“Prefiero repetir una verdad ya conocida que devanarme la inteligencia para fabricar paradojas brillantes, ingeniosos juegos de palabras y acrobacias verbales que hagan sonreír pero no pensar”. -Antonio Gramsci-.

Vivimos en un mundo cargado de miserias humanas, carencias materiales y necesidades vitales. Atravesamos el umbral de la degradación moral y la descomposición social sin siquiera sospecharlo. Estamos inmersos en el canibalismo mediático y la desinformación como herramientas más poderosas para la concentración del poder. El vehículo lleva una reversa peligrosa hacia el primitivismo ilógico y creemos por comodidad o error, que la culpa siempre es del ese (el otro), exclusión absurda que pretende esconder la complejidad comunitaria y apartar la mirada hacia un -nosotros- como acto de responsabilidad compartida.

Hace apenas unos días se colocó en tablero comunicativo del país, un discurso parcializado y quizás divorciado de una realidad subyacente en los escondrijos del Estado, ausente casi siempre, en el desarrollo sistemático de acciones puntuales en procura de proveer herramientas útiles que les permita a la juventud acceder a bienes y materiales sin la necesidad de incorporarse al crimen como vía de satisfacción de necesidades individuales. Se valora el acto de matar como la cura de una enfermedad nacida de la desigualdad y la falta de oportunidades.

El relato, carece de base legal y niega en su génesis la misión fundamental de las instituciones destinadas a salvaguardar la integridad del dominicano. Aporta además, un ingrediente que pareciera gracioso, toda vez que, el fin, es justamente poner fin al delito común, eliminando en un juicio sumario al supuesto infractor, quien es verdugo y víctima de las falencias jurisprudenciales que le anteceden; amo y esclavo de la incapacidad policial de responder adecuadamente las demandas del ciudadano.

“Una formación social no desaparece nunca antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella”, Plantea Karl Marx en su Crítica a la economía política, observando de manera puntual que, para que un fenómeno social derivado de los modos de producción concluya, debe nacer otro capaz de generar las condiciones idóneas de supervivencia y con ello la mejora sustancial de la vida en común. Un elemento ausente en la discusión sobre las transgresiones a las normativas punitivas cometidas por un segmento juvenil excluido del modelo de desarrollo social y público de una nación.

El delito es un fenómeno únicamente humano, multidisciplinario y su germen vive y se reproduce en los sectores deprimidos. Es por tanto expresión de la inconformidad consumada en hechos violentos, permanece en conflicto constante  con el modelo social que nos categoriza por lotes. Niega en su rol rebelde la  taxonomía establecida por el mercado que nos relega a consumidores de primera o segunda, según la disponibilidad de recursos monetarios. Y,  su manifestación conjuga de golpe las debilidades impresas en la espalda del hombre sin nombre, sin rostro y sin apellidos.

El delincuente solo es el carro por donde los oprimidos tramitan el abandono y cobran al Estado, por vías traseras, las facturas del pasivo acumulado, un lastre con el que han debido cargar generaciones enteras y los obliga a vivir en una cárcel sin paredes o un cementerio sin ataúdes.  Ya estaban muertos hace tiempo, solo respiran en tiempos de zafra, política o expos empresariales, es gente con hambre y sed de justicia social; cargada de camiseria, desolación, insalubridad e impiedad. Es injusto matarlos de nuevo, porque la vida es su cementerio.

Joan Leyba Mejía

Periodista

Periodista, Abogado y político. Miembro del PRM.

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