En el momento en que escribo estas líneas, los Juegos Centroamericanos no han sido inaugurados, pero me adelanto a comentar mi experiencia pasada para así poder compararla con la presente y disfrutarla. Cuando este artículo sea publicado, ya habrán pasado.

Hace justamente cincuenta y dos años se celebraron en el país los «Doce Juegos». Fue la experiencia deportiva más grande que tuvimos hasta ese momento, porque nuestro conocimiento y disfrute de los deportes no iba más allá del béisbol, sóftbol, baloncesto, voleibol, atletismo y alguna que otra disciplina.

Recuerdo como si fuera hoy aquel impresionante acto de inauguración en el Estadio Olímpico.

Durante cerca de un mes, un ciudadano ecuatoriano de apellido Armendáriz se ocupó de preparar las tablas gimnásticas y las barras humanas. Iba cada día a diferentes colegios a enseñar una rutina a un grupo numeroso de estudiantes. Para ello contó con la aprobación de los propietarios de colegios privados.

Yo trabajaba en uno de ellos. Era una gran espectadora de esos ensayos y nunca me imaginé cuál era el propósito de que las niñas agitaran hacia los lados, arriba y abajo pañuelos de diferentes colores. Subían, bajaban, se abrazaban, movían las manos, se balanceaban. Todo era una incógnita.

La tarde de la inauguración me quedé con la boca abierta. Toda una gradería estaba ocupada por estudiantes de los colegios escogidos para la ocasión, vestidos con el color que les había sido asignado.

En el momento del desfile de los atletas, una banda militar empezó a interpretar las notas de nuestro canto universal Por amor, del maestro Rafael Solano, con ritmo de marcha. Fue un momento para erizar la piel. El estudiantado, al compás de la música, comenzó su espectáculo. Mostraban, mediante la coreografía, nuestra bandera, el escudo, letreros y banderas de los diferentes países. En fin, fue algo impresionante.

Espero que esta inauguración supere aquella, aunque no lo creo. Y eso que entonces solo se contaba con el ingenio, la espontaneidad y el talento. Hoy tenemos la tecnología y debería ser un espectáculo capaz de dejar a todo el mundo con la boca abierta.

Si mal no recuerdo, nuestro laureado director de orquesta, el maestro Carlos Piantini, tuvo una participación espectacular, con esa forma tan brillante e inimitable de dirigir.

Cuando se celebraron los «Doce Juegos» tuve la gran dicha de presenciar todas las disciplinas que me interesaban: atletismo, natación, clavados, baloncesto, voleibol, entre otras.

Esta vez tenía grandes expectativas y mucha ilusión. Me imaginaba en París, como en Roland Garros, con mi sombrero para el sol y mi abanico para el calor, viendo los partidos de tenis en las canchas del Parque del Este. Pero ¡qué va! Dicen que «la dicha del pobre dura poco».

He seguido todo lo que se ha escrito, así como las instrucciones sobre movilidad y transporte.

Toda mi ilusión se vino abajo. No me queda más remedio que ver los juegos por televisión, porque parece que, al planificarlos, no se tomó en cuenta a las personas de la tercera edad. «A sigún veo», los viejos no estamos contemplados para disfrutar de nada. Ni los vehículos privados, ni los taxis ni Uber pueden llegar a la entrada de los parques.

No pretendía que me llevaran hasta las puertas de las canchas, pero sí, por lo menos, hasta la entrada, donde la caminata fuera menor.

Los «Doce Juegos» los disfruté. Era joven; podía caminar y desplazarme sin cansarme. Hoy todo es diferente, tanto para mí como para quienes planificaron estos juegos, que han sido pensados para los jóvenes.

¡Bendita la tercera edad, que nos permite soñar y disfrutar!

Elsa Guzmán Rincón

Bibliotecóloga

Maestra y Bibliotecóloga, retirada.

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