En algún punto de la historia humana la codicia dejó de ser un vicio mal visto para convertirse en virtud disfrazada de progreso. Allí donde el despojo se normaliza y la acumulación se viste de mérito nacen los reinos de la codicia: espacios donde la vida vale menos que el capital y donde el poder encuentra en la avaricia su más fiel herramienta de expansión.
Los reinos de la codicia no se edifican con ladrillos, sino con privilegios. Sus murallas no protegen a los débiles; los excluyen. Al interior, una élite minoritaria dicta las reglas del juego económico, asegurándose de que la rueda de la riqueza gire siempre hacia el mismo lado. Es un orden que se alimenta del miedo: miedo al cambio, miedo al que protesta, miedo al costo político de la justicia.
En esos reinos, la economía se reduce a un ejercicio contable y la política a una administración de intereses particulares. Se olvida que producir riqueza no es sinónimo de distribuir bienestar. Se enarbola el crecimiento como tótem sagrado, aunque sus frutos solo caigan en las manos de unos pocos. Y mientras se ofrece un discurso de prosperidad, millones siguen atrapados en el laberinto de la sobrevivencia.
La República Dominicana es un ejemplo visible: décadas de crecimiento económico por encima del promedio regional conviven con desigualdades persistentes, salarios que no cubren la canasta básica y un sistema fiscal diseñado para proteger ventajas concentradas. Ese crecimiento convive, en la vida diaria, con trabajadores que encadenan jornadas completas sin lograr cubrir lo esencial, con jóvenes que estudian sin horizonte laboral claro y con servicios públicos que no responden al esfuerzo fiscal que se les exige a las mayorías. El país crece, pero no se reparte: el ascensor social sube, pero con muy pocos pasajeros.
La codicia, convertida en motor del sistema, transforma derechos en mercancías. La salud se compra según la billetera; la educación se convierte en privilegio; la vivienda, en objeto de especulación. Incluso la naturaleza, fuente de toda vida, se vuelve recurso explotable hasta su agotamiento. ¿Qué queda de la convivencia humana cuando todo tiene precio y casi nada tiene valor?
Las democracias que conviven con estos reinos corren el riesgo de volverse meras representaciones escénicas (teatro, cine, TV), o quizás ya lo son: urnas llenas, pero esperanzas vacías. Se simulan oportunidades mientras se consolidan desigualdades. En las plazas y en las redes, la gente reclama dignidad, transparencia, impuestos justos, salarios que alcancen, servicios que respondan a su condición humana, freno a la corrupción, extirpar la impunidad. Sin embargo, la codicia, experta en camuflaje, encuentra siempre nuevos modos de perpetuarse.
Superar estos reinos no significa negar el deseo natural de progreso, sino reorientarlo hacia un horizonte común. Significa derribar la falsa creencia de que la acumulación de unos pocos se convertirá mágicamente en bienestar para todos. Implica recordar que la economía debe estar al servicio de la vida, y no la vida al servicio de la economía.
Los reinos de la codicia son poderosos, sí. Pero no son eternos. Su mayor amenaza surge cuando la ciudadanía se descubre sujeto y no siervo; cuando entiende que la riqueza más valiosa no es la que se guarda, sino la que se comparte; cuando los pueblos deciden que el bien común no es utopía, sino meta alcanzable. En ese momento, las murallas tiemblan. Y la historia recuerda que ningún reino, por más codicioso que sea, puede resistir para siempre el empuje de una mayoría que exige justicia y cese de las desigualdades extremas y aún moderadas.
Porque la codicia más brutal no se conforma con crecer: exige duplicar la riqueza en lapsos cada vez más breves, sin detenerse a pensar que está serruchando la rama que la sostiene. En su prisa desmedida por multiplicar beneficios devora los suelos fértiles, privatiza el agua que da vida y exprime a los trabajadores hasta dejarlos sin fuerza ni esperanza. En ese frenesí, tanto la naturaleza como los seres humanos dejan de tener sentido: son apenas combustible descartable para alimentar una maquinaria que, al final, puede terminar destruyendo las mismas fuentes de riqueza que dice proteger.
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