En una selva muy parlanchina reinaba Leonidas Doroteo, famoso por su melena impecable, su decir sensato… y por pensar tanto que a veces no pensaba nada.
Un día surgió un gran dilema: había dos caminos, a la vista de todos, divergentes como el día y la noche, el estar saciado o sediento.
El camino A bordeaba un río sereno, defendido por tortugas omnívoras, expertas en paciencia, equilibrio y comer de todo.
El camino B cruzaba una montaña brillante llena de minerales (según las urracas, especialistas en cosas relucientes).
—¡El A nos dará tranquilidad! —respondían las tortugas, sin apurarse. —¡El B nos hará prosperar! —gritaban las urracas, haciendo sonar sus tesoros. —¡Yo solo quiero que no me aplasten! —chillaba el conejo. —¡Y yo encontrar agua y saber por dónde correr! —añadía el venado, ya nervioso.
El alboroto creció tanto que hasta los monos se quedaron sin chistes… lo cual ya era grave.
El rey, incómodo, llamó a su consejo: el búho sabio, la hormiga ingeniera y el castor constructor.
—Vean las leyes del reino e investiguen bien el mandado ese que me legaron —ordenó—. No quiero errores.
Pero mientras los expertos estudiaban y preparaban su estudio, la selva se impacientaba.
—¡Decide ya! —¡Camino A, que somos más! —¡Camino B, que luciremos mejor! —¡Cualquiera, que lo mismo da! —¡Ninguno de los dos y vaya usted a ver!
Las hienas amplificaban el ruido, los loros repetían todo sin entender y el caos parecía tener eco propio.
Finalmente, Leoncio Doroteo subió a su roca. El silencio fue inmediato.
—He escuchado a todos, como es habitual en mí —dijo con soberana solemnidad—. Y he tomado una decisión…
La selva contuvo el aliento.
—He oído a todos, incluso y por primera vez a las jirafas que ni siquiera garraspeaban, y elijo… el camino que ustedes digan —rugió, señalando a la multitud, como mandamás.
El griterío estalló en euforia. Unos jalaban hacia A, otros hacia B. El soberano, apurado por la presión, miró a un lado, luego al otro… y sin esperar la evaluación de los sabios, tomó su propia decisión.
—He decidido, sí…, y lo que pase a partir de ahora ya no es asunto mío —murmuró, mientras el alboroto estrepitoso volvía a crecer.
Se repite el guion. Las cabras no dejan de tirar al monte. En lo que una va y la otra vuelve, los especialistas quedaron con el moño hecho: estudios, conclusiones y recomendaciones quedaron en el tintero, como banderas de luto a media asta. Y Leoncio Doroteo, convencido de que para liberarse de cualquier embarre bastaba con dejar correr el agua sobre sus patas, dejó a los lugareños plantados —y a toda la nación— sin siquiera darles la posibilidad de evaluar el camino con más valor y mejor porvenir.
Moraleja: Quien en la selva no mete la pata en algún lodazal, finaliza vapuleado, mandando con tanto apremio como indecisión.
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