Creo que casi nadie en el público que ha asistido a ver la película Hamnet -basada en novela igualmente intitulada que narra la relación entre William Shakespeare y su pareja Agnes y cómo la tragedia los golpea cuando muere su único hijo varón, Hamnet, lo que inspiraría al dramaturgo a escribir su magnum opus, Hamlet- pudo dejar de conmoverse hasta las lágrimas con esta ficción histórica de una hondura psicológica casi cercana a la del propio célebre drama del príncipe de Dinamarca.

El clímax del film se alcanza cuando Agnes, tras enterarse de que su marido ha escrito una obra titulada Hamlet, un nombre casi idéntico al de su hijo, viaja a Londres, indignada porque cree que este está aprovechándose de la tragedia familiar. Presenciando la función en el Teatro Globe, Agnes constata que su esposo ha invertido la realidad: es el padre el que muere y el hijo (Hamlet) sobrevive. De algún modo, el Bardo de Avon ofrece su propia vida ficticia para que su hijo viva a través de la obra teatral.

En la conmovedora escena final, el actor que hace de Hamlet muere y Agnes le da la mano en signo de despedida. Es ahí cuando se da cuenta que toda la audiencia en el teatro hace lo mismo. Siente ella en ese momento que su dolor ya no es individual. Al ser compartido por cientos de asistentes a la obra, se ha vuelto colectivo.

Más aún, “el llanto final del público en el teatro tras la muerte de Hamlet somos nosotros frente a la pantalla del cine, viviendo el dolor” (Daniel Sandoval) también de modo colectivo. Se produce así una catarsis que “no es tanto una purificación sino la convicción muy femenina de que el dolor de unos es el dolor de todos” (Flavia Pitella). Porque, como bien dice el poema de John Donne, “la muerte de cada hombre me disminuye, pues estoy involucrado en la humanidad”.

Esta colectivización del llanto es tan vieja como la civilización misma. Se remonta al “llanto ritual” o “lamento fúnebre” que, como bien ha destacado el antropólogo Ernesto de Martino, es el eje central de los ritos funerarios, expresión de la técnica del “saber llorar” de las religiones mediterráneas, dirigida por las plañideras, “profesionales del llanto” cuya función es “permitir la socialización de la desesperación” y “el pasaje de la tragedia individual al duelo colectivo” (Annalisa Mirizio), transformando la “crisis del dolor” en “disciplina cultural capaz de mantener el patetismo a salvo de la irrupción de la locura” (Carlo Guglielmo Fenizi).

Con razón W. H. Auden quería socializar su pérdida individual cuando desesperado clamó: “Paren todos los relojes, […] Saquen el ataúd, dejen pasar a los deudos. Que los aviones nos sobrevuelen en círculos luctuosos garabateando en el cielo el mensaje Él ha muerto”.

Ahora que vivimos la “huida ante la muerte”, la aceleración del velatorio y la privatización del duelo, volviéndose íntimo el sollozo en velatorios express y despachándose rápido al más allá a los fallecidos, obstaculizándose así la necesaria ceremonia del adiós a nuestros queridos muertos, apenas subsistiendo, como flor cristiana en el desierto pagano, la novena por los fieles difuntos, conviene enrumbarnos al puerto de origen y reivindicar llorar juntos, condolernos y compartir públicamente el dolor individual que es también nuestro.

Eduardo Jorge Prats

Abogado constitucionalista

Licenciado en Derecho, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM, 1987), Master en Relaciones Internacionales, New School for Social Research (1991). Profesor de Derecho Constitucional PUCMM. Director de la Maestría en Derecho Constitucional PUCMM / Castilla La Mancha. Director General de la firma Jorge Prats Abogados & Consultores. Presidente del Instituto Dominicano de Derecho Constitucional.

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