La aclaración pública emitida por la Academia de Ciencias de la República Dominicana el pasado 8 de febrero de 2026, ratificando a Rafael Solano como autor único de la emblemática canción “Por amor”, responde a una de las controversias culturales más fascinantes del Caribe. Este pronunciamiento institucional surge como respuesta directa a la conferencia de ingreso del doctor José María Paz Gago, titulada “Por amor: luces y sombras sobre la propiedad intelectual de una canción dominicana y universal”, en la cual el experto español aplicó herramientas de estilometría para sugerir una tesis audaz: la música pertenece a Solano, pero la letra lleva la huella inconfundible de Manuel Troncoso.
Aunque el comunicado de la Academia —emitido en respuesta a las tesis presentadas durante la investidura del destacado intelectual español— busca zanjar décadas de especulaciones y deslindar a la institución de dichas conclusiones, el episodio trasciende la disputa biográfica e historiográfica. Se sitúa, más bien, en una encrucijada intelectual de mayor calado: el choque entre la certeza documental, amparada en la verdad jurídica, y la apreciación estilística, derivada del análisis científico de la obra.
Esta exposición erudita, que ha desatado una ola de fuertes críticas, denota sin embargo una innegable madurez institucional al reivindicar el valor del disenso. No estamos ante un incidente menor en la historiografía cultural dominicana. La decisión de la Academia Dominicana de la Ciencia permitir que Paz Gago expusiera una tesis disidente en su propio recinto, para luego emitir una aclaración desvinculándose de dichas conclusiones, debe interpretarse inequívocamente como un síntoma de salud académica.
Una institución que se limita a proteger el status quo corre el riesgo de convertirse en un archivo estático, un “registro civil” de certezas inmutables. Por el contrario, la vocación de las academias contemporáneas radica en cultivar el rigor y la duda metódica. Al permitir que las ideas se contrasten en lugar de imponerse, la institución se fortalece como un foro vivo de pensamiento crítico.
La tesis argumentada por el investigador ha provocado un comprensible escozor en el sentimiento patriótico, dado que, desde el plano jurídico, la autoría de Rafael Solano es monolítica. Su titularidad no se sustenta únicamente en la tradición oral o el afecto popular, sino en una prueba documental contundente: la carta del 16 de abril de 1969, enviada por Manuel Troncoso al periodista Arnulfo “Miñín” Soto.
En dicho documento, redactado apenas un año después de que la canción ganara el Primer Festival de la Canción Dominicana (1968), Troncoso niega categóricamente haber escrito la letra y atribuye la autoría total a Solano. Ya sea un acto de honestidad intelectual o de lealtad inquebrantable, para la ley y la historiografía oficial este documento es res judicata. Anula la especulación y cierra la puerta a cualquier reclamo legal de coautoría.
Sin embargo, el arte no siempre se somete a la lógica de los tribunales. Donde termina la certeza legal, comienza la interrogante científica. El doctor Paz Gago, catedrático de Teoría de la Literatura, vio en “Por amor” el caso ideal para aplicar la estilometría, disciplina que busca la “huella dactilar” invisible en los textos mediante estadística computacional.
Bajo esta metodología, la atribución a Troncoso deja de ser un rumor de pasillo para convertirse en una hipótesis académica fundamentada en tres pilares: 1) La huella métrica: La arquitectura de los versos revela un uso refinado del endecasílabo y una cadencia casi arquitectónica, rasgos distintivos de la formación clásica de Troncoso. Esto contrasta con el estilo más directo y coloquial que Solano exhibía en otras composiciones de la misma época. 2) El ADN léxico: El análisis detecta metáforas conceptuales y giros lingüísticos que son recurrentes en la obra confirmada de Troncoso, pero que resultan atípicos o aislados dentro del corpus lírico de Solano. 3) La consistencia poética: Quizás el argumento más sutil. Aunque un músico varíe sus ritmos, el "yo lírico" suele mantener una identidad constante. La profundidad existencial de “Por amor” guarda una simetría reveladora con la cosmovisión de Troncoso. A esto se suma la mención de un supuesto folio manuscrito del Hotel El Embajador, validado por grafología forense según Paz Gago, aunque este elemento carece del aval de la Academia.
Discutir estas tesis no es un acto de deslealtad hacia Rafael Solano, sino un ejercicio de rigor intelectual. La historia ofrece paralelos: las dudas sobre la autoría de Shakespeare o Homero no han disminuido su grandeza, sino que han enriquecido el estudio de su obra. En última instancia, lejos de percepciones de ofensa o de negación de méritos, “Por amor” sale fortalecida de esta dualidad. Mientras la ley y la ética otorgan la titularidad indiscutible a Solano —respetando la voluntad histórica de los protagonistas—, el debate académico revela una riqueza técnica que profundiza nuestro aprecio por la pieza. La controversia confirma que la canción ha logrado lo que pocas obras consiguen: trascender a su propio creador, independizarse de los papeles firmados y convertirse en un patrimonio vivo de la memoria universal.
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