Cada año, Miami reinventa a La Habana como un paraíso inmaculado que se perdió en la revolución.

En La Habana, las fachadas de pálidos colores pastel se están desmoronando; en Miami, son de plástico.

Muchas de las comunidades de inmigrantes del sur de Florida organizan festivales para celebrar su patrimonio cultural, pero los cubanos van un poco más allá que la mayoría. Un fin de semana al año, el recinto ferial del condado de Miami-Dade se transforma en una réplica del centro de La Habana. Los famosos paisajes urbanos de la ciudad se recrean en grandes paneles suspendidos del techo que muestran fotografías de los lugares originales.

Se puede caminar desde la Catedral de La Habana, situada en un extremo, recorriendo el Paseo del Prado —que en antaño estuvo flanqueado por elegantes boutiques y teatros— y pasar por el bar El Floridita, donde Ernest Hemingway solía reunirse con sus allegados, hasta llegar al Club Tropicana, donde las orquestas tocaban hasta altas horas de la noche.

Incluso el nombre del festival sugiere una intensa relación emocional: Cuba Nostalgia.

En un momento en que La Habana se desmorona, con las calles llenas de basura sin recoger y en medio de la creciente presión de EE. UU. sobre el régimen comunista, el festival de Miami constituye una ventana a la cosmovisión de la comunidad cubano-estadounidense.

El debate político en Miami sigue dominado por un anticastrismo feroz y estridente. El mes pasado, la fiscalía presentó cargos de asesinato contra Raúl Castro por el derribo a tiros de dos aviones civiles hace 30 años, para la satisfacción de muchas de las voces más destacadas de la comunidad cubana.

En Cuba Nostalgia apenas se percibía ese rencor. Hubo pocas manifestaciones políticas, salvo un Oldsmobile de 1957 pintado con los colores de la bandera estadounidense y el lema «Libertad para Cuba». José Hernández, un asistente a la feria, fue la única persona que vi llevando una gorra con la frase «Make Cuba Great Again» (Haz a Cuba grande de nuevo). Conversamos mientras esperábamos en la cola de Mr. Pork Belly para comprar chicharrón: trozos crujientes de cerdo frito; puro colesterol diabólico. Comentó que la noticia de que se iba a procesar a Castro era «fantástica, y ya iba siendo hora». Sin embargo, incluso esto lo dijo más con resignación que con ira.

Sin embargo, si la política estaba en un segundo plano, la arquitectura emocional detrás de ese sentimiento de amargura estaba en todas partes. La Habana se presenta como un idilio prístino, un paraíso que se perdió con la revolución.

En años anteriores, un gran mapa extendido en el suelo permitía que los padres y abuelos les mostraran a los miembros más jóvenes de la familia dónde habían vivido. Esta es la narrativa que ha sostenido a la diáspora de Miami durante casi siete décadas: que, si tan solo se lograra expulsar a los Castro, todo se restauraría.

Una de las fachadas de plástico es una recreación del Cine Payret de La Habana, un hermoso edificio de estilo art déco. En su interior se proyectan documentales sobre estrellas musicales de aquella época, incluidas melodías que más tarde formarían parte de Buena Vista Social Club, el álbum de los años noventa que desató una ola mundial de nostalgia por una idea determinada de Cuba.

Mario Álvarez, un joven de 27 años que se mudó a la zona de Miami tras la covid, observaba el edificio con aire de extrañeza. Había pasado un tiempo en La Habana cuando era estudiante, pero dijo no recordar el Payret. Lo buscamos en internet y vimos que el cine había cerrado en 2008.

Los líderes cubano-estadounidenses suelen definirse como una comunidad de exiliados, más que como inmigrantes; se trata de un gesto de desafío político frente al régimen que conlleva la idea de que Florida es tan solo un hogar temporal.

Sin embargo, en el fondo, Cuba Nostalgia es realmente una celebración del estilo de vida privilegiado de Miami. Un puesto vendía bolsos de lujo confeccionados con cajas de puros Cohíba; otro promocionaba implantes dentales. Una empresa ofrecía seguros para barcos, el símbolo de estatus por excelencia en el sur de Florida. Entre las atracciones más populares figuraba una imagen gigantesca del famoso Malecón de La Habana, patrocinada por una aseguradora de salud local que anunciaba su plan de Medicare Advantage.

Marisol Cabrera, cuyos padres emigraron en la década de 1960, estaba esperando en la fila para sacarse una fotografía frente al Malecón. Comentó que una prima había regresado a visitar a la familia durante el breve paréntesis de la era Obama, cuando las relaciones entre los dos países se habían seminormalizado, pero que ella nunca había tenido interés en hacerlo.

Le pregunté si se sentiría tentada a volver si el régimen de Castro cayera mañana. «Voy a ser sincera: no conozco a nadie que regresaría», dijo. «Aquí se vive mucho mejor».

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