Recientemente, tuve la oportunidad de leer el artículo de mi estimada amiga la Dra. Nancy Álvarez, titulado: “¿Escuela en casa? Los niños necesitan socializar” publicado en Diario Libre, el 25 de marzo de este año. Mi reflexión responde al mito propuesto por la Dra. Nacy Álvarez.
La noción de que la escolarización tradicional es la única vía para una socialización infantil adecuada refleja un entendimiento profundamente errado sobre la naturaleza humana y las estructuras institucionales que rigen nuestras sociedades.
La capacidad para socializar no es un producto artificial único y exclusivo de los sistemas educativos estandarizados, sino una facultad innata arraigada en la biología y la cognición humanas. El argumento de la Dra. Nancy, aunque tiene buenas intenciones, ignora décadas de investigaciones científicas en educación, el desarrollo cognitivo y la antropología que demuestran que la socialización emerge de interacciones significativas en diversos contextos, no de la exposición a entornos escolarizados. Así como la capacidad del lenguaje no se adquiere por la interacción de los niños/niñas con sus padres, sino que está arraigada en una Gramática Universal innata, de igual forma, la capacidad de socialización de los seres humanos no se adquiere por estar en multitud, sino que se fundamenta en predisposiciones genéticas innatas de los seres humanos.
La Ley de Educación 66-97 de la República Dominicana establece que los padres pueden elegir entre escuelas públicas o privadas. Esto podría ser erróneamente interpretado como que la educación debe recibirse en un plantel educativo. En el Artículo 12 la Ley de Educación dice que: "La libertad de educación reconoce el derecho de los ciudadanos a escoger para sí o para las personas bajo su tutela el establecimiento educativo de su preferencia. Los padres o los tutores pueden escoger para sus hijos o pupilos, escuelas distintas de las creadas por el Estado". Por otro lado, estas disposiciones tratan sobre la obligación positiva de escolarizar a los menores, de garantizar su educación, imponiéndose el deber a las familias de velar porque reciban “educación”. En este contexto se usa el término “escolarizar” que, en términos sencillos significa, proporcionar algún tipo de escuela y/o enseñanza en su primera etapa. La ESCUELA es definida por la UNICEF como un aprendizaje continuo diario que permite desarrollar el pensamiento, aprender a comunicarse y expresar emociones, sentimientos e ideas. Es decir, que ESCUELA no es un lugar, ni un establecimiento, ni una institución o plantel. Aquí queda claro que ESCUELA es APRENDER.
La evidencia sugiere que la socialización es un proceso orgánico, no una habilidad que deba ser “enseñada” exclusivamente por instituciones. Existen una cantidad considerable de estudios sobre fetos gemelos, como el publicado en “Twin Research and Human Genetics” (2020), que revelan que la coordinación motora y la interacción comienzan en etapas prenatales, lo que refuerza el componente biológico inherente. Estos hallazgos se alinean con las teorías sobre las capacidades innatas de los seres humanos, análogas al dispositivo de adquisición del lenguaje propuesto por Noam Chomsky en lingüística. Así como los niños no requieren aulas para adquirir el lenguaje, porque el mismo viene genéticamente provisto, tampoco dependen de las escuelas para desarrollar habilidades sociales básicas, siempre que existan entornos ricos en estímulos interpersonales. La socialización temprana ocurre en contextos naturales como la familia, donde los niños desarrollan sus capacidades innatas de normas, empatía y resolución de conflictos mediante interacciones cotidianas. En varias investigaciones, el Dr. Richard Fabes destaca que estos entornos fomentan comportamientos prosociales sin necesidad de estructuras formales.
Antropológicamente, numerosas sociedades no industrializadas demuestran que la socialización efectiva surge de la participación en actividades comunitarias multiedad, no de sistemas escolarizados. Las críticas a la educación en el hogar suelen pasar por alto que las familias de homeschoolers replican este modelo al integrar a los niños en redes comunitarias, deportivas y artísticas, donde interactúan con otros individuos de diversas edades y trasfondos.
El modelo de las escuelas tradicionales, producto de modelos industriales del siglo XIX, que fue creado para convertir a los campesinos en obreros para las fábricas, priorizan la homogeneización y el control sobre el desarrollo orgánico. Siempre lo he dicho y lo seguiré diciendo, no hay nada más parecido a una cárcel, que una escuela tradicional.
Al segregar por edad, crean microcosmos sociales artificiales donde predomina la jerarquía entre pares, el acoso y la competencia. Un metaanálisis en el “Journal of School Choice” (2013) confirma que los niños educados en la casa exhiben mayor desarrollo de la autoestima y competencia social, posiblemente porque sus interacciones no están constreñidas por dinámicas de grupo rígidas. Estos entornos reflejan mejor la heterogeneidad del mundo real, donde las relaciones no se limitan a restricciones etarias.
El argumento de que las escuelas enseñan a “defenderse” mediante conflictos entre pares revela una visión muy reduccionista de la socialización. De acuerdo a estudios científicos sólidos del psicólogo Peter Gray, el juego libre y no estructurado—común en entornos homeschool—permite a los niños negociar normas, resolver disputas y ejercer empatía sin intervención adulta constante. Este proceso es cualitativamente distinto al disciplinamiento escolar, donde las soluciones son impuestas por autoridades externas, no construidas colectivamente. La resolución guiada por adultos en contextos naturales fomenta autonomía crítica, no sumisión a estructuras de poder.
La asociación entre homeschooling y aislamiento es un constructo ideológico, no empírico, ni científicamente correcto. Datos del NHERI muestran que el 98% de los niños educados en casa participan en actividades extracurriculares, desmintiendo la noción de enclaustramiento. Más aún, la Asociación Americana de Psicología enfatiza de manera clara y constante que el bienestar social depende del estilo parental, no del tipo de escolarización. La insistencia en que los niños deben ser socializados en escuelas tradicionales refleja, una ansiedad cultural ante formas de educación que escapan al control institucional y cuestionan narrativas hegemónicas sobre la infancia.
La socialización no es un producto de instituciones específicas, sino un proceso dinámico arraigado en la interacción humana auténtica. La educación en el hogar, lejos de ser una anomalía, recupera modelos donde el aprendizaje se integraba a la vida comunitaria. Al priorizar entornos diversificados y evitar los sesgos de las aulas tradicionales—como el acoso sistémico o la competencia desmedida—, este enfoque no solo es viable, sino que en muchos casos supera los resultados de la escolarización convencional.
La defensa acrítica de las escuelas como únicos espacios de socialización no solo es reaccionaria, sino que también otorga menos peso y valor a las necesidades de los niños/niñas que a las inercias de un sistema que prioriza la uniformidad, autoridad, poder y control. Como en toda esfera social, el pluralismo educativo—respaldado por evidencia científica y respeto a la autonomía familiar—debe guiar nuestra comprensión de cómo los niños aprenden a relacionarse en un mundo complejo. Lo que sí resulta totalmente irracional es pretender educar a cientos de niños/niñas de una escuela, que aprende de manera distintas, con docentes que solo saben enseñar de una forma específica y un mismo currículo que no contempla, en lo absoluto, los intereses específicos e innatos de los estudiantes.
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