumento ya no es válido y los Gobiernos rara vez ofrecen alguna excusa, limitándose a prometer que lo harán mejor en el futuro para luego incumplir sus promesas.
Las explicaciones más preocupantes se basan en las megatendencias de la economía mundial y en la actual incapacidad de la política nacional o internacional para abordarlas.
La invasión de Ucrania por parte de Rusia, la guerra de EEUU con Irán, la agresiva postura de China y las tensiones geopolíticas más amplias están aumentando la presión sobre los Gobiernos de todo el mundo para que inviertan mucho más en defensa, sin que haya perspectivas de que la situación mejore en los próximos años. Adaptarse al cambio climático y mitigar sus efectos ya supone un gasto en la actualidad. Además, el envejecimiento de la población genera mayores presiones sobre los Gobiernos en materia de pensiones, servicios de salud y costos de la asistencia social. La revolución de la inteligencia artificial (IA) podría aumentar las tasas de crecimiento económico, pero también generará presiones sobre las finanzas públicas para apoyar a quienes han perdido sus empleos.
Una mayor cooperación a nivel internacional podría mitigar todos estos costos. Una mayor confianza entre las naciones permitiría reducir el gasto en defensa. Una mayor acción conjunta frente al calentamiento global reduciría los costos futuros de la adaptación a un clima más cálido. Y una migración bien gestionada podría aliviar algunas presiones demográficas tanto en las economías avanzadas como en las emergentes.
Pero sólo los más ingenuos podrían esperar que algo de esto suceda. En los últimos años, la polarización geopolítica ha frustrado casi todos los intentos de encontrar soluciones cooperativas en temas que van desde el comercio hasta la defensa, el clima, la migración y los impuestos. La polarización de la política interna dificulta que los Gobiernos consigan el apoyo nacional necesario para tomar las difíciles decisiones que se requieren para reducir los déficits presupuestarios.
¿Y qué hay de los "vigilantes de los bonos"? ¿Restablecerán la disciplina?
Hasta ahora, ellos han sido benevolentes ‘carceleros’, que se han limitado a hacer sonar su manojo de llaves de vez en cuando en lugar de obligar a los países a tomarse en serio sus finanzas públicas. Pero no nos equivoquemos: las megatendencias son persistentes, las presiones fiscales van en aumento y pocos países las están abordando. Esta incómoda tregua puede que continúe por algún tiempo. Pero no durará para siempre.
Chris Giles. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.
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