“Sin música, la vida sería un error”, escribió Friedrich Nietzsche. Y es que la música ha sido uno de esos artes que me eligió desde pequeña. Crecí escuchando la música de mi papá, muy buena, por cierto. Desde una grabadora de casetes, las melodías más repetidas por ambos eran las de The Beatles, Queen, Air Supply, Michael Jackson, entre otros. Confieso que no entendía las letras de esas canciones, pues estaban en inglés y yo era pequeña, pero el ritmo era tan pegajoso que lo más divertido era inventar coreografías y disfraces mientras sonaba la grabadora. No había celulares con cámaras para grabar, así que yo usaba el espejo grande de mi abuela y un peine como micrófono.
Han pasado los años y sigo disfrutando de la música. Es parte de mi rutina diaria y de mis pequeños momentos cotidianos. Mientras cocino, mientras camino hacia el trabajo, cuando limpio la casa o simplemente cuando necesito concentrarme o desconectarme del ruido del día, la música siempre está presente. Es como un hilo invisible que acompaña mis gestos más simples y también mis pensamientos más profundos. Hace unas semanas vi, en compañía de mi esposo, el drama biográfico-musical Michael (2026) dirigida por Antoine Fuqua.
Es la película más reciente sobre Michael Jackson y una ambiciosa producción que narra su vida desde su infancia con The Jackson 5 hasta su consagración como la mayor estrella del pop mundial. La cinta se estrenó en 2026 y fue producida con la autorización de los herederos del artista. El protagonista es Jaafar Jackson, hijo de Jermaine Jackson y sobrino del propio Michael. Este es su primer papel cinematográfico, y fue elegido tanto por su parecido físico como por su capacidad para reproducir los movimientos, la voz y la presencia escénica de su tío. Muchos críticos coinciden en que su interpretación constituye uno de los mayores atractivos de la trama.
La película Michael ha marcado un hito en la taquilla mundial al superar producciones de enorme prestigio internacional. En su recorrido comercial, logró sobrepasar el récord que hasta entonces mantenía Bohemian Rhapsody, consolidándose como el biopic musical más taquillero de la historia del cine. Su rendimiento global también le permitió rebasar a Oppenheimer, otra las películas más aclamadas de los últimos años, dirigida por Christopher Nolan. Este doble logro no solo confirma el poder de convocatoria de la figura de Jackson, sino también la vigencia de su legado cultural, capaz de movilizar audiencias masivas en distintas generaciones y regiones del mundo.
Después de haber visto esta producción, me dediqué a repasar sus discos y a buscar información sobre el Rey del Pop. Y lo cierto es que no se puede negar que supo hacer de la música algo extraordinario, algo que todavía hoy, en medio de nuevas generaciones y nuevos sonidos, sigue vigente. Sus canciones continúan reproduciéndose y sus coreografías siguen siendo imitadas.
En ese recorrido personal por su música, redescubrí también una canción que para mí tiene un significado especial: Will You Be There (¿Estarás allí?). Es mi favorita. Al escucharla siento como si fuera una conversación íntima con Dios, en la que un hijo se abre completamente y expresa su fragilidad, su búsqueda y su confianza. Es una canción convertida en oración, capaz de acompañar momentos de silencio, reflexión y fe.
Aunque existan voces que intenten manchar la imagen de este gran artista con acusaciones del pasado, yo elijo verlo como un legado. Uno que no pertenece solo a la historia de la música, sino también a la emoción de quienes aún encuentran en sus canciones un lugar para recordar, sentir y volver a empezar.
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