Nuestras tendencias tribales se encuentran tan arraigadas en nuestra historia evolutiva que no resulta difícil apandillarnos en función de creencias, ideologías o proyectos de cualquier tipo. A simple vista, la política misma no parece ser otra cosa que una tensión entre grupos que negocian espacios de poder. Desde esta perspectiva, pensar una política en función del bienestar de la humanidad es una idea ingenua e incompatible con la realidad humana.
La normativización de esta forma de ver las relaciones sociales siempre contó con el beneplácito de una tradición intelectual que sirvió de fundamento a las orientaciones ideológicas de la extrema derecha. Así, pensadores como Carl Schmitt negaban la idea de humanidad, pues la consideraban un falso constructo que disfrazaba intereses espúreos de grupos, clases o etnias mal intencionadas.
En contraposición, históricamente, la tradición intelectual que sirvió de base a la izquierda política estuvo asociada al universalismo. Desde el Iluminismo hasta el pensamiento socialdemócrata y marxista siempre se subordinó lo particular a lo universal. No obstante, una nueva tradición de pensamiento izquierdista, que se derivó de la obra de Michel Foucault en las distintas expresiones del denominado pensamiento posmoderno, cuestionó la idea de universalidad como un concepto justificador de absolutismos, exclusiones y colonialismos.
Así, como bien ilustra Susan Neiman (La izquierda no es woke), la versión más radical de la izquierda, conocida como movimiento woke, terminó dándose la mano con la extrema derecha en el culto a los particularismos. Las luchas por el reconocimiento de las identidades (raciales, culturales, de género), necesarias como componentes de un proceso social de visualización de las víctimas de la historia y de recuperación de la memoria, terminaron aislándose en sus reivindicaciones y desconectándose de necesidades cotidianas de la gente común que visualizó estas luchas como abstractas, ajenas o absurdas.
De este modo, la izquierda contemporánea ha ido perdiendo espacios de comunicación que han sido llenados por la denominada “nueva derecha”. A diferencia de la izquierda woke, la nueva derecha le habla a la gente de lo que quiere escuchar: de sus fobias, de sus sueños, de sus frustraciones y necesidades básicas.
La nueva derecha no tiene soluciones reales para los problemas que diagnostica. Por el contrario, los agrava con narrativas del odio y teorías de la conspiración, pero cuando una parte importante de los votantes llega a enterarse de la estafa, la conexión emocional ha rendido suficiente capital político para provocar el asalto a las instituciones democráticas sin encontrar una resistencia articulada que pueda proporcionar una propuesta alternativa factible.
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