• La escritura, sus productos y sus diferentes denominaciones generales bajo el nombre de literatura, es toda una barca de Caronte, que encamina por el río Estigia a los muertos célebres, debido a sus obras, al otro lado; lo que podría significar, que a quien no traslada no va a existir para la memoria del hombre en la labor que le dedicó tantos desvelos de diferentes naturalezas y no logró nada de valor y si lo logró fue con trucos de cámaras. Es el caso de a quien Caronte no cruce, que también podría significar que solo van a figurar en antologías seleccionadas por ellos mismos (y se sabe lo que eso significa) o por sus iguales en pensamientos y acciones, es decir como escritores de ocasión; es decir que escribían porque les dolían la barriga o el cerebro, que al igual que esas antologías (en el caso de los poetas, novelistas, cuentistas, entre otros géneros, también estarán condenadas al polvo y al olvido, aun encontrándose con vida.
  • La analogía primera es para los autores célebres, autores cuyas influencias se constituyan en algo parcial o total con libros citados, reeditados, aunque las reediciones no las lean, pero las compren, que es lo que importa. A quienes Caronte no cruce, ni en grupo ni individualmente, no hay quien lo salve del olvido y la memoria de los hombres junto con sus obras, barrido por el viento del río Estigia. Caronte solo cruza personajes célebres y obras imperecederas, que el olvido no pueda con ellas.
  • Autores que, en su tiempo, fueron cosa del otro mundo para los amantes de tal o cual género, hoy están olvidados por sus estéticas y porque también sus lectores andan de brazos de la eternidad, pues sus gustos ya no se adecuan al tiempo actual. Pongamos por caso la poesía y sus autores, mientras más totalizante lo fue para una generación en lo que respecta a la influencia, más olvido acarrea. Un caso es del poeta francés Paul Verlaine, contemporáneo de otros tantos o más universales como Arthur Rimbaud o Stéphane Mallarmé. De ahí hoy se considere a Paul Verlaine como una pieza de museo. El poeta modernista Rubén Darío lo declaró “Padre Mágico” entre otras denominaciones merecidas, que cuando Rubén Darío lo visitó en el hospital ya Paul Verlaine tenía su obra poética acabada. Un caso a destacar fue la llegada a Francia de Darío que coincidió con la publicación de Stefan Mallarme de su célebre poema Un coup de dés jamais n´ abolirá le hasard (para hacer alarde de una cita en su idioma original), publicado en una revista, 1896, y un año después de su muerte, en libro. Rubén Darío ya conocía a Arthur Rimbaud y a Charles Baudelaire (a este último todo Latinoamérica) y al primero ya era un poeta conocido y en franco ascenso en Latinoamérica, con una poesía que auguraba una manera diferente de escribirla y sentirla al igual que la del Conde de Lautréamont con sus cantos entre otros; sin embargo, a Rubén Darío le atrajo el mundo poético de Verlaine (no se sabe que hubiese ocurrido con la imaginación y la vida de Darío si hubiese tomado el camino de las “influencias” de Rimbaud o Lautréamont, ¿fuera mejor de lo que es?) , con sombras de Baudelaire, a los lados. Uno de los momentos más célebres de los años de la llegada de Rubén Darío a París fue el “redescubrimiento” del Conde de Lautréamont por León Bloy, que hizo redescubrió e hizo publicar los ejemplares que sobrevivieron otra vez para horror y placer de los amantes de la poesía. Fue cuando Darío lo leyó y escribió su semblanza para un periódico argentino, semblanza luego publicada en un libro intitulado Los raros (1905), en el libro antes mencionando llama la atención de la nacionalidad y lo enrevesado del mundo simbólico del autor de los Cantos de Madero. La devoción de Darío por Verlaine no le permitía tener dos dioses o tres en su imaginario poético. Con Verlaine y Baudelaire, los dos poetas de la literatura francesa que más influenciaron al final y comienzo del siglo XIX y XX de la literatura latinoamericana, que arrastraría a muchos poetas menores modernistas y no modernista a los temas y tonos de Las flores del mal, de Charles Baudelaire y la poesía de Verlaine. Las dos torres como influencia de Babel, de la poesía neorromántica latinoamericana.  Sin dejar de lado a Edgar Allan Poe, el célebre autor del poema El Cuervo.
  • En la década de los cuarenta el narrador, poeta y dramaturgo cubano Virgilio Piñera, en un periplo itinerante terminó viviendo marginalmente en Buenos Aires, capital de la Argentina borgeana donde conoció en bohemia a Witold Gombrowicz que había llegado a la Argentina justo cuando empezaba la Segunda Guerra Mundial y siendo un jovenzuelo había publicado una novela que había metido en su maleta, que pararía en Argentina por cosa del destino, desencadenando una estadía para nunca más volver a regresar a Polonia y de regresar solo lo haría en sueños.

En esas bohemias de necesidades materiales y metafísicas, sustentadas por el diálogo sobre el presente, que mucho años más tarde Gombrowicz recogería en un diario, publicado en París con traducción al español por Alianza editorial, en los años 80. Quizás en esos diálogos Gombrowicz dijo que había escrito una novela muy joven antes de llegar a la Argentina y que tenía un ejemplar. Escrita antes de la gran guerra. El ejemplar lo había traído de Polonia, quizás desatando la curiosidad de los contertulios y ahí mismo se formó un comité encabezado por el autor y otros personajes, entre los que se encontraba Virgilio Piñera. Quizás, como al efecto, ya Gombrowicz hablaba y escribía el español y por eso encabezó la traducción. Proponiéndose los contertulios traducir la novela, en lo que se encontraba el cubano Piñera. La novela fue publicada en 1947, es posible que estuvieran trabajando su traducción todo un año hasta encontrar editor, cosa que en Argentina no faltaba. Estaban en su Boom editorial. Entonces se organizó todo un equipo de colaboradores que llevaron a Ferdydurke, como se titula la novela, a su feliz término de una traducción del polaco al español. Una novela contemporánea todavía por leerse más de lo que se ha leído, siendo una de las grandes novelas del siglo pasado. Publicada por Argos/Buenos Aires, Argentina. 1947. Primera edición. Lo interesante o accidental es que, en 1946, quizás al contacto con esa Ulises de Ferdydurke de Witold Gombrowicz encaminaron a Virgilio Piñera a escribir un poema con fecha de 1946, con la imaginación y el talento de poeta y buen narrador que fue a escribir un poema extensísimo llamado Treno por la muerte del príncipe Fuminaro Konoye. Poema de aliento Ferdydurkeano. El personaje del poema de Piñera es de la nobleza y Witold Gombrowicz también. El personaje principal del poema de Piñera es el mismo Gombrowicz, quizás hasta se lo leyó al calor de mate va y mate viene y de diálogos encendidos entre los contertulios ante cada bache de la lengua polaca ante la traducción a la lengua castellana. Prosa de juventud de Gombrowicz a un español que nada tenía que ver con el hablado en Buenos Aires, discutiéndose, buscándose la expresión correcta en el español de Cervantes.

En una entrevista al novelista poco leído por los narradores dominicanos Miguel Ángel Asturias, prosa de puro espíritu maya con connotaciones o temas sociales, metafísicos y antropológicos de los indios guatemaltecos, dice de lo aburrida que le resulta la literatura clásica, además de la clave espiritual de su trabajo escritural, diciendo: “Yo escribo por sonido. Esto es un poco poético y un poco de los indígenas, acostumbrado a una cadencia.” También habla de que siempre buscó la influencia de Gabriel Miró, escritor que un Julio Cortázar lo tenía como imposible de leer como el ejemplo o aspiración del célebre escritor del Señor presidente.

Amable Mejia

Abogado y escritor

Amable Mejía, 1959. Abogado y escritor. Oriundo de Mons. Nouel, Bonao. Autor de novelas, cuentos y poesía.

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