La última parte del capítulo primero de la tesis de Rosa Elena Pérez de la Cruz está dedicada a dos temas decisivos en Sartre: la negación y la mala fe. Ambos remiten directamente al núcleo ontológico de El ser y la nada: la nada, la conciencia, la libertad, el ser-para-otro y las formas en que el ser humano intenta huir de sí mismo. La negación no es, en Sartre, un simple acto lógico del pensamiento; revela que la conciencia introduce distancia, ruptura y posibilidad en el mundo. Por eso Sartre afirma que “la nada no puede nihilizarse sino sobre fondo de ser” (Sartre, El ser y la nada, 2021, p. 64). La nada no aparece como una entidad misteriosa, sino como la estructura misma de una conciencia que no coincide plenamente consigo misma.
En ese horizonte se comprende mejor la mala fe. La mala fe no es solamente mentira, hipocresía o falsedad moral. Es una forma más profunda y peligrosa de autoengaño: la conciencia intenta tratarse como cosa, como esencia fija, como destino cerrado, para no asumir su libertad. Por eso la mala fe condensa buena parte de la fenomenología ontológica de El ser y la nada. Allí están presentes la facticidad, la trascendencia, la libertad, la angustia, el proyecto, la mirada del otro y la tentación permanente de evadir la responsabilidad de ser lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros. En ese sentido, cuando Sartre afirma que “la conciencia es el ser para el cual, en su ser, está en juego la nada de su ser” (Sartre, El ser y la nada, 2021, p. 82), está señalando precisamente esa condición inestable, abierta y dramática de la existencia humana.
Confieso que esta noción me ha servido mucho para crecer. Fácilmente, quienes me leen podrían bromear y apellidarme “Lusitania Martínez mala fe”. Pero, contra cualquier sorna, creo que es un privilegio impregnar mi filosofía acerca de los seres humanos con esta noción de alerta. La mala fe me permite vigilarme, no para vivir culpabilizada, sino para advertir cuándo me engaño, cuándo justifico lo injustificable, cuándo disfrazo de principios lo que quizá no es más que miedo, resentimiento, vanidad o deseo de imponerse. También me ayuda a descubrir, con mayor claridad, los propósitos malsanos que a veces pueden esconderse en las relaciones humanas, incluso en nombre de la amistad, de la cultura o de la solidaridad.
La mala fe tiene, por tanto, una función filosófica y ética. No me interesa como etiqueta para acusar a los demás, sino como instrumento de lucidez. Me permite comprender serenamente la cantidad de competencia, rivalidad y destrucción de objetivos que aparece en muchos grupos intelectuales, dentro y fuera del país. A veces esos grupos, ya constituidos o en proceso de constituirse, quedan atrapados en una especie de práctico-inerte: estructuras repetidas, automatismos, resentimientos acumulados, pequeños poderes, alianzas rígidas y exclusiones silenciosas que impiden la amistad verdadera y hacen casi imposible la solidaridad. Allí donde debería haber pensamiento compartido, aparece muchas veces la vigilancia, la sospecha o la destrucción del proyecto ajeno.
Pero la mala fe no puede separarse del ser-para-otro. Sartre muestra que nuestra existencia no se agota en lo que somos para nosotros mismos, porque también somos mirados, interpretados, juzgados y objetivados por los demás. La mirada del otro puede revelarme aspectos de mí que yo no domino, pero también puede encerrarme en una imagen, fijarme en una identidad, reducirme a objeto. Por eso Sartre afirma que “las estructuras de mi ser-para-otro son idénticas a las del ser del otro para mí” (Sartre, El ser y la nada, 2021, p. 467). No hay una relación humana inocente: siempre estoy expuesta a ser mirada, pero también yo miro; siempre puedo ser objetivada, pero también puedo objetivar.
En Simone de Beauvoir, esta problemática adquiere una dimensión decisiva de género. Las mujeres no somos miradas de la misma manera que los hombres. Nuestra existencia ha sido históricamente constituida bajo una mirada que nos convierte en cuerpo disponible, servicio, maternidad, dulzura, sacrificio o complemento. En El segundo sexo, Beauvoir lo formula de manera contundente: “Él es el Sujeto, él es lo Absoluto; ella es lo Otro” (Beauvoir, El segundo sexo, Introducción). Esta frase permite comprender que la mujer no ha sido simplemente excluida de ciertos espacios; ha sido constituida culturalmente como alteridad subordinada.
Por eso la mirada masculina no solo objetiva sexualmente a las mujeres, sino que también sospecha de su inteligencia. En la esfera intelectual, muchas mujeres deben demostrar una y otra vez que piensan, que escriben, que investigan, que producen conceptos, que no son meras acompañantes, discípulas, musas o colaboradoras invisibles. Beauvoir resume la raíz de esta construcción con otra frase célebre: “No se nace mujer: se llega a serlo” (Beauvoir, El segundo sexo, vol. II). Esta afirmación no niega la existencia corporal de las mujeres; denuncia que la feminidad subordinada es una producción histórica, cultural y simbólica.
Desde ahí se comprende mejor la importancia de unir a Sartre y Beauvoir. Sartre nos da categorías para pensar la mala fe, la libertad, la mirada y el ser-para-otro. Beauvoir radicaliza esas categorías al mostrar que la situación femenina no es un accidente secundario, sino una forma histórica concreta de objetivación. Mientras el ser-para-otro femenino ha sido constituido culturalmente a favor del servicio, de la maternidad obligatoria y de la sumisión, el ser-para-otro masculino se ha presentado como sujeto universal, dueño de la palabra, de la razón y de la interpretación. La mujer, en cambio, ha tenido que luchar contra esa mirada que la convierte en Otra y que muchas veces intenta exorcizarla de la inteligencia.
Por eso, en tiempos en que la filosofía vuelve a presentarse internacionalmente como una forma de orientación vital —basta recordar el conocido título Más Platón y menos Prozac, yo traduciría esa consigna, desde mi propio horizonte, de este modo: más Simone y Sartre, menos mala fe. No se trata de convertir la filosofía en psicología barata, ni de reducir a Sartre y Beauvoir a consejos de autoayuda. Se trata de recuperar la fuerza crítica del psicoanálisis existencial: comprender nuestros proyectos, nuestras huidas, nuestras máscaras, nuestras formas de justificar el daño, nuestras maneras de someternos a la mirada del otro o de someter a los demás bajo nuestra propia mirada.
La mala fe, pensada así, no es una acusación amarga. Es una advertencia. Nos recuerda que siempre podemos engañarnos, pero también que siempre podemos descubrirnos. Nos recuerda que la libertad no es comodidad, sino responsabilidad. Y, como dice Sartre, la libertad “toma conciencia de sí misma y se descubrirá en la angustia como la única fuente del valor” (Sartre, El ser y la nada, 2021, p. 841). Esa angustia no debe paralizarnos; debe volvernos más honestos. En el fondo, pensar la mala fe es intentar vivir con menos autoengaño, con menos destrucción del otro, con menos complicidad con las miradas que nos reducen. Y en el caso de las mujeres, es también aprender a no aceptar como destino la imagen que una cultura patriarcal ha querido imponer sobre nuestra inteligencia, nuestro cuerpo y nuestra libertad.
Bibliografía primaria
Pérez de la Cruz, R. E. (1976). Ontología y ateísmo en Sartre (Tesis inédita). Universidad Nacional Autónoma de México.
Sartre, J.-P. (2021). El ser y la nada. Losada.
Beauvoir, S. de. El segundo sexo. (1949) Tomo 1. Los Hechos y los Mitos. Tomo 2: La experiencia vivida. Ediciones XX, 1982.
Profesora Lusitania Martínez
Filosofa feminista, investigadora del AGN.
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