Reconocernos cada uno como un punto de vista, en un tiempo determinado, frente a los miles de millones de puntos de vista actuales, pasados y los del porvenir, nos impone ser humildes, dialogantes, pacificadores. Nadie puede abrogarse la condición de ser el único individuo capaz de ver y entender lo verdadero o ser el más poderoso. Los cementerios están llenos de individuos que tuvieron esa patología y los que ahora viven terminarán muertos a más tardar en pocas décadas, como lo estaremos todos.
Negar dicha evidencia y desatar un ego psicótico, absurdo, violento que pretende ser insensatamente el centro del universo, es lastimoso como destino para cualquier ser humano en el breve tiempo que le toca existir. Lo grave es que a veces esos individuos alcanzan la potestad de malograr la vida de miles o millones siguiendo su enfermiza conducta. Steve Taylor afirmó hace poco, con toda la razón del mundo, que “hay bastantes psicópatas entre los líderes políticos” y también, esto es de mi cosecha, entre quienes amasan grandes fortunas y los que se creen poseídos de condiciones sobrenaturales para guiar a los otros como rebaño.
Existir, pudiendo no existir, millones de veces más probable lo segundo que lo primero, es un regalo, algo absolutamente inmerecido, nada negociado, porque de hecho somos arrojados al mundo y lo que importa es si alguien nos espera, porque nada de nuestro origen en el existir estuvo en nuestra voluntad y mucho menos la forma concreta en que somos recibidos, formados, integrados, en una cultura, unas creencias, unos saberes, unas sensibilidades, una identidad. Es absolutamente azaroso lo que soy desde que salí del vientre de mi madre, y con lo que recibí voy haciendo mi vida, sirviendo a los otros, buscándole sentido a este breve momento de vida que tengo. Sartre lo dijo de una manera muy hermosa: “somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”.
Ejercer nuestra libertad, que no es hacer lo que me de la gana, consiste en actuar responsablemente con el legado que me han dado, las oportunidades que he recibido, lo que me enseñaron las maestras y maestros que he tenido, reconocer el amor y cuidado de los que estuvieron y están a mi lado, y articular una respuesta hacia los otros que potencie lo bueno que me han dado y no transmitir lo negativo que el vivir me ha hecho padecer. Y tener claro, no hay otra fórmula, que estamos llamados a servir a los otros, igual que somos el resultado del servicio que nos han brindado decenas, centenares de personas, a lo largo de nuestra existencia.
Imaginar que desde esa situación azarosa y absolutamente minúscula dentro de la riqueza de lo humano, somos poseedores de la verdad, de cualquier verdad, o que nuestra óptica es o participa de una supuesta percepción de lo real, que prácticamente más nadie posee, es síntoma de una seria enfermedad mental. Patologías como el racismo, el machismo, las ideologías políticas, culturales o religiosas, la homofobia, la aporofobia, el chovinismo, y toda forma de creencia y prédica que afirme que los de “mi grupo” son superiores a los de otros grupos, son psicopatías que ameritan terapia. Unamuno afirmó, eso dicen, que frente a perversiones como el racismo y el fascismo se necesita leer y viajar para sanar.
Vivimos en sociedades donde los enfermos mentales en puestos de preeminencia abundan, usualmente dirigen la economía, la política y la cultura, convirtiendo el mundo en un caos, donde la vida de las personas vale en función del poder que tienen. Considerarlos como pacientes psiquiátricos no excluye que a su vez sean criminales y genocidas, el caso Gaza no admite duda. Pero que un enfermo mental alcance esas posiciones, especialmente si es escogido por los conciudadanos de su país o enaltecido por masas que alaban a famosos por su fortuna, ganada en negocios o crímenes, artistas de diversos género y lideres sociales, mueve hacia las muchedumbres la enfermedad que los lleva a escoger a enfermos (¡valga la redundancia!) para que sean el referente modélico de sociedades y multitudes.
En la actualidad, desde que surgieron las redes sociales, la inmensa mayoría de la población padece un proceso de idiotización viendo las 24 horas del día -incluso a costa del sueño- artilugios como el TikTok. Y no me refiero exclusivamente a personas de bajo nivel educativo o pertenecientes a los sectores de menos ingresos de la sociedad, es que ese vicio ha sometido la voluntad de líderes en todas las ramas de la vida social y con altos niveles educativos. Por eso cuando veo a una de esas destacadas figuras opinar sobre un tema que acaba de salir a la palestra pública, siguiendo la corriente de la mayoría, me doy cuenta que su parecer está forjado por las redes sociales y no por el estudio y la reflexión serena.
Antes de este mundo de cretinos pegados a las pantallas de sus celulares, un pensador de alto nivel en nuestra lengua, llamado Ortega y Gasset, escribió un libro titulado La rebelión de las masas, donde tipificaba el ascenso del hombre-masa en el mundo occidental. Este fenómeno antropológico es tipificado como el individuo que se cree poseedor de la verdad porque opina como todos los demás y no acepta que existan expertos en tema alguno que se han labrado su sitial mediante el estudio y la investigación. Para el hombre-masa en el siglo XX y el XXI lo verdadero es lo que ha llegado a su conciencia primero y que es compartido por su tribu. Son brutos que afirman orgullosos su brutalidad, porque pensar exige, y ellos no pretenden más que vivir sin mucho esfuerzo hasta su último aliento.
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