Mi apellido es Viñas. Antes de cualquier teoría, antes de cualquier debate, aprendí lo que significa pertenecer a Moca. En el colegio, en las competencias deportivas y académicas, aprendíamos a defender nuestro curso con orgullo, pero sabíamos que, al final del día, todos éramos del mismo colegio.
Allí la identidad no se discutía en paneles. Se vivía. En la familia, en la esquina, en la iglesia, en el colegio. Soy mocano. Soy cibaeño. Soy dominicano. Soy caribeño. Y sí, también me asumo como ciudadano del mundo. Nada de eso se contradice. Nunca lo hizo.
Últimamente se nos quiere convencer de que hay que escoger. O bandera o mundo. O soberanía o interdependencia. Como si amar al país exigiera desconfiar de todo lo que esté más allá del malecón. Ese dilema es falso. Y además es peligroso.
La ciudadanía global no es un club de viajeros frecuentes ni una credencial académica. No es hablar inglés perfecto ni tener millas acumuladas. Es algo mucho más sencillo y mucho más exigente: entender que lo que hacemos aquí tiene consecuencias más allá de aquí.
Cuando cuidamos nuestros mares, no estamos defendiendo una abstracción ecológica. Estamos protegiendo el sustento del pescador de Samaná que sale antes del amanecer. Cuando fortalecemos nuestras instituciones migratorias, no estamos cediendo soberanía; estamos evitando que la improvisación y el caos terminen pagando la factura más cara. Cuando educamos mejor en el Cibao o en el Sur, no estamos “globalizando” a nadie: estamos dándole herramientas reales a un joven para competir en un mercado que ya es global, le guste o no.
El mundo no va a pedirnos permiso para estar conectado. La soberanía hoy no se ejerce ignorando esa realidad. Se ejerce entendiendo cómo funciona y aprendiendo a jugar en ese tablero sin ingenuidad.
He dicho antes que el patriotismo no es fragilidad emocional. Es confianza institucional. Y lo sostengo. Confianza en que la justicia funcione sin importar el apellido. En que la escuela forme pensamiento crítico y no repetidores de consignas. En que la gestión fronteriza sea profesional, no reactiva. En que el Estado rinda cuentas.
Sin instituciones que operen de verdad, la bandera se queda en gesto. Con instituciones que funcionan, la bandera pesa.
La crisis haitiana nos ha puesto frente al espejo. Y ahí es donde se ve si la identidad es fuerte o es puro nervio. Una nación segura de sí misma puede aplicar la ley con firmeza sin necesidad de convertir el miedo en política pública. Puede ordenar la migración, exigir corresponsabilidad internacional y proteger sus fronteras sin caer en la deshumanización. Lo contrario no es patriotismo. Es inseguridad disfrazada.
La identidad frágil necesita enemigos constantes para sentirse viva. La identidad madura no. Sabe quién es. Y por eso puede dialogar cuando conviene, negociar cuando es necesario y plantarse cuando hace falta.
Ser caribeño no le resta nada a mi dominicanidad. Me recuerda algo elemental: compartimos huracanes, comercio, música, migraciones y problemas estructurales. Cooperar en el Caribe no es romanticismo regional. Es sentido común.
Lo que sí debilita a un país es la idea de que protegerlo implica aislarlo. Eso nunca ha funcionado. Ni en economía, ni en cultura, ni en seguridad.
Patriotismo y ciudadanía global no son polos opuestos. Son capas de una misma identidad. Una te exige cuidar la casa. La otra te obliga a entender el vecindario.
Yo no dejé de ser mocano cuando entendí el mundo. Al contrario. Comprendí mejor lo que valía proteger. El mercado de la esquina, las conversaciones largas en el Cibao, esa mezcla de orgullo y hospitalidad que tanto nos define.
La patria no es una vitrina que se guarda bajo llave. Es una casa que se fortalece para resistir tormentas y abrir ventanas cuando conviene.
Reducirla por miedo es empequeñecerla. Ampliarla con criterio es hacerla más fuerte.
Al final, la pregunta no es si la ciudadanía global amenaza la dominicanidad. La pregunta es si estamos dispuestos a tener una identidad tan sólida que no necesite gritar para sentirse viva.
La bandera no pierde color cuando se enfrenta al mundo. Lo pierde cuando la agitamos desde el miedo.
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