Louis Kahn (1901–1974). Nacido en Estonia y asentado en Filadelfia, Estados Unidos de América, pudo desarrollar una de las reflexiones filosóficas más interesantes de la arquitectura del siglo XX. Su pensamiento arquitectónico, que para los fines podríamos tomarlo como su pensamiento filosófico parte de una idea (a los ojos del autor de estas líneas): la arquitectura no consiste únicamente en resolver necesidades funcionales, sino que avanza hacia el descubrimiento de la esencia del espacio y el edificio como elemento emplazado en el espacio, y articulador del mismo.

¿Qué quiere ser un edificio?

Como si se tratara de un organismo con su propia entidad, Kahn planteaba que cada programa arquitectónico debía estar dotado de una naturaleza propia que el arquitecto solamente revelaba, sin imponer nada en absoluto.

Uno de esos conceptos resaltables de su filosofía radica en la distinción entre espacios servidos  y espacios servidores. En el caso de los primeros, estos  albergan la actividad principal del edificio, mientras que en el caso de los segundos, contienen las funciones de soporte de la vida del edificio —instalaciones, circulaciones o servicios—, estableciendo una organización diáfana, entendible  y con clara jerarquía.

La luz natural

Según Kahn, el sol conoce de su grandeza al encontrarse con el edificio y plantea algo así como que “El sol nunca supo lo maravilloso que era hasta que tocó la piel de un edificio”. Con esta traducción libre se entiende la luz como el elemento que revela la materia, el espacio y hasta el paso del tiempo. La arquitectura debía construirse para dialogar con la luz, para revelarla, para interpretarla o simplemente para servirla, y no simplemente para protegerse de ella.

Para otro lado estaba el aspecto de la escala humana y el recurso de la monumentalidad de  Kahn. En tal sentido un edificio con escala monumental (este concepto es interpretable), no dependía de su tamaño, sino de su capacidad para expresar el espíritu de permanencia, su trascendencia y su orden. Sus obras atemporales, pero a la vez dando testimonio de su presente, se forman con geometrías simples, con la honestidad del material (hormigón, ladrillo, piedra) y con una estructura aparente, visible y sincera.

Su forma de hacer las cosas y su filosofía de diseño partían, en gran medida, de su pensamiento influido de lo clásico y una visualización —casi— metafísica de la creación arquitectónica. Haciendo diferencia entre forma y  diseño, propone que el segundo dirija todo y universalice a la forma con la función,   materializándose todo en el lugar, con una técnica y unas circunstancias determinadas.

A modo de conclusión parcial de este artículo, el pensamiento de Kahn propone una arquitectura con ciertos cánones y elementos fusionados (función, estructura, materia, luz), que se integran para expresar la esencia del edificio, convirtiendo cada espacio en un lugar, más que en un simple objeto construido.

Juan C. Sánchez González

Arquitecto

Doctor Arquitecto. Especialista en Arquitectura Bioclimática y Eficiencia Energética en la Edificación.

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