Mis primeros recuerdos de iglesia fueron las campanas de la parroquia San Juan Bosco, llamando a la misa de las 6:00 a. m. Era muy pequeña, pero nunca me sentí perezosa para cruzar la calle y entrar a un templo bellísimo en su austeridad, donde los vitrales y los cantos realzaban el temblequeo de las llamas de numerosas velas que rodeaban el altar.

Oficiando, el padre Andrés Nemeht o Bartolomé Vegh dulcificaban el latín con un acento de Europa meridional, mientras —dando la espalda al público— continuaban los bellos ritos, alzando las manos y los brazos como palomas en vuelo.

“Don Bosco, Don Bosco, amor sobrano,
nos tiende la mano, nos lleva hacia Dios”.

La historia de San Juan Bosco se repetía cada día frente a mis ojos. Los salesianos no solo incluían a los pobres, sino que los dignificaban. Igual que hizo Don Bosco, su objetivo como congregación era un rescate permanente de los niños callejeros que podían ser ladrones o delincuentes agresivos, ayudándolos a descubrir lo bueno que tenían y dándoles un oficio respetable, inscribiéndolos en su famosa Escuela de Artes y Oficios.

Los mejores carpinteros, mecánicos y técnicos salían de allí con su diploma y una recomendación de trabajo. Poco a poco, la Escuela de Artes y Oficios se convirtió en la universidad de los pobres, y quien podía ostentar que había aprendido allí tenía un empleo seguro.

En lo espiritual, la Virgen María, María Auxiliadora, aportaba la seguridad de la presencia de Dios a través de su madre, confirmando que Jesús inspiraba la obra salesiana: un Jesús obrero, carpintero, con el que los chicos se identificaban.

Los domingos se realizaba el Oratorio. Los muchachos iban a misa y después disfrutaban de una película edificante, con temas de reforma y buen comportamiento. Había que ver esa felicidad en sus ojos brillosos y llenos de esperanza.

Y así, tantos ejemplos buenos, tantas conversiones bellas.

Detallar mi experiencia salesiana sería detallar mi vida. En instantes de dicha o de dolor, un golpe de vitrales luminosos me alegra o me consuela. Nunca olvido que ellos me ayudaron en momentos cruciales de mi vida, momentos en los que solo podía aferrarme al rosario y repetir:
“María, auxilio de los cristianos, ruega por nosotros”.

Jeannette Miller

Escritora

Jeannette Miller. Poeta, narradora, ensayista, educadora e historiadora de arte dominicana. Premio Nacional de Literatura de la República Dominicana (2011). Premio nacional Feria del libro Eduardo León Jimenes por su el ensayo histórico Importancia del contexto histórico en el desarrollo del arte dominicano. Cronología del arte dominicano: 1844-2005, otorgado durante la celebración de la X Feria Internacional del Libro 2007.

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