La crisis política del Occidente se puede resumir en una sola palabra: desconfianza. Los votantes sienten cinismo, prejuicios e ira hacia sus sistemas. Pero cada uno de estos sentimientos es consecuencia de la pérdida de confianza. Se siente menos urgencia con respecto al desplome de la confianza del resto del mundo en EEUU. El hecho de que una gran mayoría de países encuestados por el Centro de Investigaciones Pew entre febrero y mayo de este año ahora confía más en China que en EEUU debería ser una señal de alarma. Sin embargo, EEUU sigue actuando como si fuera el lugar más admirado del planeta.
No todo este declive se debe a Donald Trump. No es sólo el hecho de que EEUU haya ido en declive; es que China ha ido en ascenso. El reciente deterioro de la reputación estadounidense comenzó en 2023, cuando Joe Biden era presidente. Esto coincide con su apoyo a la devastadora respuesta de Israel ante la masacre perpetrada por Hamás el 7 de octubre. Los círculos establecidos de la política exterior estadounidense prestan poca atención al efecto que el militarismo de Israel tiene sobre la percepción que el mundo tiene de EEUU, incluso en el resto del Occidente. Pero Israel no es la principal causa de la impopularidad estadounidense.
La visión reconfortante — la cual es también la visión de quienes viven cómodamente — es que el mundo detesta los valores de Trump. Eso sugiere que, cuando se elija a un presidente más digno de admiración, la reputación estadounidense mejorará. Esta moderadamente tranquilizadora perspectiva pasa por alto un aspecto importante: no todo se reduce a los valores. La mayoría de los países sitúan a EEUU por encima de China cuando de libertad se trata y, sin embargo, desconfían más de él. La desconfianza es, por lo tanto, sinónimo de incompetencia.
Incluso en el EEUU de Trump, el mundo sabe que la gente goza de mucha más libertad para expresar sus opiniones y practicar su fe que en China. Pero ¿se gobierna a los estadounidenses con mayor competencia? ¿Es EEUU más estable que China? Es difícil responder afirmativamente a cualquiera de estas preguntas. Tomemos como ejemplo la intermitente Operación Furia Épica de Trump contra Irán. Además de ser la guerra más impopular del país a nivel nacional desde que se comenzó a realizar encuestas — más incluso que las de Irak y Vietnam, a pesar de que las bajas estadounidenses han sido mucho menores —, ha alejado a todos los amigos y aliados de EEUU, incluyendo a otros populistas occidentales. Ahora se les está insultando por no sumarse a lo que muchos consideran la más imprudente guerra de elección de EEUU hasta la fecha.
La tercera guerra del Golfo también ha puesto de manifiesto la enorme brecha entre el enfoque energético de China y el de EEUU. Las grandes inversiones de China en todas las formas de energía, desde las renovables hasta el carbón, contrastan con la inclinación de EEUU hacia los combustibles fósiles. Todo esto se debe a Trump. Él no sólo ha eliminado los incentivos de Biden para la energía verde, sino que está pagándoles a las compañías para que abandonen los proyectos de energía alternativa. Si no fuera por las grandes reservas de China, los precios mundiales del petróleo habrían subido mucho más en los últimos meses. En lugar de afirmar que China ayudó a manipular las elecciones estadounidenses de 2020, Trump podría agradecerle por salvar a los consumidores estadounidenses de que tuvieran que pagar US$6 por galón en las gasolineras.
La Operación Furia Épica coincide con innegables señales de calentamiento global, especialmente en el norte. Países como India e Irán ya se han acostumbrado a los grandes aumentos de mortalidad durante el verano. Es sólo ahora que Europa se está lamentando de la falta de aire acondicionado tras haber vivido el junio más caluroso de su historia. El calentamiento global está pasando de ser una preocupación de las élites a formar parte de la conciencia colectiva.
EEUU está actuando como el villano en este asunto, aferrándose a hábitos del siglo XX. China, por otro lado, es vista en el Sur Global como la portadora de soluciones. Incluso en los ámbitos en los que EEUU es pionero, como con la empresa automovilística Tesla de Elon Musk, su reputación es pésima. Pocos podrían olvidar el reciente anuncio activista en Londres que mostraba el Cybertruck de Musk, apodado "Swasticar". En el anuncio aparecían las palabras: "Pasa de 0 a 1939 en 3 segundos".
La confianza puede desaparecer rápidamente, pero lleva mucho tiempo reconstruirla. Cuatro de los seis países que aún tienen una opinión más favorable de EEUU se encuentran en la vecindad de China: Japón, Corea del Sur, India y Filipinas. Pero los países que más desconfían de EEUU se encuentran tanto cerca como lejos, y no son sólo sus inseguros vecinos, Canadá y México. Y esto a pesar de que la maquinaria exportadora de China amenaza con superarlos a todos. Los otros dos países que constituyen excepciones son Polonia — principalmente porque Rusia es su vecino — e Israel. Incluso Australia y el Reino Unido confían más en China que en EEUU.
La salida de Trump sin duda ayudaría. La posición del país a nivel mundial mejoró notablemente entre George W. Bush y Barack Obama. Pero Obama no logró recuperar el prestigio del que EEUU había gozado en la década de 1990. Para el sucesor de Trump será aún más difícil volver a la época de Obama. La competencia entre EEUU y China está cada vez más marcada por la inteligencia artificial (IA). Los modelos chinos son, en su mayoría, económicos y de código abierto, aunque sus capacidades suelen ser inferiores; los diseños estadounidenses son costosos y de código cerrado. Por primera vez en generaciones, la tecnología estadounidense no tiene asegurada su supremacía; ni siquiera puede contar con despertar admiración.
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