En la ciudad, la calle parece un escenario neutro, un simple espacio de tránsito. Pero basta detenerse unos minutos para descubrir que allí se desarrolla una vida paralela, intensa y muchas veces invisible. La calle es un territorio adulto, diseñado para el movimiento rápido, para el comercio, para la prisa. Sin embargo, miles de niños y adolescentes la habitan como si fuera su casa, su escuela y su lugar de trabajo. Y esa realidad, tan normalizada, debería escandalizarnos.
En República Dominicana, la niñez en situación de calle no es un fenómeno marginal ni pasajero. Aunque no se cuenta con estadísticas nacionales actualizadas que cuantifiquen con precisión su magnitud, instituciones como CONANI, UNICEF y organizaciones comunitarias estiman que entre 3,000 y 4,500 niños, niñas y adolescentes realizan actividades económicas en las calles de las principales ciudades. La falta de datos oficiales no reduce la gravedad del problema; al contrario, evidencia un vacío institucional que dificulta la intervención.
Estudios cualitativos revelan que la mayoría de los niños en calle proviene de hogares marcados por violencia intrafamiliar, abandono, pobreza extrema, migración y rupturas familiares. Muchos no tienen residencia fija y se mueven según “lo que aparezca”, durmiendo en espacios improvisados o inseguros.
Las instituciones que los acompañan describen patrones reiterados de victimización: exposición a explotación laboral, mendicidad organizada, abuso sexual, reclutamiento por microtráfico, consumo de sustancias y violencia policial. La calle no es un espacio inocente; es un territorio donde la niñez está desprotegida frente a múltiples formas de violencia estructural y directa.
La mayoría trabaja jornadas que superan las ocho horas diarias. Venden dulces, limpian vidrios, cargan fundas, piden dinero o realizan cualquier actividad que les permita sobrevivir. Sus ingresos, que oscilan entre RD$150 y RD$350 diarios, sostienen no solo su propia subsistencia, sino muchas veces la de sus familias. La calle se convierte así en un espacio laboral infantil legitimado por la necesidad y tolerado por la indiferencia social.
A esta vulnerabilidad se suman riesgos crecientes: redes de trata vinculadas a la mendicidad organizada, explotación sexual y/o laboral y de tráfico de órganos, reclutamiento por microtráfico, consumo de sustancias y exposición constante a accidentes de tránsito. La calle no es un espacio inocente; es un territorio donde la niñez está desprotegida frente a la violencia estructural y directa.
Lo más alarmante es que, pese a la magnitud del problema, la respuesta institucional sigue siendo insuficiente. El Plan Nacional de Erradicación del Trabajo Infantil ha logrado avances, pero no ha logrado reducir la presencia infantil en las calles. CONANI, con recursos limitados, no puede abarcar la complejidad del fenómeno. Y mientras tanto, la sociedad observa, se acostumbra y normaliza.
La niñez en situación de calle es un escenario urbano inevitable. Es el síntoma más visible de un Estado que no garantiza derechos básicos y de una sociedad que ha perdido sensibilidad frente a la infancia vulnerada. La calle no debería ser un espacio para crecer, trabajar o sobrevivir, es un territorio adulto que devora la niñez, y cada niño que vemos en ella es un recordatorio de que estamos fallando como país.
Compartir esta nota