Los hermanos Suro García-Godoy fueron figuras destacadas, tanto en el territorio dominicano como fuera de él. Rubén Antonio Suro García-Godoy (1916-2006) se desempeñó como abogado, profesor, juez y poeta; mientras su hermano, Darío Antonio Suro García-Godoy (La Vega, 13 de junio de 1917-Santo Domingo, 18 de enero de 1997), fue un destacado pintor alumno de Diego Rivera, Agustín Lazo y Jesús Guerrero Galván, crítico de arte y diplomático.
Según el genealogista Milciádes Núñez: «Los Suro llegan al país vía Jaime Suro Duch, natural de Barcelona, hijo de Vicente Suro Juliá y Paula Duch. Se estableció en Utuado, Puerto Rico, donde casó en 1887 con María Rosalía Sánchez Vásquez. De esta unión nació en Puerto Rico Jaime Suro Sánchez (1887-1956), quien migró a La Vega, donde casó en 1914 con Isabel Emilia García-Godoy Ceara, hija de don Federico García Godoy y Rosa Emilia Ceara Jiménez. De este matrimonio nacieron los intelectuales artistas Rubén y Darío Suro García-Godoy».
La vida cosmopolita de los hermanos Suro en países como México, Panamá, Reino Unido, Francia, España, Italia, Colombia, Alemania y Estados Unidos; los convirtió en grandes receptores de correspondencia, entre ella, de cartas postales, que ya para la década de 1950 comenzaba a entrar en un declive paulatino debido a la progresiva masificación del teléfono, el cine, la televisión y, décadas después, el correo electrónico y que había tenido su edad de oro en las primeras décadas del 1900.

Este conjunto de 8 cartas postales, 7 dirigidas a Rubén y una dirigida a Darío, van desde los años de 1940 hasta el 1963. Los hermanos reciben invitaciones, informaciones y buenos deseos desde San Pedro de Macorís, New York, Ecuador y Guatemala.
En la correspondencia se puede observar cómo, aún en la década de 1960 los mensajes podían mantener el lenguaje poético y barroco de las primeras décadas de 1900: «Estimado don Rubén: ni el cántico sublime de las aves me ofrecen la animada inspiración que sois generador y solo suplicando a vuestra lira un canto a la amistad, el recuerdo y a la distancia, podría ofrecerle parte de lo que vive tan hondo, tan puro y tan sincero en mi para quienes como usted tengo catalogado entre mis mejores amigos. Que en el futuro las bellas y épicas páginas de Clío recojan con honor vuestras románticas y atinadas canciones pletóricas de patriotismo. Le abraza ex-corde, su amigo, Juan Esteban Hernández. Guatemala, Guatemala, C.A».
En una entrevista realizada por la periodista Ana Mitila Lora a Maruxa Franco viuda Suro, compañera de toda la vida de Rubén Suro, publicada por la editorial Universitaria Bonó bajo el título de Memorias del Siglo[1], su esposa da fe de la importancia otorgada a la correspondencia de Darío Suro con figuras de alta prestancia del quehacer artístico y literario, con quien Suro cultivó entrañables lazos de amistad en los diferentes países donde residenció, especialmente en México: «De quien fuimos realmente amigos fue de Orozco (José Clemente). Mi hijo Federico conserva las cartas que Darío y Orozco intercambiaban. También la de Vasconcelos, Alfonso Reyes, Justino Fernández y Vela Zanetti».
La publicación de intercambios epistolares entre escritores y artistas permite observar el "tras bambalinas" de la creación artística y literaria de quienes producen obras. A menudo los autores suelen comentar sus técnicas, sus fuentes de inspiración y los obstáculos que atraviesan en el desarrollo de su obra.
El epistolario juega también el papel de crónica de su tiempo, reflejando el clima ideológico, social e intelectual del momento de producción. Al mismo tiempo, puede mostrar el lado humano y vulnerable del artista detrás de cada creación, desvelando el entramado afectivo que lo rodeaba.

[1] Lora, Ana Mitila. Memorias del siglo. Editorial Universitaria Bonó; Ediciones MSC, 2018.
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