Sentenció alguna vez la pluma eterna de Borges: “Ni venganza ni perdón; el olvido es la única venganza y el único perdón”. Sin embargo, la historia humana se escribe con excepciones de sangre y ceniza. Ante la figura de Mario José Redondo Llenas, la sociedad dominicana se halla suspendida en un limbo donde ni el perdón florece ni el olvido logra extender su manto de silencio.

El perdón no es un gesto baladí; es un rito de liberación, un acto de valentía que exige despojarse de la armadura del rencor. Es la decisión consciente de soltar las cadenas del resentimiento y renunciar a la sed de castigo para que el alma, finalmente, pueda respirar en paz. En el plano espiritual, es la cancelación de una deuda moral que parecía infinita. No obstante, existe ese adagio popular que reza: “Yo perdono, pero no olvido”. Quien así habla, habita todavía en el umbral de la redención; no ha terminado de cruzar el puente.

Al evocar el caso Llenas Aybar —aquel niño de doce primaveras cuya vida fue segada por la crueldad más indescriptible— surge la pregunta inevitable: ¿Existe clemencia para lo inefable? El perdón aquí no es una obligación social, sino un santuario íntimo que pertenece solo a los afectados, a quienes deben lidiar con el eco ensordecedor de un "por qué" que nunca halla respuesta.

Nadie tiene la potestad de exigir la indulgencia. Es probable que Redondo Llenas, tras agotar el invierno de sus treinta años en prisión, sienta que ha saldado su deuda con la balanza de la justicia de los hombres. Pero el arrepentimiento es un territorio invisible. Mientras la familia del niño carga con un vacío perenne, el victimario arrastra el suyo: el de la juventud devorada por el encierro y el estigma de un daño que se infligió a otros y a sí mismo. Ahora, se enfrenta al desafío de caminar entre una sociedad que todavía siente el frío de su crimen.

Hay tragedias que el sistema intenta sepultar bajo el polvo de los archivos, pero la memoria las escupe de vuelta a la luz. Se pretende imponer un cierre, decretar que el dolor tiene fecha de caducidad. Pero las heridas del alma no saben de expedientes. Cuando la verdad permanece incompleta, el silencio no es paz; es complicidad. Es una sombra que protege a otros y una realidad que escuece porque incomoda al poder.

Mientras el mundo insiste en pasar la página, hay rostros grabados en la conciencia nacional que no se difuminan. Hay preguntas que arden como brasas sobre la piel. La memoria colectiva no es un ejercicio de nostalgia, sino una acusación vibrante. El olvido forzado no es solución; es, en sí mismo, otra forma de violencia.

En su reciente comparecencia ante la luz pública, el silencio fue más elocuente que su voz. Sus omisiones pesaron más que sus palabras. Ante la interrogante de si todos los culpables han pagado su cuota de sombra, solo hubo un vacío, un mutismo que sugiere que la verdad aún aguarda en algún rincón oscuro. Es ahí, en esa falta de transparencia, donde el perdón pierde el rumbo, extraviando el camino hacia una redención que parece haber olvidado la dirección de su encuentro.

Rafael Alvarez de los Santos

Escritor y educador

Escritor y educador. Autor de las obras, Vivencias en broma y en serio y La Sociedad de la Nada. Twitter: @locutor34 Facebook: vivencias en broma y en serio

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