Tres poderes clásicos (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) y un cuarto, el de la prensa, organizan una nación. La sociedad civil, contrapeso independiente y plural, actúa como vigilante de los cuatro. Esa última entidad social alberga los poderes fácticos: asociaciones y grupos comunitarios que organizan y defienden intereses locales y gremiales. Entre todos, protagonizan un torneo interminable donde cada cual insiste en salir victorioso.
Actuando como quinto poder, el empresariado y los grandes sindicatos enfrentan al Estado —y hasta al cuarto—, de sentirse de alguna manera amenazados. Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol, excepto que ahora, en ese cuerpo a cuerpo, aparece un grupo —que solo mostraba músculo de tarde en tarde—, colocándose junto a ellos con igual vocación de pulsear con el Gobierno.
Como en un thriller de esos que nos hacen mordernos las uñas —donde en una escena sorpresiva el malo, encañonado y manos en alto, patea la metralleta del bueno y se escapa—, hemos sido sorprendidos: sabemos quiénes sacaron ventajas del nuevo régimen impositivo. Fueron los dueños de bancas.
Esa ventaja de finos negociadores me permite afirmar, y me juego el dinero por ella, que se destapa una nueva fuerza política digna del Quinto Poder. Lo apuesto; voy dos a uno y doblo la cantidad si me prueban lo contrario. Cinco a uno si me ganan limpiamente. Quizás pierda, pero sellaré mi apuesta en una de esas casillas disponibles en cada rincón de la ciudad; allí puedo jugar a lo que quiera. Haga usted lo mismo en contra, pero se arriesga a perder.
Esa agrupación, la de los riferos, acaba de mostrar una gran fuerza. Se quitaron la capa y mostraron espadas; desenvainaron y dieron touché al presidente y a los legisladores. Pelearon bien y ganaron; demostraron tener mayor influencia de la que supusimos, tanta, que fueron capaces de rebajarse los impuestos.
No fue al azar a quien deben la victoria, tampoco a un sueño que les diera la estrategia ganadora, ni a una orejita del Ejecutivo, sino a una inesperada capacidad de manipular la política dominicana. Las apuestas estaban diez a uno en contra de los dueños de bancas, pero sorprendieron y recogieron ganancias. La casa no siempre gana…
A partir de ahora, pueden reclamar asiento junto a empresarios y sindicalistas. Quizás esos nuevos aspirantes no les sean del agrado a los tradicionales miembros de ese poder, puesto que gustan de trabajar entre iguales, sin anunciar sus números en pizarras. Pero, de seguir las cosas como van, tendrán que fumárselos.
Quién le hubiese dicho a Dingo, aguantero de palé en mi pueblo, o a Maca Chicle —quien pagaba cinco a uno los aciertos de jugadas en el play—, que los de su oficio serían un poder político; capaces de ser y manipular legisladores, y de llenar de bancas el territorio nacional. Jamás le pasaría por la mente la sofisticación alcanzada por sus colegas, ni los millones de ganancias que reciben aprovechando la miseria y desesperanza del pueblo.
Duplico ficha, escojo número, selecciono equipo y bajo la manivela del «Bandido de un solo brazo». Sin duda ganaré la apuesta, porque los dueños de bancas ya comparten el poder. Hombres de trabajo, amantes de la patria y diseñadores del entorno urbano, no se arriesgan con la suerte; juegan en política con los dados cargados.
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