Desde el prefacio, las voces presagian dudas, interrogantes y las otredades en el acontecer de Roberto: “Pienso en callarme para siempre. Mauna llaman los budistas al estado de calma en el que prescindimos de la voz propia, y la del otro es solo un sonido intruso” (Pág. 15)

Este texto fue Premio UCE de Novela 2024. Es una relato de “pequeño” formato. Su narrativa se cimenta en un constructo literario poético-filosófico. Como leitmotiv de lo tramado, el autor, César Zapata, integra de manera puntual y magistral el recurso del “narrador narrado”. Roberto, el personaje central, narra y se narra como si su existencia fuese la de otro, “yo podría dormir mejor en esta litera que encallece mis vértebras. Pero escribo, escribo. ¿Soy Roberto?” La otredad son voces que transitan de forma creativa para dinamitar de significados y/o los contenidos del relato y su contexto. Se superponen y se articulan, son artificios que podrían sugerir al lector diferentes ángulos y distancias interpretativas de cómo involucrarse en el drama de un personaje angustiado y solitario. “Roberto Casares (digo mi nombre porque a veces me siento fuera de mí), un extraño que piensa que soy yo. El que escribe está en otro lugar. Ese que ahora ensucia el espejo, su proyección, reflejo de lo que todavía puedo ser. Debo estar seguro: ¿Soy Roberto, mayor de edad, divorciado?” (Pág. 55) Esta introspección del personaje evidencia un cruce de voces reflexivas que cuestionan la autorreflexión del personaje.

El “narrador narrado” como técnica se establece en la novela de manera táctica, carga de sentido y contrasentido los momentos y lugares donde sucede el relato. Es una cualidad escritural que contrasta y conflictúa la narrativa (el narrador) de lo narrado (el personaje) sin disociar lo tramático. Al contrario, la línea argumental novelística es verosímil y legible. Se comprende claramente la formalidad de su discurso reflexivo, filosófico, cotidiano y poético. No es tarea fácil conjugar de forma interactiva estas voces tan dispares en sentido simbólico, sin caer en lo retórico. Las voces que se narran y son narradas usurpan roles conflictivos sin respetar fronteras. La forma en como cohabitan estas voces es un gran mérito creativo y técnico del novelista y la novela.

Lo perceptivo en la triada del personaje-narrador-autor se cruza y se mezcla; y, de esa forma, el autor de “Ella tenía un jardín” evita ser ilustrativo y obvio, evade los trucos estereotipados  de la novela anecdótica. Las voces facilitan que las introspecciones de Roberto sean narradas  desde una oralidad creíble. Se siente lo que duele al personaje, porque el dolor de la ficción es también el dolor del profesor universitario, divorciado, recién mudado en una casa decadente, abandonada, ubicada en un entorno donde pululan personajes que rayan en la desolación y la demencia. La voz interna del personaje denuncia con angustia el lugar donde le tocó vivir: “La segunda habitación donde acomodé mi cama y ropa necesitó varios días de despojos. Allí había retazos que más bien parecían mortajes, grandes bollos de hilos almacenando todo el polvo del siglo, cartulinas, escarcha, tejuelos, nombres borrosos y fotos sepia. Una especie de closet con recuerdos podridos y olor tóxico a catacumba…” (Pág. 53)

La narrativa, y no la trama, es la gran fortaleza de “Ella tenía un jardín”. El tramado es una historia “lineal” que no pretende jugar con la atemporalidad discursiva. Lo que el autor relata no está  amañado de trucos y suspensos. No es una historia enredada. El texto está escrito como si fuesen largas introspecciones de Roberto, expresadas en diferentes momentos y circunstancias. El personaje dialoga y reflexiona  de forma natural con él y los personajes referenciales que van apareciendo en su vecindad y  la Zona Colonial. Se podría decir que en esta novela la estructura narrativa es forma y contenido.

En “Ella tenía un jardín”, los trozos expresivos fluyen. Lo metafórico-poético-filosófico advierte al lector desde los títulos, subtítulos y capítulos de la novela. Capítulo I: “Terreno baldío”. Subtítulo: “El mundo es para mí una horrenda colección de recuerdos diciéndome que ella vivió y la he perdido”. Capitulo II: “Mirando el sol sobre abrojos”. Subtítulo: “Fracaso a la carta”.  El autor pule y extiende la metáfora, hasta lograr que el personaje convierta en diálogo cotidiano y reflexión lo que se sugiere como imagen poética y filosófica. Los títulos y los subtítulos de la novela no se usan como convención literaria; más bien, operan como conceptos narrativos, son bosquejos premonitorios que involucran al lector con la crisis existencial de Roberto interactuando en un entorno mísero. Lo que está en crisis no es solamente el personaje, es también el sistema nervioso que sostiene a la novela.

El personaje central no habita en cualquier entorno anónimo y sin historia de la ciudad de Santo Domingo, vive en el ensanche Lugo, una sector arrabalizado que tuvo su esplendor en el pasado. Roberto y su crisis de profesor recién divorciado y separado de su familia interactúa con unos personajes traumados por el núcleo familiar.

cC, el difícil.

Carlos Castro

Sociólogo, teatrista y cineasta.

El autor estudió sociología. Es profesor universitario. Escribe y dirige teatro. Es cineasta sin título universitario. Fue expulsado del paraíso de la mediocridad criolla.

Ver más