Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria…

"Oda al gato". Pablo Neruda

Introducción con cola

Primero, debo sobreponerme al horror y a la náusea antes de escribir este artículo. Este no es un ensayo sobre la historia de los gatos, así como tampoco única y exclusivamente sobre los gatos de Gaza.

¿Por dónde empezar para escribir una historia tan dolorosa, difícil? Comenzaré con una breve historia del gato. El origen de los gatos se remonta a aproximadamente diez mil años atrás, cuando los granjeros los adoptaron para proteger los granos de las cosechas, en Asia Occidental, que hoy en día ocupan Siria, Líbano, Palestina, Irak e Irán (Persia), entre otros.

Cazador, tigre mínimo, adorno de la casa, amante, amigo, espía, el gato doméstico ha acompañado al animal no humano a través de gran parte de la historia. Venerado como diosa en Egipto (Bastet) —el maltrato era castigado con la pena de muerte—; demonizado en la Edad Media, a causa de un racismo absurdo; marinero en la travesía de los barcos; misterio en la noche insondable («Sus ojos amarillos / dejaron una sola / ranura / para echar las monedas de la noche» (Neruda)); independiente siempre, cariñoso, en ocasiones, los gatos viven con nosotros, o más bien, nosotros vivimos con ellos. «Para los musulmanes, los gatos son prácticamente sagrados. Se cree que Mahoma predicaba siempre con un gato a su lado. Según la creencia religiosa, en una ocasión, su mascota le salvó la vida al pegarle un manotazo a una serpiente venenosa que estaba a punto de morder al Profeta mientras rezaba arrodillado». El misterio del gato deviene sacralidad.

Estadísticas frías

Según Euro-Med Human Rights Monitor, desde el comienzo de los bombardeos a Gaza, ha muerto el 97 % de los animales no humanos; los gatos han sido diezmados en la Franja de Gaza. Algunos han sobrevivido gracias a las sobras de comida humana y ayuda directa de personas, a la capacidad de caza de pequeños animales, a los refugios improvisados (escombros, sombras, vehículos) y a la adaptación a contextos hostiles.

Algunas instituciones como Sulala Animal Rescue, FOUR PAWS International, Animals Australia e In Defense of Animals han prestado ayuda a los gatos de Gaza, rescatándolos de los escombros, llevándolos a santuarios y ofreciéndoles agua, comida y asistencia médica. Así también, los sobrevivientes de Gaza han cargado con sus gatos y otros gatos callejeros para llevarlos a sus refugios.

Y ¿por qué estoy hablando de la masacre de gatos, cuando el genocidio alcanza la suma de 72 000 mujeres, niños y hombres y 172 000 heridos? (Arab News). Entre estos, según estadísticas de UNICEF, alrededor de 23 000 niños han muerto.

Uno de los grandes aciertos de Jacques Derrida en su libro El animal que voy si(gui)endo consiste en afirmar que «Lo que tienen en común, lo que define, a los animales humanos y no humanos es el sufrimiento. El sexismo y el especismo son las manifestaciones de la discriminación contra la mujer y los animales». Tanto los animales humanos como los no humanos son seres sensibles; sufren de hambre, frío, calor, abandono, torturas y, finalmente, la muerte.

Es difícil hacer concurrir en este ensayo a Derrida con Marx, pero este último, llevándolo al plano de las clases sociales, señala que «muchos humanos no gozan de los derechos de algunos animales no humanos como el aire, la libertad, etc.». Más allá de la deshumanización del trabajo en el sistema capitalista, muchas personas viven en condiciones peores que las de muchos animales. En Gaza, los gatos no tienen ni la libertad ni el aire puro que Marx imagina.

Resalta la colaboración y solidaridad con los gatos entre los habitantes de Gaza, en especial los niños. «El niño palestino Ahmed Aaed cuida a los gatos callejeros en Gaza, lo que le brinda consuelo y propósito. Ha compartido su dolor por un gatito que no pudo salvar debido a la escasez impuesta por Israel de alimentos y medicamentos». Amed le dice a su gato: «Leo, mi amor, has encontrado descanso de este mundo cruel, que no mostró piedad, ni siquiera para almas inocentes. Ya no estarás escuchando los sonidos de drones y bombas cayendo. Vas a un lugar con calidez, seguridad y comida». (@aljazeeraenglish).

Para entender la propia muerte, hay que entender la muerte del animal. Amed contempla la muerte de Leo, su gato amigo, su gato hermano, y trata de entender la muerte a partir de la muerte de su gato, que asume como propia en el duelo. El gato que Leo está «si(gui)endo» no tiene consciencia de la muerte.

También, en una publicación de la prensa, se ha hecho viral la foto de una niña de unos 7 años, quitándose la escasa comida de la boca para dársela a su gato sobreviviente. Otros niños han seguido su ejemplo. El niño que come con su gato comprende que su gato tiene hambre; tan hambriento como él, tan triste como él, tan «deshumanizado» como él; ambos están condenados a una política de exterminio, ante la que el conjunto de naciones vuelve el rostro y calla.

En el nivel conceptual se puede hablar de solidaridad interespecie: un vínculo de cuidado y reconocimiento entre seres de distintas especies. El niño identifica en el gato algo que reconoce en sí mismo —el hambre, el sufrimiento, la necesidad— y actúa en consecuencia. No es solo alimentar a un animal; es un acto de empatía. El niño comprende que el gato no es un objeto ni un simple paisaje de fondo, sino un ser vulnerable capaz de sentir. Ahí aparece una pequeña ética: «si yo sufro cuando tengo hambre, el gato también».

Gaza es el cementerio del mundo, en el que la comunidad internacional se deshumaniza en su indiferencia.

Necropolítica y consenso internacional

La necropolítica se define como la manifestación de poder de quienes deciden «quién puede vivir y quién debe morir, así como qué vidas son expuestas sistemáticamente a la muerte, la precariedad o la destrucción». Basado en la «biopolítica» de Michel Foucault, el concepto proviene del filósofo camerunés Achille Mbembe en su libro Necropolítica (2011). Según este filósofo, «el poder moderno no solo administra la vida, sino que también decide quién puede vivir, quién puede ser expuesto a la muerte y qué poblaciones se vuelven “desechables”».

La necropolítica contemporánea no se sostiene únicamente a través de la coerción, sino también por un consenso político y cultural que normaliza (naturaliza) la condena de los cuerpos al hambre, a la muerte, al abandono. El genocidio de Gaza es el resultado de un sistema que se vuelve aceptable mediante el consenso social y cultural. Pensar en Gaza a partir de la necropolítica no es una posición ideológica; es un imperativo ético que nos permite comprender cómo opera hoy el poder sobre los cuerpos, los territorios y la infancia.

¿A dónde habrán ido los niños Yusuf, Ibrahim, Musa, Ismail, Khalid y Tariq; y las niñas Aisha, Fatima, Khadija, Maryam y Zainab; y los gatos Mu’izza, Nur, Amir, Yasmin y Amina?

El séptimo cielo de luz y serenidad está lleno de niños y gatos.

Fernando Valerio-Holguin

Escritor

Escritor, Doctorado en Letras Hispánicas (Universidad de Tulane, 1994), Profesor Distinguido John N. Stern de Literatura Latinoamericana en la Universidad Estatal de Colorado. Ha dictado conferencias y ofrecido recitales de poesía en varias universidades e instituciones, tales como Instituto Smithsoniano, Biblioteca del Congreso, Universidad de Oxford y Universidad de Varsovia. Entre sus libros destacan: Poética de la frialdad: La narrativa de Virgilio Piñera (1996), Banalidad Posmoderna (2006) y Presencia de Trujillo en la narrativa contemporánea (2006).

Ver más