La edad de un candidato se conoce con una simple operación aritmética. La edad de sus ideas exige un examen político. Confundir ambas cosas es convertir el calendario en argumento y el año de nacimiento en una sentencia. El debate sobre Leonel Fernández y el voto joven merece una pregunta de mayor hondura: ¿quién está en condiciones de comprender el país que emerge y contribuir a construir su futuro?
Sostengo una tesis que considero esencial: en política, la juventud es una visión del porvenir, no una edad cronológica. Para representar las aspiraciones de una generación no es indispensable haber nacido en ella. La proximidad de edad puede facilitar la identificación, pero no garantiza coincidencia de ideas, sensibilidad social ni capacidad de gobierno. La verdadera renovación se reconoce menos en los años de quien habla que en el horizonte que es capaz de abrir.
Bernie Sanders ofrece un ejemplo difícil de ignorar. En las primarias demócratas de New Hampshire de 2020 tenía 78 años; Pete Buttigieg, 38. Según CIRCLE, de la Universidad Tufts, Sanders obtuvo el 51 % del voto de los participantes de 18 a 29 años, frente al 20 % de Buttigieg. Separados por cuatro décadas, el candidato de mayor edad fue ampliamente preferido por aquel electorado. La cercanía generacional, por sí sola, no decidió la contienda.
En México, Andrés Manuel López Obrador tenía 64 años cuando conquistó la Presidencia en 2018. La encuesta de salida de Parametría estimó que recibió el 63 % de los votos de los electores de 26 a 35 años. Su extensa trayectoria pública no impidió que una parte decisiva de aquella generación encontrara en él una opción política. El ejemplo desmiente la idea de que un liderazgo conocido durante décadas solo puede convocar a quienes envejecieron junto a él.
Lula da otra prueba de esa posibilidad. En la campaña presidencial brasileña de 2022 tenía 76 años y cumplió 77 antes de la segunda vuelta. Una encuesta de Datafolha, realizada del 5 al 7 de octubre, le atribuía el 52 % de la intención de voto entre los electores de 16 a 24 años, frente al 39 % de Jair Bolsonaro. Se trataba de una medición preelectoral, no de un resultado definitivo; aun así, mostraba que la distancia entre generaciones no impedía encabezar las preferencias juveniles.
Donald Trump aporta un contraste desde otra tradición política. En las elecciones estadounidenses de 2024, cuando tenía 78 años, obtuvo el 43 % del voto entre los electores de 18 a 29 años, según el análisis postelectoral de Pew Research Center. No alcanzó la mayoría de ese segmento, pero superó en cuatro puntos su registro de 2020. La capacidad de atraer apoyo entre generaciones distintas no es patrimonio exclusivo de una ideología.
Conviene precisar el alcance de la comparación. Los grupos de edad no son idénticos y las cifras proceden de encuestas de salida, una medición de intención de voto y un estudio postelectoral. Ninguno de esos casos anuncia lo que sucederá en la República Dominicana. Todos, sin embargo, bastan para cuestionar un prejuicio: la edad de un aspirante no constituye, por sí misma, una frontera infranqueable entre él y los jóvenes.
La cuestión, entonces, cambia de lugar. En vez de preguntarnos cuántos años tiene Leonel Fernández, debemos examinar qué sabe del Estado, qué ha hecho con el poder y qué propone hacer con la experiencia adquirida. Sus tres períodos presidenciales —de 1996 a 2000, de 2004 a 2008 y de 2008 a 2012— ofrecen una trayectoria sometida, como toda obra de gobierno, al escrutinio de sus aciertos y desaciertos. La experiencia no concede inmunidad frente a la crítica, pero tampoco puede desecharse como si careciera de valor.
Existe un antecedente especialmente pertinente para este debate: el Instituto Tecnológico de Las Américas (ITLA), formalmente constituido mediante el Decreto núm. 422-00, del 15 de agosto de 2000, durante su primera administración. Su creación expresó una apuesta por la formación tecnológica en un país que necesitaba ampliar sus capacidades. Más que una referencia para la memoria gubernamental, es una decisión vinculada con la preparación de nuevas generaciones para una economía crecientemente apoyada en el conocimiento.
Esa preocupación no quedó encerrada en los años de gobierno. En septiembre de 2016, al intervenir en una conferencia de ciencia, innovación y tecnologías de la información de la CEPAL, en Costa Rica, Fernández señaló la inteligencia artificial, la robótica y la ciberseguridad entre los campos relevantes para el desarrollo regional. La Fundación EU-LAC dejó constancia de sus planteamientos. Interesarse por esas transformaciones no equivale a tener resueltos todos sus desafíos, pero revela que su reflexión política no se ha limitado a administrar el pasado.
Ahora bien, ninguna realización histórica sustituye las obligaciones del presente. Una trayectoria adquiere su mayor valor cuando permite aprender, rectificar y proponer. Los jóvenes que buscan formación de calidad, oportunidades de trabajo, acceso al conocimiento o posibilidades de emprender no tienen por qué conformarse con el inventario de lo que ya se hizo. Tienen derecho a exigir respuestas para el país que les tocará vivir. Ahí se juega la actualidad de cualquier liderazgo, sea joven o experimentado.
Por eso, una valoración favorable de Leonel Fernández no necesita descansar en la nostalgia. Puede apoyarse en el conocimiento acumulado y, al mismo tiempo, reclamar una propuesta renovada, verificable y abierta al debate. El pasado ofrece antecedentes; no expide cheques en blanco. La autoridad de la experiencia se demuestra cuando aquello que se ha aprendido se transforma en soluciones para necesidades que cambian.
También sería un error hablar del “voto joven” como si se tratara de una voluntad uniforme. Entre los jóvenes existen diferencias de convicciones, territorios, trayectorias y proyectos de vida. Nadie está obligado a apoyar a un candidato de su generación ni impedido de reconocer representación en alguien mayor. Reducir sus decisiones a una solidaridad de edades equivale a desconocer precisamente la autonomía que se les atribuye.
La renovación política, además, no se agota en el relevo de los nombres. Un rostro nuevo puede repetir prácticas antiguas; una figura de experiencia puede promover cambios auténticos. Lo importante es la relación entre las ideas, las instituciones y los resultados. Del mismo modo, defender la vigencia de Fernández debe ser compatible con abrir espacios reales de decisión a las nuevas generaciones. La experiencia y la juventud tienen más que ganar en el encuentro que en una rivalidad artificial.
Mi juicio favorable a Leonel se apoya en esa posibilidad de enlazar memoria institucional y vocación de futuro. Su conocimiento del Estado y su atención a la transformación tecnológica son razones atendibles para examinar su liderazgo sin prejuicios. Pero su mayor desafío no consiste en demostrar que el pasado fue fecundo, sino en explicar cómo esa experiencia puede servir a una nueva etapa de oportunidades, participación e innovación para la sociedad dominicana.
Sanders, López Obrador, Lula y Trump no transfieren sus votos a ningún candidato dominicano. Lo que sus experiencias aportan es una enseñanza política más importante: ninguna generación pertenece por naturaleza a otra, y ninguna candidatura conquista legitimidad con su sola partida de nacimiento. Las preferencias ciudadanas se construyen alrededor de expectativas, convicciones, credibilidad y propuestas; no se heredan por afinidad cronológica.
Leonel Fernández no necesita demostrar que es joven. Necesita demostrar que comprende el tiempo que vivimos y que puede contribuir a abrirle caminos al que viene. Su historia es un capital, pero también una responsabilidad. Porque la juventud de un proyecto no se mide por los años de quien lo encabeza, sino por el futuro que está en condiciones de construir.
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