«Antes de morir en esa residencia prefiero ir a un prado y entrar en la eternidad de esa manera», dijo Bernadette y junto con sus compañeras Regina y Rita, convencieron a un galante cerrajero, quien, ganzúa en mano, les abrió las puertas, no del cielo, sino de su antiguo convento. Esto sucedió una noche de septiembre de 2025, en Elsbethen, cerca de Salzburgo, Austria.
Desde entonces, estas monjas se han vuelto célebres y aunque sobrepasan los ochenta años, usan las redes sociales como si rezaran misterios y las cibermasas, léase los miles de seguidores de Instag… y Feisb…, las aclaman.
Esta noticia me hizo recordar a la sister Dolores, que vino desde Irlanda a enseñarnos inglés. Los 80 se extinguían y ni yo ni los otros treinta y tantos adolescentes estábamos interesados en el participio pasado de swim. Si aún viviera, ¿se hubiera puesto del lado de sus colegas, que han sido tachadas de rebeldes, o de la autoridad eclesiástica?
El convento estaba a oscuras, la luz de su fe no bastaba, por eso, antiguos estudiantes y vecinos las ayudaron con la electricidad y la comida. Hubo incluso quien les habló de las maravillas del deporte y les obsequió un par de guantes de box. No puedo imaginar a la hermana Rita haciendo rounds de sombra contra el demonio, que para ella debe tener la cara del obispo, pues en diciembre de 2023 resolvió que ya no podían valerse por sí mismas y por eso las desterró a un asilo. Sin embargo, ahora estará arrepentido y no sabrá qué hacer con ese trío tremendo.
El convento se encuentra en el antiguo castillo Goldenstein, que a finales del siglo XIX fue transformado en colegio privado para señoritas. La hermana Bernadette fue la primera en llegar para estudiar, en 1948; diez años después lo hizo sor Regina y la hermana Rita las alcanzó en 1962. Las tres dieron clases; inclusive, una de ellas fue directora. Con el tiempo, la congregación disminuyó y ahora solo quedan estas últimas mosqueteras: «No nos preguntaron nada. Teníamos el derecho a quedarnos aquí hasta el final de nuestras vidas», insisten. De qué habrán dado clases, sus estudiantes aún las recuerdan con cariño: «Aquí cambiaron muchas vidas. Cuando nos necesitan, solo tienen que llamarnos».
Una vez, en un examen, dibujé una estrella de cinco picos dentro de un círculo. Influenciable, copié la portada de un disco de una banda de rock de la época, que además ni me gustaba. La sister Dolores pegó un grito, ¿habrá dicho god damn it o nada más hizo la señal de la cruz? Lo único que recuerdo es que me obligó a transcribir los ejercicios en otra hoja, inmaculada.
Hace poco el trío maravilla fue a Roma; cómo iban a dejar de asistir a la audiencia general del 29 de abril en la plaza de San Pedro. De nuevo los jerarcas austriacos alegaron que las monjas de clausura requieren un permiso especial para viajar y bla, bla, bla. La situación no se ha resuelto del todo, aunque ya todos saben quién ganó…
Al año siguiente organizaron las clases de inglés en dos grupos: avanzados y principiantes. Circulaba el rumor de que las chicas más lindas estaban con los aventajados, pero cuando quise franquear la puerta, la sister me detuvo; de nada me sirvió decirle en algo parecido al inglés: I saw Jesus in a dream, y me condenó al tedio de repetir pollito chicken; gallina hen…
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