En medio de escándalos recurrentes, hiper exposición mediática y una narrativa oficial permanentemente optimista, la política dominicana parece operar cada vez menos desde el debate de ideas y cada vez más desde la administración de emociones. El miedo, el cansancio y una felicidad cuidadosamente escenificada se han convertido en herramientas silenciosas, pero eficaces, de control democrático.

La República Dominicana actual no se gobierna únicamente con leyes, presupuestos o mayorías legislativas. Se gobierna, cada vez más, administrando estados emocionales colectivos. Esta lógica, analizada por el filósofo Byung-Chul Han, describe una sociedad donde el control ya no necesita imponerse de manera autoritaria porque ha sido interiorizado por los propios ciudadanos.

El miedo ya no se ejerce mediante la censura clásica ni la violencia directa. En el contexto dominicano, se gestiona a través de la hiper exposición al escándalo, la sospecha permanente y la judicialización mediática de la política. Cada semana emerge un nuevo caso, una nueva denuncia, una nueva narrativa de crisis. No se trata de negar la corrupción ni de justificar lo mal hecho (que debe ser investigado y sancionado), sino de advertir cómo la sucesión ininterrumpida de indignaciones produce una sensación de colapso constante.

El ciudadano vive en alerta permanente y el funcionario público gobierna con miedo al linchamiento simbólico. Un error administrativo, una frase fuera de contexto o una decisión técnica pueden convertirse en crisis amplificadas en redes sociales. En este clima, la política deja de ser deliberación y pasa a ser defensa. Gobernar se convierte, muchas veces, en gestionar daños antes que en construir visión de país.

A este miedo se suma el cansancio. La política dominicana se desarrolla hoy bajo una lógica de exigencia total: transparencia, respuestas urgentes, presencia constante, disponibilidad sin descanso. El funcionario no se permite parar. El ciudadano tampoco. Ambos quedan atrapados en una dinámica de rendimiento continuo donde todo debe producir resultados visibles y rápidos. Como advierte Han, ya no hay un opresor externo claramente identificable; cada individuo se auto explota en nombre de la eficiencia, la responsabilidad o el compromiso.

Una sociedad exhausta es una sociedad que reacciona, pero no reflexiona; que comenta, pero no organiza; que se indigna, pero no transforma. El exceso de estímulos termina erosionando la capacidad de pensar a largo plazo.

Paradójicamente, mientras se administra el miedo y se normaliza el cansancio, se impone una narrativa de felicidad obligatoria. En la comunicación política dominicana abundan los discursos optimistas, las imágenes de progreso y las consignas de esperanza. Todo debe presentarse como avance y logro. Sin embargo, esta felicidad suele ser performativa, no vivida. Se espera que el ciudadano sea resiliente, agradecido y positivo, incluso cuando experimenta frustración o desencanto.

El problema no es promover la esperanza, sino invalidar el malestar. Cuando el sufrimiento social se reduce a una actitud individual —cuando se insiste en que basta con “ver el lado positivo”—, se neutraliza su potencia política. El dolor deja de ser una señal de fallas estructurales y pasa a convertirse en una responsabilidad personal.

La combinación de miedo, cansancio y felicidad administrada produce una democracia formalmente activa, pero emocionalmente controlada. Se participa, se opina y se comparte, pero rara vez se profundiza. La política se transforma en un espectáculo emocional donde la indignación, el agotamiento y el optimismo superficial se suceden sin pausa.

Pensar la política dominicana desde esta perspectiva no implica negar avances ni desconocer desafíos reales. Implica formular una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cómo estamos siendo gobernados emocionalmente? Tal vez el gesto político más radical hoy no sea gritar más fuerte ni producir más contenido, sino recuperar el derecho a pensar sin miedo, a descansar sin culpa y a aspirar a una felicidad que no sea consigna, sino experiencia auténtica.

Nos hemos convertido en una sociedad gobernada por el miedo, agotada por la exigencia constante y anestesiada por una felicidad obligada es una democracia que participa, pero no transforma.

Rossina Guerrero Heredia

Escritora

Rossina Guerrero Heredia, escritora y analista cultural. Mi trabajo se desarrolla entre la reflexión crítica, la experiencia en la gestión pública y la escritura literaria. He publicado cuentos que exploran la memoria, el dolor, los vínculos y la fragilidad humana, una mirada que atraviesa también mi forma de pensar la política y la vida pública. Escribo desde una perspectiva ensayística que busca ir más allá de la coyuntura inmediata, para comprender cómo el poder, el cansancio colectivo y las emociones configuran nuestra experiencia política en la República Dominicana contemporánea.

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