"Pero mañana mismo te juzgo y te condeno a morir en la hoguera como el peor de los herejes; y ese mismo pueblo que hoy besaba tus pies, mañana, a una señal mía, se lanzará a atizar el fuego de tu hoguera". —Fiódor Dostoyevski—

Una de las características que separan al hombre de Estado de sus conciudadanos es, sin lugar a dudas, su capacidad para desenmarañar con palabras simples los aspectos complejos de la administración pública con la fluidez que genera la experiencia adquirida a consecuencia de un dilatado estudio en los asuntos comunes. Debe saber y entender, desde la lógica simple, las variables favorables y adversas en la rutina de quien ejerce la primera magistratura del Estado.

Un político escaso de contenido social, con bajo rendimiento en áreas sensibles y vinculantes al diario vivir de la política como ciencia, no como perorata electoral, juega muchas veces al misticismo mágico para ocultar sus falencias argumentativas en un mundo forjado por ideas disímiles y contradictorias. Quizás ahí nace el afán de volcar sus energías en las plataformas digitales que, a lo sumo, venden lo que yo quiero ser y obviamente no soy, y ocultan con estratagemas de marketing las discapacidades que me apartan del conglomerado al que quiero gobernar.

Las redes construyen, a través del algoritmo sistémico, figuras enigmáticas y paradigmáticas que, al mínimo escarceo público, reflejan lo que ciertamente son: un producto mal elaborado y excelentemente mercadeado que, por su naturaleza fofa, carece de textura, sabor, olor y color. Crean, a través del contenido dinámico de los manejadores de cuentas, historias cortas y afectivas que no guardan, en ocasiones, ninguna relación directa con la conducta y el temperamento del producto en cuestión.

Lo triste es que hay quienes siguen creyendo que un like representa el interés real de un hombre o el conjunto de este, cuando la dinámica de su realidad socioeconómica lo enfrenta al yo banal, al padre, madre o estudiante que surca las vías carenciales de la realidad material y se debate entre el storytelling y la propuesta fáctica a una solución definitiva de sus necesidades básicas. Se equivoca quien duda de que el político doctrinario sigue siendo, por mucho, el que habla a la gente de lo que quiere la gente.

Aun así, los equipos modernos en estrategias novedosas como la del posicionamiento insisten, y casi lo logran, en convertir a hombres y mujeres —cuyo amor por la vida pública los empuja a la carrera política con matices electorales— hacia la representación simbólica de la decadencia argumental del post y el reel como elemento de convencimiento. Olvidando o ignorando que el calor de un abrazo y la calidez de un apretón de manos son el mejor jarabe para el malestar electoral.

No es casual que, partiendo de la potabilidad líquida de los fenómenos del view, con notables envolturas y poquísimo contenido, surja la disponibilidad de huir cuando aparezca la necesidad de tocar, sin previo montaje, a un niño mugroso, una doña descalza o un borracho imprudente. O que, por no exponer demasiado su reducido entendimiento, opten por la distancia estratégica como repelente perfecto a preguntas concretas, sobre problemas reales, de gente real.

Joan Leyba Mejía

Periodista

Periodista, Abogado y político. Miembro del PRM.

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