En la vida pública, en la gestión institucional y en la ética personal, pocas confusiones son tan frecuentes como la que existe entre la prudencia, el conservadurismo y el miedo. Las tres actitudes suelen producir comportamientos externamente similares. Pausa, cautela, demora, silencio. Sin embargo, su raíz moral y política es radicalmente distinta. Confundirlas no es un error semántico menor, es una forma de distorsionar el juicio sobre las decisiones, el compromiso y, en muchos casos, de justificar la inacción.

La prudencia no es cobardía ni indecisión. Es una virtud racional que implica evaluar la realidad con información suficiente, anticipar consecuencias y elegir el momento y la forma de actuar sin renunciar a la responsabilidad. El prudente no evita el conflicto por temor, lo enfrenta con inteligencia. No se paraliza ante el riesgo, lo administra. La prudencia no niega la acción, la ordena. Exige coraje, porque decidir con cautela también implica asumir costos, resistir presiones y sostener decisiones impopulares cuando estas protegen un bien mayor. La prudencia conlleva en sí misma avanzar, no paralizarse.

El conservadurismo, por su parte, es una posición que privilegia la preservación de lo existente, del statu quo, cuando se considera que ese orden, esa institución o ese equilibrio tienen valor en sí mismo. Es una combinación de postura ideológica, cultural y estratégica. En escenarios de alta volatilidad, el conservadurismo convierte la amenaza de la ruptura en un argumento central para reafirmar el valor del orden vigente. El conservador utiliza como recurso la exigencia de razones sólidas para alterar lo que él entiende que funciona o garantiza estabilidad. Su centro no es el temor, sino el apego a lo que existe. No ve la necesidad de la transformación.

El miedo es otra cosa. El miedo desplaza el eje de la decisión del bien común hacia la autoprotección. No calcula consecuencias, las exagera. No pondera escenarios, los dramatiza. El miedoso posterga, diluye, transfiere responsabilidades y, con frecuencia, reviste su inacción de un lenguaje técnico o moral que la hace parecer prudencia. El miedo no busca proteger procesos ni instituciones, busca proteger posiciones, reputaciones o comodidades personales. Por eso no asume costos. Los esquiva.

La diferencia entre estas actitudes se revela en una pregunta sencilla y brutal. ¿La decisión se tomó para proteger un bien, producir un cambio estructural o para protegerse a sí mismo? La clave no está en el propósito declarado, sino en la lógica que organiza la decisión. La prudencia decide cuándo y cómo actuar. El conservadurismo decide no alterar el orden existente. El miedo evita decidir, se abstiene. Cuando la decisión se explica por el cálculo personal, el temor al desgaste o evitar de forma sistemática el conflicto, ya no estamos ante cautela ni preservación, sino ante miedo.

En la práctica, la línea se vuelve visible con el tiempo. La prudencia avanza, aunque sea despacio o rápido. El conservadurismo defiende con argumentos lo establecido y asume el costo de sostenerlos. El miedo permanece inmóvil y se justifica. Donde hay prudencia, hay decisiones graduales pero firmes. El conservadurismo es coherente y justificador. Donde hay miedo, hay excusas recurrentes y promesas de un futuro que nunca llega.

En sociedades con instituciones frágiles, esta confusión resulta especialmente peligrosa. Llamar prudencia al miedo legitima la parálisis. Llamar conservadurismo a la evasión y a la justificación blinda la irresponsabilidad. Y cuando eso ocurre, el costo no lo paga quien decidió no decidir, lo paga la institución, la ciudadanía y el tiempo histórico.

La madurez ética y política comienza cuando se reconoce que no toda cautela es virtud, que no toda defensa del orden es sabiduría y que el miedo, por más elegante que se disfrace, siempre termina delatándose por su incapacidad de asumir riesgos.

Bernardo Matías

Antropólogo Social

Bernardo Matías es antropólogo social y cultural, Master en Gestión Pública y estudios especializados en filosofía. Durante 15 años ha estado vinculado al proceso de reformas del sector salud. Alta experiencia en el desarrollo e implementación de iniciativas dirigidas a reformar y descentralizar el Estado y los gobiernos locales. Comprometido en los movimientos sociales de los barrios. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, la Universidad Autónoma de Santo Domingo –UASD- y de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales –FLACSO-. Educador popular, escritor, educador y conferencista nacional e internacional. Nació en el municipio de Castañuelas, provincia Monte Cristi.

Ver más