La violencia es una temática muy compleja para la que los profesionales de la conducta en el país no somos entrenados en las universidades. Y no solo la violencia contra las mujeres, todas las modalidades, la violencia intrafamiliar y los delitos sexuales. Si recibimos entrenamiento por estudios internacionales tendrá que ser con perspectiva de género, pero todavía faltará aquel filtro personal por el que debe pasar este entrenamiento.
Ocurre que, por tratarse de un sistema de creencias en que todos y todas somos educados, seremos parte del problema, naturalizando la violencia. Ameritará colocarnos desde un lugar diferente para sobrepasar lo recibido en la cultura y en el sistema de creencias religioso, comenzar a mirarnos y poder convertirnos, poco a poco, en parte de la solución.
Desembarazarse de todo lo aprendido, de todo lo construido en el discurso materno y familiar es un gran reto, ya que le dio sentido a la vida y al futuro; allí adquirimos un paradigma que guía el pensamiento, el sentimiento y la conducta. Empezar a identificarlo toma tiempo, lectura, sensibilidad, deslealtad a los códigos familiares, discusión, introspección y autoobservación continua. Implica descubrir capas, nombrar las violencias vividas y ejercidas; implica tal vez reconocernos como víctimas en un momento de la vida y trabajar para salir de allí y no continuar repitiéndolo en los vínculos, sobre todo en los más íntimos e importantes.
Todo este camino explica la situación en la que nos encontramos como país: no tenemos suficientes profesionales idóneos que puedan mirar, reconocer y nombrar la violencia en las situaciones que les presentan los pacientes en el consultorio. Y quiero plantear este tema desde la empatía, sin juzgar ni señalar, porque yo también estuve ahí y he tenido que hacer el tránsito de aprendizaje y despertar para poder acompañar a las mujeres sobrevivientes de violencia. Si no integramos la perspectiva de género continuaremos responsabilizando principalmente a las mujeres de sostener todos los vínculos familiares; seguiremos ofreciendo consejos de cómo reactivar la sexualidad en la pareja o culpándolas por no haber hecho lo suficiente. Y es que "no vemos, que no vemos", se activa el doble sesgo que no nos permite mirar más allá por estar inmersas todavía en el aprendizaje cultural y religioso de cómo ser pareja y cómo ser familia.
En el Centro de Atención a Sobrevivientes de Violencia tenemos un Programa de Pasantías para estudiantes de licenciatura y maestría en Psicología en el que recibimos jóvenes de todas las universidades del país. La experiencia ha sido diversa y provechosa para ellas y para nosotras como equipo, ya que nos ha permitido ponernos en contacto con los planes de estudio de las carreras y la información que reciben en el trayecto de sus estudios. Para nosotras este programa es un aporte, el brazo largo que ofrecemos para activar la curiosidad de formarse en este tema para cualquier área en la que vayan a ejercer la psicología. Es la oportunidad para que completen el aprendizaje y puedan tener una experiencia profesional que les garantice una visión integral de la atención a la violencia de pareja y los delitos sexuales.
Muy deliberadamente, el protocolo tiene una metodología vivencial que les motiva a mirarse y comenzar a identificar en sus historias las violencias que han vivido. Esto implica entrar como participante a las tres modalidades de terapias grupales; en las prácticas de yoga; las capacitaciones en educación financiera; asesoría legal; talleres de disciplina positiva para las madres; además de la coterapia pasiva en la terapia individual. Intentamos que se involucren en todas las áreas y diversas actividades que, por las características del modelo, varían de acuerdo a las necesidades de las mujeres y de las colaboraciones que se reciban.
El proceso inicia con la entrega del libro que publicamos, que describe el Modelo Integral de Intervención para que sea estudiado por ellas antes de integrarse directamente con las sobrevivientes. Luego reciben un listado de textos para lectura que les permite adquirir conocimientos en la materia mientras van realizando las prácticas.
Cabe decir que la mayoría se entusiasma, crece y se compromete con el proceso; otras no están listas para mirarse y se protegen quedándose en la superficie con solo lo académico; algunas deciden continuar el camino del trabajo con sobrevivientes o en el activismo por los derechos de las mujeres. En todas sembramos la semilla, lo cual entendemos es nuestro rol: ofrecerles una estructura profesional que les permita comprender la violencia, la responsabilidad individual de detenerla, entender la seriedad y magnitud del problema, empatizar con las víctimas y ampliar el foco a lo colectivo y estructural que implica no solo la manifestación de la violencia, sino además la búsqueda de soluciones.
"La expresión 'doble sesgo' —double bind en el original inglés (Von Foerster, 1994)— apunta a un fenómeno emanado de la capacidad humana de construir realidades sin derivarlas de las posibilidades perceptivas". Ravazzola, María Cristina, Historias infames: los maltratos en las relaciones, Ed. Paidós, 1997.
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