Continúo con unas ideas que no expuse en un congreso de filosofía realizado aquí en Santo Domingo, con la dirección de mi Escuela. Vivo al calor de las voces marginales que oigo y que me revelan grietas, confusiones, deseos de saber y preguntas de los jóvenes. Mi espíritu de divulgación atrapa esas voces y las pone en escena, aun sabiendo que a veces una claridad inicial puede parecer reduccionista. Pero esa claridad, si se ofrece honestamente, puede ser el primer paso para abrir los ojos a la complejidad del problema.

En aquella ocasión tuve la intuición de que el tema sobre el movimiento sufragista dominicano, protagonizado por nuestra Abigail, podía caer germinante en el corazón de algún pensador extranjero, aunque fuera uno solo. Por eso no hablé entonces de Hannah Arendt y Heidegger. Ahora quiero condensar aquellas ideas en tres movimientos: el mundo común y la acción política en Arendt; Heidegger, la serenidad y el límite político del dejar-ser; y, finalmente, Heidegger y Sartre como dos caminos distintos de la existencia.

Para Hannah Arendt, la política no nace de la soledad del sujeto ni de la administración técnica de la sociedad. Nace cuando los seres humanos aparecen unos antes otros en un mundo común. La política no es, en primer lugar, poder sobre otros, sino espacio donde podemos hablar, actuar, distinguirnos y reconocernos. La pluralidad es su condición fundamental: si no fuéramos diferentes, si todos fuéramos idénticos, no haría falta hablar; si fuéramos absolutamente extraños, no podríamos entendernos. La política existe porque somos iguales en humanidad y distintos en singularidad.

Por eso Arendt devuelve la dignidad filosófica a la vida activa. Una parte de la tradición privilegió la contemplación y la retirada del mundo. Arendt, en cambio, insiste en que pensar no basta si el pensamiento no logra comprender el mundo donde los seres humanos viven, sufren, prometen, actúan y se comprometen.

Julia Kristeva ayuda a comprender que la originalidad de Arendt no consiste sólo en haber hablado de política, sino en haber desplazado el centro de la reflexión hacia la natalidad, el comienzo y la pluralidad. Al explicar la identificación arendtiana entre libertad y nacimiento, Kristeva recoge esta formulación: “Cada uno de ellos es entonces un nuevo comienzo, y en un sentido inicia de nuevo un mundo” (Arendt como se citó en Kristeva, 2000, p 159) Frente a una filosofía marcada por la finitud, Arendt piensa la existencia desde la posibilidad de iniciar algo nuevo en un mundo compartido. Por eso la política no es simple administración del poder, sino espacio donde los seres humanos aparecen, hablan y actúan con otros.

El mundo común no es una abstracción. Es el espacio que se forma entre nosotros. Requiere palabra, memoria, instituciones, promesas, responsabilidad y cuidado. Cuando ese mundo se destruye, los seres humanos quedan aislados, expuestos al miedo, a la manipulación y a la pérdida de sentido. En una época en que la esfera pública se degrada, en que la palabra se vuelve insulto y la política se reduce muchas veces a cálculo o espectáculo, volver a Arendt es urgente. Sin mundo común no hay ciudadanía, y sin pluralidad no hay democracia.

Heidegger, por su parte, es uno de los grandes críticos de la voluntad de dominio que atraviesa la modernidad. Cuestiona la idea de que conocer sea representar, calcular y someter el mundo a los fines del sujeto. Frente a la razón que domina, propone otra actitud: dejar ser. Esta idea conserva una enorme actualidad en una época en que casi todo se convierte en objeto de uso, mercancía, cálculo o rendimiento.

El dejar-ser no significa indiferencia. Supone una actitud de respeto ante aquello que aparece. Las cosas no deben ser violentadas por una voluntad que las fuerza a responder según nuestras categorías.  En Ser y tiempo, Heidegger afirma que “la esencia del Dasein reside en su existencia” (Heidegger, 1988, §9). Esta frase no debe confundirse con la fórmula sartreana según la cual “la existencia precede a la esencia”. En Heidegger, la existencia remite ante todo a la apertura del Dasein al ser, a su estar-en-el-mundo y a su horizonte de sentido. En Sartre, en cambio, la existencia humana se define más directamente por la libertad, la elección, el proyecto y la responsabilidad.

Sin embargo, cuando pasamos del plano ontológico al plano político, aparecen dificultades. ¿Basta con dejar ser? ¿Basta con esperar? ¿Qué ocurre cuando lo que está en juego no es solo la aparición del ente, sino el sufrimiento humano, la injusticia, la exclusión, la violencia o la destrucción del mundo común? Aquí Heidegger muestra su límite. Su pensamiento ayuda a criticar la voluntad de dominio, pero no siempre ofrece herramientas suficientes para pensar la acción colectiva, la transformación social o el compromiso político. 

Arendt permite completar ese vacío. Ella no abandona la pregunta por el mundo, pero la lleva hacia la pluralidad y la acción. El mundo no es solo lo que debe dejarse aparecer; es también lo que debemos cuidar entre todos. La serenidad heideggeriana puede enseñarnos a no dominar; pero la acción arendtiana nos recuerda que la política exige aparecer. Dejar ser al ente no basta cuando hay seres humanos excluidos, perseguidos o silenciados.

La diferencia entre Heidegger y Sartre tampoco es un simple asunto de vocabulario. Ambos hablan de existencia, ambos rompen con la metafísica tradicional y ambos rechazan la idea de una esencia humana fija. Pero cada uno toma un camino distinto. Heidegger quiere superar el modelo moderno del sujeto que representa, calcula y domina. Sartre, aunque critica el yo sustancial, conserva la centralidad de la conciencia, la libertad, el proyecto y la responsabilidad humana.

Heidegger se distancia del cogito cartesiano. No parte de una conciencia soberana que pone el mundo delante de sí como objeto. Parte del Dasein, de la existencia abierta al ser y al mundo. Por eso, en la Carta sobre el humanismo, critica a Sartre: a su juicio, decir que “la existencia precede a la esencia” todavía permanece dentro del lenguaje de la metafísica, porque invierte la relación tradicional entre esencia y existencia sin salir por completo de ese marco. (Heidegger, 1947/1966, p. 25). )

Sartre, en cambio, acepta esa fórmula como bandera filosófica. En El existencialismo es un humanismo, insiste en que el ser humano no nace definido: se hace, se elige, se construye en sus actos. Y al elegirse, compromete también una imagen de humanidad. La libertad no es capricho privado: es responsabilidad (Sartre, 1946/1972, pp. 17–18).

Tal vez no haya que escoger de manera simplista entre ambos. Heidegger advierte contra la arrogancia del sujeto que quiere dominarlo todo. Sartre advierte contra la evasión de quien renuncia a su libertad. Uno nos dice: no conviertas el mundo en objeto. El otro nos dice: no conviertas tu libertad en excusa. Y Arendt, situada entre la herencia de Heidegger y su propio genio político, nos recuerda algo imprescindible: no hemos nacido solo para morir ni para contemplar, sino también para comenzar juntos un mundo.

Referencias de trabajo

Heidegger, M.(Heidegger, 1988, §9). El ser y el tiempo (J. Gaos, trad.). Fondo de Cultura Económica.

Heidegger, M. (1966). Carta sobre el humanismo. Taurus. (Trabajo original publicado en 1947.

Kristeva, J. (2000). El genio femenino. 1. Hannah Arendt. Paidós.

Sartre, J.-P. (1972). El existencialismo es un humanismo. Ediciones Huáscar. (Trabajo original publicado en 1946).