Durante una de mis clases de Ética, una estudiante sostuvo que George Floyd no murió en 2020 debido al abuso policial, sino por el consumo de drogas. Argumentó que no pudo morir por la asfixia provocada por el agente policial porque, «si podía hablar, podía respirar».

Las tesis de la estudiante —que Floyd murió por las drogas halladas en la autopsia y que la asfixia impide el habla — se contraponen a los informes médicos y al juicio de los expertos. Estos mostraron que, si bien se constató la presencia de fentanilo y metanfetamina en el organismo de Floyd, la cantidad consumida no era suficiente para matarlo. La autopsia oficial estableció que murió por un paro cardiopulmonar generado por asfixia mecánica.

Por otra parte, la declaración de los neumólogos refutó la afirmación de que una persona no pueda hablar en situación de asfixia. Explicaron que es posible hacerlo con el poco aire restante que permanezca en sus pulmones momentos antes de perder completamente el oxígeno.

El caso presenta un hecho: un ciudadano afroamericano es sometido en la vía pública por un oficial de la policía de Minneapolis. Como consecuencia de ello, el ciudadano termina en un hospital con el diagnóstico de muerte por asfixia mecánica por compresión. Esta es “la realidad”.

Una tradición filosófica muy influyente ha sostenido que podemos tener una experiencia inmediata de la realidad. Según este enfoque, podemos observar un determinado fenómeno que existe independientemente de nuestros prejuicios, marcos conceptuales e interpretaciones. Bajo este supuesto, si discutimos sobre la naturaleza de un acontecimiento, esto no altera las características intrínsecas del hecho mismo.

No obstante, esta perspectiva ha sido criticada como un “realismo ingenuo”. No tenemos un acceso directo a la realidad en sí misma; nuestras experiencias del mundo están estructuradas a partir de sistemas de interpretación que categorizan, clasifican y posibilitan la comprensión de los fenómenos.

A partir de este supuesto, Dan Williams, filósofo e investigador en la Universidad de Sussex, analiza en su artículo «Cómo las tribus construyen realidades contrapuestas» («How Tribes Construct Rival Realities») el concepto de “polarización interpretativa”. Este término fue acuñado por las investigadoras  Neta Kligler-Vilenchik, Maya de Vries-Kedem y Orit Fischman-Aharoni en su escrito “Interpretative Polarization across Platforms: How Political Disagreement Develops Over Time on Facebook, Twitter, and WhatsApp” (2020).

El concepto de “polarización interpretativa” alude al proceso según el cual personas con sistemas conceptuales opuestos se enfocan en hechos distintos y producen formas de comprensión disímiles sobre un mismo fenómeno.

En el ejemplo de mi clase, la estudiante interpretó la muerte de Floyd desde un marco conceptual que responsabiliza a la víctima de su desenlace a causa de una adicción. De esta manera, replica una visión del mundo conservadora que se sustenta en estos principios:

  1. La dignidad de las personas no es un valor intrínseco, depende de sus actos.
  2. El mundo está compuesto por héroes y villanos. (Dicotomía simplificadora).
  3. La vida de las personas depende exclusivamente de sus decisiones individuales. (Individualismo absoluto).

Desde este marco conceptual, la lectura del asesinato de Floyd adquiere el siguiente sentido: un delincuente o villano ha recibido el castigo merecido por sus actos. Desde esta perspectiva, no merece ningún trato respetuoso por tratarse de un criminal adicto. Se infiere que no hay circunstancias sociales que incidieran en la conformación de la mentalidad y de los actos de Floyd, como tampoco en el modo en que obró el oficial que lo mató. Este cumplía con su deber protegiendo a los ciudadanos de bien.

Por el contrario, desde un marco conceptual liberal los supuestos son otros totalmente distintos:

  1. La dignidad de las personas es un valor intrínseco, no depende de sus actos y debe ser respetada en toda circunstancia.
  2. El mundo no está compuesto por héroes y villanos en términos absolutos. Los individuos actúan en el contexto de procesos sociales e institucionales que condicionan las acciones.
  3. La vida de las personas no depende exclusivamente de sus decisiones individuales. Las estructuras sociales determinan nuestros logros y fracasos, e inciden en nuestro modo de pensar y actuar en el mundo.

En este sentido, la situación descrita no presenta un caso donde distintos individuos interpretan un mismo fenómeno de modo diferente, sino uno donde personas con marcos conceptuales contrarios parecen “vivir en mundos diferentes”.

Leonardo Díaz

Filósofo y ensayista

Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco, con líneas de investigación en las áreas de epistemología social, ética ciudadana y filosofía política. Conductor del Podcast de filosofía Conversaciones de la caverna y del programa D−ética TV. Presidente de la Asociación Dominicana de Filosofía. Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana por la Comisión de Filosofía y Epistemología. Premio Nacional de Ensayo Científico (2015). Premio de Ensayo Pedro Francisco Bono (2012). Integrante de la reunión constitutiva de la Red Iberoamericana de Filosofía. Fue miembro de la Comisión de Alto Nivel para la Difusión de la Filosofía de la UNESCO. Autor de Reflexiones filosóficas. Artículos de ética, política y filosofía (2018); Las tensiones de Thomas Kuhn: Una perspectiva crítica para los estudios sociales y culturales de la ciencia (2014); La filosofía y los espacios de la libertad (2012), así como de diversos artículos publicados en revistas especializadas nacionales e internacionales de filosofía. (Correo: leonardodiazsd@gmail.com; Instagram: @leonardodiazsd).

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