Cuando ejercí como educadora de Educación Inicial, al finalizar cada año escolar una práctica era preguntarles a los niños y las niñas: ¿Qué quieres ser cuando seas grande? Ese era un momento especial. Escuchar sus respuestas con curiosidad y atención, intentando comprender cómo imaginaban su futuro desde la mirada de la infancia. Más allá de las profesiones que mencionaban, me interesaba conocer sus pensamientos, ilusiones y razones que daban sentido a sus elecciones.
Con el paso del tiempo he comprendido que aquella pregunta, aparentemente sencilla, encerraba una profunda responsabilidad pedagógica. No se trataba únicamente de escuchar lo que cada niño o niña deseaba ser, sino de reconocer que detrás de cada respuesta existía una persona en desarrollo, con intereses, posibilidades y capacidades particulares.
Hoy, desde mi experiencia en la formación docente, aquella práctica adquiere un significado de mayor relevancia. Si volviera a formular la misma pregunta, probablemente surgirían nuevas aspiraciones, algunas vinculadas con profesiones que antes apenas conocíamos y otras relacionadas con ocupaciones que están emergiendo en la actualidad. Sin embargo, hay componentes pedagógicos que permanecen constante; la formación integral de los estudiantes necesita adultos capaces de escuchar sus voces, reconocer sus potencialidades y acompañarlos en la construcción de sus propios caminos. En este sentido, surge una pregunta que considero ineludible: ¿estamos formando a los maestros y maestras con perfiles para ofrecer una educación de calidad para los niños y las niñas del siglo XXI?
En 2021, la UNESCO publicó el informe Reimaginar juntos nuestros futuros: un nuevo contrato social para la educación, en el que invita a repensar la educación como una responsabilidad colectiva frente a los desafíos de nuestro tiempo. Uno de sus planteamientos centrales es que el futuro no está predeterminado; en cambio, existen futuros posibles que podemos ayudar a construir desde nuestras decisiones presentes. Esta perspectiva adquiere especial relevancia cuando pensamos en la formación docente. Los niños que hoy ingresan a las aulas vivirán en sociedades marcadas por transformaciones tecnológicas, ambientales, culturales y laborales que todavía no podemos anticipar completamente.
Por tanto, resulta insuficiente preparar maestros únicamente en el saber disciplinar para que reproduzca prácticas pedagógicas heredadas. En cambio, necesitamos docentes capaces de enseñar a pensar, formular preguntas, resolver problemas, convivir con la diversidad y actuar con responsabilidad ética. Lo que puede salvar a la educación en tiempos de incertidumbre es recuperar su sentido humanizador.
Aquella experiencia remota en Educación Inicial me enseñó algo que hoy considero esencial en la formación de maestros: escuchar a los estudiantes constituye una práctica profundamente pedagógica. Escuchar no significa simplemente permitir que otros hablen. Supone reconocerlos como sujetos de derechos, con ideas, emociones, intereses y formas particulares de comprender la realidad. Implica, además, observar, interpretar, dialogar y tomar decisiones educativas significativas con ellos, a partir de sus preocupaciones, intereses, gustos y necesidades.
Cabe, entonces, preguntarnos: ¿cuánto espacio concedemos a desarrollar la competencia de la escucha en los programas de formación inicial docente. ¿Estamos preparando profesionales capaces de escuchar las preguntas de sus estudiantes, incluso aquellas para las que no tenemos respuesta? ¿Formamos docentes sensibles a las necesidades de la infancia o profesionales preocupados principalmente por cumplir contenidos y procedimientos?
La formación docente del siglo XXI necesita recuperar la concepción de educación como una práctica para desarrollar el saber, saber hacer, ser, vivir y convivir. Desde esta perspectiva integral, el conocimiento disciplinar, las competencias digitales y el dominio de estrategias didácticas son condiciones necesarias, pero no suficientes para formar integralmente al alumnado. Cuando los saberes y las habilidades no están acompañados de sensibilidad, respeto, pensamiento crítico y compromiso con su entorno natural y social, no se logran los fines de la educación democrática y constructivista.
La irrupción de la inteligencia artificial añade un nuevo componente a esta responsabilidad. Hoy podemos acceder a información, generar contenidos y resolver determinadas tareas con una rapidez impensable hace apenas unos años. Pero ninguna herramienta tecnológica debería desplazar aquello que constituye el sentido más profundo de la profesión docente, que no es otro que comprender a las personas y crear condiciones para que desarrollen integralmente todas sus capacidades.
Por ello, formar maestros para los niños del siglo XXI exige fortalecer su autonomía intelectual, su capacidad investigadora, su juicio pedagógico y su disposición para aprender permanentemente. No basta con incorporar nuevas asignaturas, plataformas digitales o metodologías innovadoras. La transformación de la formación docente requiere revisar qué concepción de infancia, aprendizaje y enseñanza orienta nuestros programas, qué oportunidades ofrecemos a los futuros maestros y en qué medida posibilitamos que desarrollen las competencias que se espera que adquieran los niños y niñas.
En el contexto dominicano, este desafío invita a las instituciones formadoras a examinar críticamente la relación entre el currículo, la práctica pedagógica, la investigación y las necesidades reales de las escuelas. Preparar docentes para el futuro supone, ante todo, asumir con responsabilidad las exigencias educativas del presente. No podemos predecir completamente el mundo en el que enseñarán los futuros maestros, pero sí podemos prepararlos para actuar con sensibilidad, conocimiento, creatividad, autonomía y justicia social.
Quizás ha llegado el momento de complementar aquella pregunta que hacemos a los niños con otra dirigida a quienes tenemos la responsabilidad de formar docentes: ¿Qué tipo de maestros estamos formando para que los niños puedan construir los futuros que sueñan?
Al final, los sueños de la infancia no dependen únicamente de lo que los niños imaginan que pueden llegar a ser. También dependen de las oportunidades que encuentran, de las experiencias educativas que viven y de los maestros que los acompañan. El futuro de los niños no se construye solamente preguntándoles qué quieren ser cuando sean grandes, sino formando hoy a los docentes capaces de ayudarlos a descubrir todo lo que pueden llegar a ser.
Compartir esta nota