Leer a Pedro Delgado Malagón se ha convertido para mí en necesidad, costumbre, alegría. Constante en sus búsquedas, mago en el arte de diluirte complicadas ideas -desde la ingeniería, su profesión, hasta las recónditas esferas spinozianas-, su pluma es una de las grandes referencias a la hora de pensar en un género agonizante en nuestro medio: el ensayo.
Siguiendo la estirpe de un F.E. Moscoso Puello, Pedro Henríquez Ureña, Pedro Andrés Pérez Cabral y un Antonio Fernández Spencer, los espacios habitados por Delgado Malagón han sido amplios y marcados por el humanismo que los convoca.
En tiempos donde nuestros pensadores locales se pasan reciclando ideas de pensadores igualmente reciclables, este autor se va por las frescas pendientes del me-da-la-gana-mismo, lo cual no deja de ser saludable. Tal vez esa sea una de las limitantes de esa prosa que no llega a la calidad de ensayo: porque no se enfrenta a sí mismo, porque es más eco que voz inicial, porque no maneja ritmos, variaciones. Una de las ventajas de Delgado Malagón frente al chorro de pensadores locales es su formación musical, que le permitirá a lo energético de conceptos como preludios, variaciones, agitatos, entre otras delicias.
A este célebre gascuense lo conocí en tiempos en que era ministro de Obras Públicas, en la gestión de Salvador Jorge Blanco. Entonces combinaba ese arduo trabajo de varilla, cemento y carreteras junto al constante acompañamiento de Enriquillo Sánchez, de manera que la fiesta ya estaba armada donde quiera que estuviesen.
Coleccionista, ser más que generoso con lo que hace y con lo que tiene, “Pedritín”, como le llaman sus más cercanos, anda como un monje. Creo que es el último dominicano que todavía viste un uniforme de kakhi, como si algún aula en la Escuela José Trujillo Valdez lo estuviese esperando. ¡O tal vez una con el mismísimo maestro Eugenio María de Hostos!
Contertulio de grandes autores, como el mexicano Fernando Benítez en sus días dominicanos, Pedritín hace de la palabra una fiesta, con velitas, y que sople quien quiera.
Siempre celebro su obra, sus días, aunque cuidado con verlo en ambientes cerrados, porque también te puede desesperar con sus tabacos. Pero como diría el filósofo dominicano Johnny Ventura, quien a su vez lo retomó de Peña Gómez, también recordemos que “el tabaco es fuerte, pero hay que fumarlo”.
Con humo y sin humo, en la tranquilidad de mis noches berlinesas, siempre espero esos escopetazos ensayísticos siempre llenos de vida e ideas “que vueltos en el sol, se rompen en alas”, como diría José Martí.
Pero ya dejemos de citar, que se creerá que somos demasiados inteligentes. Mejor seguir con Pedro Delgado Malagón, de verdad, una pluma exquisita.
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