En mi entrega de esta semana pensaba referirme a dos afrentas la del maestro Rafael Solano y al maestro Luis Días, pero en el día de ayer la Academia de Ciencias de la República Dominicana emitió un comunicado de desagravio al maestro Solano por lo que doy por cerrado ese capítulo.

La semana pasada, el país fue testigo de otra afrenta dolorosas dirigida contra una figura señera del arte y el espectáculo nacional: Luis Días. Un nombre que habita la memoria cultural dominicana y que, sin embargo, fue expuesto a una ligereza discursiva impropia de su estatura simbólica.

El pasado 5 de febrero, el Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones organizó un emotivo homenaje titulado «Terror con Terror se Paga», concebido como un acto de reconocimiento a la obra y al legado del artista nacido en Bonao. En él participaron diversas figuras del ámbito musical que compartieron escenarios, discos y épocas con el homenajeado.

Sin embargo, lo que debió ser un ejercicio de memoria y gratitud se vio abruptamente desplazado por una intervención innecesaria. Sergio Vargas se permitió afirmar que “nadie había olido ni bebido más que Luis Días”, aludiendo de manera explícita al consumo de sustancias controladas. Aquella frase, pronunciada sin pudor ni conciencia del momento, se convirtió en una grieta por donde se escapó el sentido del homenaje.

Considero este hecho una afrenta. No tanto por el contenido de la afirmación —cuya veracidad resulta irrelevante— sino por el escenario en que fue emitida. Al día siguiente, lo viral en las redes no fue la música, ni el tributo, ni la grandeza creativa de Luis Días, sino las palabras de Sergio Vargas. El homenaje quedó sepultado bajo el ruido.

Parece que “el negrito de Villa” ignora que los homenajes exigen contención discursiva y una profunda conciencia del contexto. En estos espacios, el silencio no es omisión: es una forma elevada de respeto, una expresión madura de profesionalismo. Callar, a veces, es honrar.

Los homenajes culturales cumplen una función precisa y casi sagrada: preservar la memoria colectiva y reafirmar el valor simbólico de una obra. Cuando esa frontera se cruza, el acto pierde su centro, y el homenajeado queda relegado a un segundo plano, reducido a pretexto.

Se trata del sentido del acto, del motivo del encuentro, del respeto que impone un homenaje. Sus palabras provocaron una ola de críticas que terminó por eclipsar aquello que debía brillar: la obra inmortal de Luis Días.

El problema no radica en la veracidad o falsedad de una afirmación, sino en su pertinencia dentro del delicado marco simbólico de un homenaje póstumo. Los actos de memoria se sostienen sobre un acuerdo tácito: la suspensión momentánea del juicio y la concentración plena en la obra, en el legado, en aquello que merece ser preservado del paso del tiempo. Toda intervención que introduzca comparaciones morales —explícitas o insinuadas— resquebraja ese consenso silencioso y desplaza el sentido del acto.

En ese orden, la declaración de Vargas no puede leerse como un comentario aislado o inocente, sino como un desplazamiento del eje discursivo: del reconocimiento cultural a la evaluación conductual, del legado artístico al señalamiento indirecto. Se abandona la celebración de la obra para insinuar una sombra sobre el autor.

No todo lo que puede decirse debe decirse, y no todo lo dicho contribuye al propósito del acto porque desnaturaliza la función misma del homenaje, que no es juzgar, sino honrar.

Rafael Alvarez de los Santos

Escritor y educador

Escritor y educador. Autor de las obras, Vivencias en broma y en serio y La Sociedad de la Nada. Twitter: @locutor34 Facebook: vivencias en broma y en serio

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