No, Ana Carolina.

Y comienzo por tu nombre no para señalarte ni para sumarme a una ola de descalificaciones en redes sociales. Todo lo contrario. Creo que tus declaraciones pueden convertirse en una oportunidad para conversar sobre algo que, como sociedad, seguimos sin comprender del todo: cómo funciona la violencia de género y por qué tantas personas, incluso mujeres, continúan responsabilizando a las víctimas de la violencia que ejercen sus agresores.

Esta no será la última vez que escuchemos a una figura pública decir que "las mujeres ven las señales", que "ellas saben con quién se meten" o que "si siguen ahí es porque quieren". Lo preocupante para mí es que estas afirmaciones no solo son falsas desde la evidencia acumulada por décadas de investigación; también trasladan el peso de la violencia hacia quien la sufre y alivian, aunque sea de forma implícita, la responsabilidad de quien la ejerce.

Por experiencia y en base a la evidencia de la ciencia, la violencia de género no comienza con un golpe. Tampoco suele anunciarse de manera evidente. En la mayoría de los casos inicia con conductas que muchas veces la sociedad ha normalizado: el control disfrazado de amor, los celos entendidos como interés, el aislamiento de amistades y familiares, la descalificación constante, la manipulación emocional y la pérdida progresiva de la autonomía. Cuando la agresión física aparece, con frecuencia la víctima lleva meses o incluso años inmersa en una dinámica de violencia que ha ido transformando su percepción de la realidad.

Fue precisamente para explicar este proceso que la psicóloga estadounidense Lenore Walker desarrolló, a finales de la década de 1970, la teoría del círculo de la violencia. Walker identificó un patrón que se repite en muchas relaciones violentas: una primera fase de acumulación de tensión, en la que aumentan el control, las amenazas, los insultos y el miedo; una segunda fase en la que ocurre la agresión, ya sea física, sexual, psicológica o económica; y una tercera etapa conocida como "luna de miel", en la que aparecen el arrepentimiento, las promesas de cambio, los regalos, las disculpas y el afecto.

Es precisamente esa tercera fase la que hace que muchas mujeres crean que esta vez será diferente. Que el agresor cambiará. Que el episodio fue excepcional. Pero el ciclo vuelve a empezar y, con el tiempo, suele intensificarse.

Por eso es un error preguntarse únicamente por qué una mujer no se fue. La pregunta también debería ser: ¿qué mecanismos de control, dependencia, miedo, manipulación o aislamiento le impidieron hacerlo? ¿Qué condiciones sociales, económicas o familiares limitaron sus posibilidades? ¿Qué impacto tuvo la violencia sostenida sobre su autoestima y su capacidad de tomar decisiones?

Decir que una mujer es responsable de la violencia que recibe porque "vio las señales" equivale a desconocer décadas de investigación sobre violencia de género y, peor aún, contribuye a reforzar uno de los mitos más peligrosos: que el comportamiento de la víctima explica la conducta del agresor.

Y ese tipo de mensajes tiene consecuencias.

En un país que año tras año registra decenas de feminicidios y miles de denuncias por violencia de género, cualquier discurso que desplace la responsabilidad del agresor hacia la víctima alimenta una cultura que termina justificando la violencia. No hace falta decir explícitamente "él tenía razón". Basta con insinuar que ella pudo haber evitado la agresión para que el foco deje de estar donde siempre debe estar: en quien decidió ejercer la violencia.

Quienes trabajamos en los medios de comunicación tenemos una responsabilidad adicional. Nuestras palabras informan, pero también educan. Ayudan a desmontar prejuicios o contribuyen a perpetuarlos. Por eso es tan importante abordar estos temas con evidencia, sensibilidad y perspectiva de género.

Si esta conversación sirve para despertar curiosidad, bienvenida sea. A Ana Carolina y a cualquier comunicadora, comunicador o persona interesada en comprender mejor cómo informar sobre estos casos, les extiendo una invitación sincera a leer la *Guía para la cobertura de casos de violencia de género*, elaborada junto con la Fundación Friedrich Ebert. No porque contenga verdades absolutas, sino porque recoge herramientas construidas desde la investigación, el periodismo y el trabajo con especialistas para comunicar sin revictimizar y sin reproducir estereotipos.

Las puertas para conversar, cuestionarnos y seguir aprendiendo siempre estarán abiertas. Porque frente a la violencia de género, el conocimiento no divide: protege. Y las palabras, cuando se usan con responsabilidad, también pueden salvar vidas.

A Ana Carolina y a cualquier comunicadora, comunicador o persona interesada en comprender mejor cómo abordar estos casos desde los medios de comunicación, les extiendo una invitación sincera a conocer la Guía para la cobertura de casos de violencia de género, elaborada con el apoyo de la Fundación Friedrich Ebert. No porque contenga verdades absolutas, sino porque reúne herramientas construidas desde la investigación, el periodismo y la experiencia de especialistas para informar sin revictimizar, sin reforzar estereotipos y con el rigor que estos temas demandan.

Si tú o una persona cercana está viviendo una situación de violencia de género, recuerda que no estás sola. Pedir ayuda puede ser el primer paso para romper el ciclo de la violencia.

Para denuncias de violencia de género o intrafamiliar, llama  a la Línea de Emergencia *212, sin costo y disponible las 24 horas todos los días y a Emergencias: 911.

Nota de la autora: La autora participó en la elaboración de la Guía para la cobertura de casos de violencia de género, desarrollada con el apoyo de la Fundación Friedrich Ebert (FES), como una herramienta para promover un tratamiento periodístico responsable de la violencia contra las mujeres.

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 No, Ana Carolina.

Y comienzo por tu nombre no para señalarte ni para sumarme a una ola de descalificaciones en redes sociales. Todo lo contrario. Creo que tus declaraciones pueden convertirse en una oportunidad para conversar sobre algo que, como sociedad, seguimos sin comprender del todo: cómo funciona la violencia de género y por qué tantas personas, incluso mujeres, continúan responsabilizando a las víctimas de la violencia que ejercen sus agresores.

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Esta no será la última vez que escuchemos a una figura pública decir que "las mujeres ven las señales", que "ellas saben con quién se meten" o que "si siguen ahí es porque quieren". Lo preocupante es que estas afirmaciones no solo son falsas desde la evidencia acumulada por décadas de investigación; también trasladan el peso de la violencia hacia quien la sufre y alivian, aunque sea de forma implícita, la responsabilidad de quien la ejerce. 

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Por experiencia y en base a la evidencia de la ciencia, la violencia de género no comienza con un golpe. Tampoco suele anunciarse de manera evidente. En la mayoría de los casos inicia con conductas que muchas veces la sociedad ha normalizado: el control disfrazado de amor, los celos entendidos como interés, el aislamiento de amistades y familiares, la descalificación constante, la manipulación emocional y la pérdida progresiva de la autonomía. 

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¿Qué es el círculo de la violencia? 

Fue precisamente para explicar este proceso que la psicóloga estadounidense Lenore Walker desarrolló, a finales de la década de 1970, la teoría del círculo de la violencia. Se desarrolla en tres fases: 

  1. Acumulación de tensión: Control, amenazas, celos, aislamiento, manipulación, discusiones y miedo. 
  1. Estallidos o Agresión: Violencia física, psicológica, sexual o económica. 
  1. Reconciliación o "Luna de miel": Arrepentimiento, tregua, promesas de cambio, regalos y muestras de afecto. 

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Es precisamente esa tercera fase la que hace que muchas mujeres crean que esta vez será diferente. Que el agresor cambiará. Que el episodio fue excepcional. Pero el ciclo vuelve a empezar y, con el tiempo, suele intensificarse terminando casi siempre en feinicio, pero también es la brecha donde las personas expertas en intervención de violencia han identificado que una mujer puede romper ese ciclo.

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Decir que una mujer es responsable de la violencia que recibe porque "vio las señales" equivale a desconocer décadas de investigación sobre violencia de género y, peor aún, contribuye a reforzar uno de los mitos más peligrosos: que el comportamiento de la víctima explica la conducta del agresor.

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 En un país que año tras año registra decenas de feminicidios y miles de denuncias por violencia de género, cualquier discurso que desplace la responsabilidad del agresor hacia la víctima alimenta una cultura que termina justificando la violencia. No hace falta decir explícitamente "él tenía razón". Basta con insinuar que ella pudo haber evitado la agresión para que el foco deje de estar donde siempre debe estar: en quien decidió ejercer la violencia.  

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Las puertas para conversar, cuestionarnos y seguir aprendiendo siempre estarán abiertas. Porque frente a la violencia de género, el conocimiento no divide: protege. Y las palabras, cuando se usan con responsabilidad, también pueden salvar vidas.

*Si tú o una persona cercana está viviendo una situación de violencia de género, recuerda que no estás sola.

 Para denuncias de violencia de género o intrafamiliar, llama  a la Línea de Emergencia *212, sin costo y disponible las 24 horas todos los días y a Emergencias: 911.

Ramieri Delgadillo S.

Es periodista, consultora y analista especializada en comunicación política, perspectiva de género e incidencia pública. Cuenta con experiencia en periodismo, producción audiovisual y comunicación institucional en República Dominicana y España. Es máster en Estudios Avanzados en Comunicación Política por la Universidad Complutense de Madrid.

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