Algunos, incluyendo organismos internacionales, prevén que durante este año nuestra economía rebotará del 2.5% y crecerá a un 4.5%. No compartimos ese optimismo.
Por un lado, el servicio de nuestra deuda interna y externa como porciento del PIB ya casi iguala el 4% que hemos estado dedicando a educación. El repago de nuestra deuda implica utilizar para esos fines un 30% de nuestros ingresos tributarios y nuestra deuda pública ya sube a un 59% del PIB, lo que nos coloca a la altura de Panamá y México y muy por encima del 28% muy saludable de Guatemala; del 34% de Perú y del 37% de Honduras.
Las pérdidas de las tres distribuidoras de electricidad son enormes. Hace pocos días el gobierno se jactó de que en una de ellas las pérdidas habían bajado, pero tan solo un 10%, proporción poco importante. Una de esas Edes ha tenido seis administradores en cinco años. Aún así, el gobierno todavía no contempla entregar la administración de las mismas al sector privado, como tampoco propone una reforma tributaria, a pesar de que el presidente no va a la reelección. La nómina pública sigue en aumento, así como las tarjetas de débito para los compañeritos. El resultado de todo esto es que la proporción del presupuesto que se dedica a inversión es de tan solo un 10% y por eso no se terminan muchas obras claves. En fin, que enfrentamos un desequilibrio estructural que requiere de un ajuste estructural.
Nadie se pregunta por qué tuvo que salir del país la empresa textilera Gildan-Hanes de Bonao, si por problemas internos de su casa matriz, o si han decidido mudarse, por ejemplo, a Vietnam o Camboya.
Nos jactamos de citar la cantidad de turistas que llegan al país, en vez de informarnos sobre el nivel de lo que gastan, ya que cada día una proporción mayor llega en barcos, sector que consume menos que los que arriban por avión. También alardeamos del éxito en FITUR con la aprobación de nuevos proyectos hoteleros españoles, sin enfatizar que la inversión extranjera en los mismos representa apenas un 20%-30% del monto total, ya que el grueso viene de préstamos de bancos locales, es decir, se nutre del ahorro de los dominicanos y eso reduce el impacto sobre nuestra balanza de pagos.
Otro problema estructural radica en el sector de la educación. El sindicato de profesores, entre otras causas, impide que mejoren las calificaciones en las pruebas PISA, y una masa laboral poco educada no permite que nos movamos hacia empleos más productivos y sofisticados. Ya no es cuestión de saber usar el machete, sino de saber operar una computadora. Preocupa que muchos de nuestros ingenieros industriales y eléctricos opten por irse a vivir al extranjero y no nos preguntamos qué proporción de los jóvenes que son becados por nuestro Gobierno para estudiar en el extranjero optan por no regresar y quedarse a residir fuera, no tanto en Estados Unidos por los nuevos problemas de visado, sino en España, país que la semana pasada anunció que daría residencia a los indocumentados.
También nos jactamos del alto nivel de nuestras reservas monetarias, pero si una buena proporción de nuestro comercio internacional es con países de la zona euro y Japón, habría que preguntarse por que esa misma proporción de nuestra reserva monetaria no está en euros o yenes para poder cubrirnos a través del “hedging”. Igualmente, si bancos centrales como el alemán tiene un 80% de sus reservas en oro, habría que preguntarse por que no tenemos una buena proporción de la nuestra en ese metal. Por cierto, deberíamos lamentarnos de que hace seis años no aprobamos el proyecto de explotación de oro al nordeste de San Juan de la Maguana, pues si lo hubiéramos hecho, hoy día podríamos aprovechar mucho más la euforia del precio del oro. Nos fijamos en el valor del oro que exportamos, mas no en la cantidad cada día más reducida que exportamos, pues la mina de la Barrick está en sus etapas finales.
Algunos hablan “del fin del milagro dominicano". Lo podemos impedir, pero se requerirían ajustes estructurales.
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