Sabemos que nuestro cerebro responde a los estímulos que recibe de nuestro entorno. De esa forma nuestra conducta refleja nuestra capacidad de adaptación.
Pero algo que es importante que tengamos en cuenta es que nuestras creencias, pensamientos e interpretaciones de la realidad, también podrían ser procesadas por nuestro cerebro como la realidad misma, condicionando que nuestro organismo, emociones, conductas o condiciones de vida se adapten a lo que realmente creemos.
Lo que acabamos de señalar es de mucha trascendencia y conviene entenderlo muy bien. A tu cerebro podría afectarle más lo que crees, que lo que es.
La psicología cognitiva ha demostrado que las emociones no dependen únicamente de los acontecimientos, sino también de la interpretación que hacemos de ellos. De hecho, un psicólogo durante una terapia, siempre tendrá en cuenta qué crees tú de lo que te esté sucediendo.
Podrías vivir en un paraíso, con una salud envidiable, con todo lo que necesitas y con los compañeros ideales, sin que te faltara nada; sin embargo, si creyeras que vives en un infierno, tu cuerpo y tu mente podrían estar viviendo situaciones de intenso estrés, generando trastornos de salud, conflictos sociales y finalmente deteriorando tus condiciones de vida.
Si, incluso en condiciones ideales la incapacidad para valorar lo que tenemos puede impedirnos ser felices, ¿imaginas lo que podría ocurrir en un mundo lleno de imperfecciones?
Por otro lado, en ocasiones habrás visto a personas que, en condiciones de vida que considerarías inaceptables, muestran un regocijo y una conformidad impresionantes que pueden resultarte sorprendentes.
La pregunta es: ¿deberíamos esperar que el mundo se ajuste a nuestra idea de perfección o desarrollar una mayor capacidad de adaptación?
A manera de ejemplo, dices no tener tiempo, lo que te hace vivir con unas prisas poco saludables y sentir que, en lugar de vivir, lo que haces es malvivir. Lo que trabajemos en nuestro interior, no logrará que el día tenga 28 horas, pero podría optimizar el aprovechamiento de las 24 que ya tiene.
Los algoritmos digitales y sociales valoran tanto los fenómenos excepcionales, que perdemos la capacidad para apreciar la normalidad de lo natural. En nuestra existencia es esencial el equilibrio. Es simple, la vida humana sin equilibrio no es sostenible.
Puedes llevar una vida con algunas exageraciones por semanas, meses y quizás por años, pero tarde o temprano, el desequilibrio te pasa factura. Y te desequilibra tanto física como mental y socialmente.
Algunos conceptos, paradigmas, metas y valores profundamente arraigados en nuestra civilización pueden estar equivocados. Cuando construimos nuestra vida sobre premisas falsas, muchos de nuestros esfuerzos terminan generando resultados contraproducentes. Sin embargo, podemos aprender sin necesidad de caernos, si realmente queremos.
Hagamos lo que hagamos, siempre tendremos aspectos o elementos negativos en nuestra existencia. También es importante esforzarnos por tomar conciencia de los eventos positivos que también siguen aconteciendo en nuestro entorno.
Es más fácil interesarnos en lo negativo, porque nos produce temor, nos pone en alerta, aunque no queramos. Si en un pueblo viven miles de personas bondadosas y una sola comete un crimen atroz, es probable que esa sea la única de la que oiremos hablar y terminemos haciendo comentarios sobre la maldad de los seres humanos, olvidándonos de los miles de buenos vecinos.
Fomentar nuestra visión de los fenómenos lamentables de nuestro mundo en detrimento de percibir lo positivo, genera en nosotros una existencia necesariamente miserable y contribuye a que enfermemos incluso en ambientes muy saludables.
Algunos al transitar por una calle solo perciben la basura y el ruido. Otros son capaces de disfrutar del lado amable de las personas con quienes se cruzan. La misma calle, alguien solo ve lo desagradable y otro descubre valores que se manifiestan con discreción.
Nuestros pensamientos e interpretación de la realidad están determinados por: nuestras experiencias previas, creencias, expectativas, emociones, necesidades y temores. Pero también por lo que decidas darle importancia.
Cuando estamos profundamente convencidos de que un alimento nos hará daño, esa expectativa puede influir en cómo lo experimenta nuestro cuerpo y, si creemos que un jugo de fruta puede sanarnos, podrían ser impresionantes los efectos en nuestro cuerpo.
Es de suma importancia que identifiques qué dice tu voz interior sobre tu persona, tu vida, tu trabajo, tu futuro, tus seres queridos y tus logros. Si lo que afirma son cosas terribles, asegúrate de presentarle la otra cara de la moneda.
Es necesario reflexionar sobre qué es real y qué imaginario. Al mismo tiempo, es vital descubrir cómo esos pensamientos intrusos te están afectando sin que quizás te des cuenta.
Referencias:
Beck, A. T. (2019). Terapia cognitiva de la depresión (2.ª ed.). Desclée de Brouwer.
Kahneman, D. (2011). Thinking, fast and slow. Farrar, Straus and Giroux.
Sapolsky, R. M. (2008). ¿Por qué las cebras no tienen úlcera? La guía definitiva sobre el estrés, las enfermedades relacionadas con el estrés y el afrontamiento. Alianza Editorial.
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