Leyendo los titulares de los principales periódicos del país a través de las redes sociales, me encontré con un artículo de opinión publicado en la cuenta del periódico El Día, titulado "La degradación moral de nuestra sociedad". En ese post en Instagram, la redacción sostiene que la sociedad atraviesa una progresiva degradación moral, marcada por la normalización de la pérdida de valores, la apatía y la indiferencia.

Aunque no se ofrecen ejemplos concretos ni se señalan responsables, tampoco se define con claridad cuáles son los valores que, supuestamente, se están degradando en la República Dominicana. Sin embargo, quien sigue de cerca la dinámica mediática del país puede inferir que esta crítica apunta al impacto generado por el empresario Santiago Matías, conocido como "Alofoke", y su más reciente proyecto, Planeta Alofoke.

Debido al éxito de sus más recientes proyectos y a la naturaleza ácida y cruda de su contenido, Santiago Matías se ha convertido —más que nunca— en el chivo expiatorio de ciertos sectores de la sociedad dominicana, que lo señalan como un agente tóxico y corruptor para la juventud.

Más allá del debate que genera su contenido —nos guste o no—, lo que parece incomodar a quienes advierten una supuesta "pérdida de valores" es que Planeta Alofoke y las llamadas Casas de Alofoke desnudan, sin mayores filtros, aspectos profundamente arraigados y afligentes de la realidad dominicana. En ese sentido, el programa funciona como un microcosmo de la sociedad.

Ahora bien, ¿tiene —o debería tener— el contenido de Alofoke la responsabilidad de redimir a la juventud dominicana o de fungir como ente educador?

Llama la atención que a Santiago Matías se le señale como el gran corruptor de la sociedad, cuando deberían indignarnos otros hechos más graves: la denuncia del desfalco en el Seguro Nacional de Salud (SeNaSa); tragedias recientes que aún reclaman justicia, como la ocurrida en la discoteca Jet Set y sus 236 muertos; o las profundas deficiencias del sistema educativo mediano y básico del país. Los contenidos de los realities de Alofoke no son la causa; son el síntoma de una sociedad enferma.

Bertrand Russell decía que "para comprender una época o una nación, debemos entender su filosofía". La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué valores, principios o visión de mundo articulan hoy a la sociedad dominicana, más allá del ruido mediático?

Muchos sostienen que esos valores están contenidos en el lema nacional: "Dios, Patria y Libertad". Pero su expresión en la vida pública resulta incoherente.

En el plano religioso, la fe parece reducirse a una costumbre irreflexiva, porque ha quedado convertida en una especie de religiosidad natural, como decía Sarmiento. El cristianismo persiste en nuestro país como la lengua española, es decir, una tradición que se transmite deformada y mezclada con supersticiones groseras, carente de formación y convicciones profundas.

En cuanto a la Patria, el sentimiento nacional suele activarse de forma reactiva, especialmente en contraste con los haitianos, más que como un proyecto común de nación. Y la Libertad, por su parte, con frecuencia es interpretada —sobre todo entre los más jóvenes— no como responsabilidad, sino como libertinaje. En ese vacío entre el discurso y la práctica es donde se configura buena parte de la crisis de valores que hoy se denuncia.

Esta erosión de valores y principios se refleja claramente en el mundo político. Con frecuencia, la acción pública parece responder más a la lógica de la competencia por el poder que a la articulación de un proyecto nacional. Esto no es incidental: cuando la política se divorcia de principios, termina reducida —como advertía Maquiavelo— a "una lucha desnuda por el poder".

Coincido con la opinión del psicólogo Josell Hernández, quien sostiene que figuras como Santiago Matías no crean una generación, sino que responden a ella: ofrecen el contenido que esa misma audiencia está dispuesta a consumir.

Vivimos en una sociedad donde señalar culpables desde el privilegio resulta más fácil que enfrentar las fallas estructurales que nos definen. Aunque el contenido de Santiago Matías incomode, no le corresponde a una figura mediática corregir las carencias de un país ni rescatar a una generación marcada por la incultura, la fascinación por los placeres fáciles y la precariedad educativa. Alofoke no es la causa; es el síntoma.

Angel Josué Arias

Filósofo

Escritor, comunicador, y lector aficionado de Platón, Nietzsche, Arendt y Jorge Luis Borges. Más que una forma de matar el tedio, Angel ve el periodismo como ejercicio precursor del diálogo colectivo y fervor del pensamiento comprometido.

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