La palabrita robot, aun siendo ya muy común y a la vez intrigante, resulta que la inventó un escritor checo, Karel Čapek, utilizándola en su obra teatral Rossum’s Universal Robots (R.U.R.), estrenada en 1920, y el significado de dicha acepción en ese idioma es nada menos que "trabajo forzado" o "servidumbre". Así pues, podríamos decir que después de la abolición de la esclavitud, el hombre —que sigue siendo el lobo del hombre—, que fue la era del latigazo, el castigo y la extenuación del trabajo hasta la muerte, está inventando con la ayuda de la tecnología una nueva forma de esclavitud más efectiva y barata, pues esas máquinas, los robots, trabajan mucho, no comen, no hay que pagarles, los quince ni los treinta, no tienen que ir al baño ni tomar café o el sándwich de media mañana, obedecen al jefe —por ahora— sin protestar, no exigen mejoras laborales ni de salarios, ni están afiliados —también por ahora— a sindicatos u otras organizaciones obreras similares, siempre reivindicativas, huelguistas y peleonas ellas. Se está reinventando así la esclavitud moderna, la robótica. ¡Tremendo invento, nene! ¡La solución de la próxima prosperidad!

Son muchos los países que desde hace décadas están experimentando con robots, sobre todo los norteamericanos, los japoneses y los chinos. Hemos visto ya muchas veces cómo unas máquinas ingeniosas con forma humanoide o perruna servían más o menos torpemente un almuerzo, caminaban con defectos y hacían con también limitaciones otras simpáticas funciones imitando a las personas. Pero son los orientales, en especial los chinos, que tienen mucha paciencia —por eso son amarillos y tienen los ojos rasgados de tanto observar, anotar y experimentar—, quienes han dado unos pasos gigantes en el mundo de la robótica.

Los otros días vimos por televisión unos robots con figura bastante humana, altos, flacos y feos —pues no comen arroz con habichuelas, carne de pollo y ensalada a lo dominicano—, como corrían en China compitiendo con atletas humanos un medio maratón de 20 kilómetros, superando con mucho a los participantes de carne, hueso, cansancio y sudor, y además de darles una pela de calzón quitado, lo hicieron en la mitad del tiempo que ellos mismos lograron en el año anterior. O sea, corrieron el doble de rápido en solo doce meses. Si ponemos un poco de imaginación real, en diez, veinte o treinta años irán poco menos que a la velocidad de los superjets rompiendo las barreras sónicas.

China, de manera inteligente, ya los está utilizando a manera de prueba y experimentación para otros fines, como regular el tránsito vehicular (¿podrán aquí poner orden entre las hordas de motoristas o se descacharrarán en la primera semana por muy perfectos que sean?), sin que los agentes tengan que oír eso de: "¡Usted no sabe quién soy yo!… Mire, aquí tengo una tarjeta de recomendación del coronel Polanco… Hermano, dame un chance, aquí hay quinientos para un par de frías pa' que no pases tanto calor…", o tareas de vigilancia policial yendo por las calles, reconociendo por captación visual las infracciones y las identidades de las personas que las cometen desde un centro de observación y mando a distancia. ¡Tiemblen, malones, tiemblen! Además, ¡estos chinos! han construido un caballo robot que carga un peso de hasta mil kilos; ni los famosos ejemplares percherones franceses, célebres por su fuerza y capacidad de tiro, pueden competir con esos equinos artificiales.

De continuar así y siguiendo la ficción real, en unos años habrá robots para todo: no harán falta albañiles voceando por los andamios en creole, ni campesinos arrancando lechugas desde el amanecer, ni dependientes de comercios envolviendo a sus clientes en las compras, ni oficinistas rellenando formularios, ni choferes haciendo carreras con las guaguas compitiendo por los pasajeros en la 27, ni médicos cobrando costosas consultas, ni pescadores sacando carites a puro pulmón y figa, ni banqueros inventando cobros por esto, por eso y por lo otro, ni políticos haciendo de las suyas y de los demás —algo bueno debe tener esa próxima era—. En esa nueva sociedad robótica, irónicamente, solo tendrán que trabajar los humanos muy inteligentes, los científicos e ingenieros que deberán construir esos aparatos cada vez más perfeccionados, más inteligentes, más efectivos y productivos.

Los demás, usted, yo, el vecino del piso de arriba que pone el radio tan alto, doña Altagracia que vende arepas frente al colmado, Rosita la easy, tan mona y coqueta ella que sale con cualquiera que la invite, y todos los que hemos nacido con un "caco" con los sesos más o menos normales, tendremos dos opciones: o que nos mantengan sin hacer nada en esa nueva vida salvo pasear y, con tanto tiempo libre, reproducirnos peligrosamente, comer la sopa boba del día toda la semana y cobrar el situado por no saber bien cuál es nuestro sitio en esa sociedad híbrida; o si no serviremos para nada, si no podemos competir con los nuevos ciudadanos robot, ¿para qué tenernos en este world? Mejor será eliminarnos como a los pollos: primero un corrientazo que nos atonte, después el tajo en el cuello, o darnos dos fuetazos en la espalda y después meternos en una lata de agua hirviendo, y asunto liquidado.

Y con mucha más imaginación real, la nueva era seguirá hasta que los robots, tan superdotados ellos, aprendan a hacer otros robots más listos que los humanos y entonces acabarán asimismo exterminando a los científicos e ingenieros que los crearon. Entonces los robots se nutrirán por una energía fotónica ultraconcentrada hasta que sequen el ardiente sol y lo dejen como el desierto de Mojave, pero seguirán alimentándose de otras energías existentes en nebulosas inimaginables hoy en día y continuarán su metálica vida en este u otros planetas.

¿Tendrán como herencia algunas costumbres humanas, como las guerras, vacacionar en Samaná, soltar pestilentes flatulencias o pagar impuestos? No lo podemos saber, pero lo que sí sé de manera personal es que prefiero el tipo de vida actual, con toda su enorme problemática existencial, a convivir con los altos, flacos y feos robots, por muy rápidos y genios que puedan llegar a ser.

Sergio Forcadell

Publicista

Nacido en Barcelona. Catalán hasta los dientes y Publicista desde mucho antes de nacer. Candidato al Premio Nobel de la Literatura Mordaz y Pendeja.

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