La reciente resistencia de Irán frente a la presión militar, económica y política de Estados Unidos deja una enseñanza que trasciende el escenario de Oriente Medio. No se trata únicamente de una confrontación entre Estados. Es la expresión contemporánea de una contradicción histórica: la lucha permanente entre los pueblos que defienden su derecho a decidir su destino y un imperialismo que busca imponer un orden mundial subordinado a los intereses del gran capital.
Más allá de cualquier diferencia ideológica con el sistema político iraní, existe un hecho imposible de ignorar: un país sometido durante décadas a bloqueos, sanciones, sabotajes, asesinatos selectivos y amenazas militares ha logrado preservar su soberanía. Esa capacidad de resistencia no puede explicarse solamente por su poder militar. Su principal fortaleza reside en la existencia de una estrategia nacional sostenida por una conciencia colectiva y una moral de resistencia.
Lenin comprendió que el imperialismo no era simplemente una política agresiva de las grandes potencias, sino la fase superior y última del capitalismo, caracterizada por la concentración del capital financiero, el reparto del mundo y la subordinación económica y política de las naciones periféricas. Más de un siglo después, esa definición conserva plena vigencia, aunque el imperialismo haya perfeccionado sus mecanismos de dominación.
Hoy, las antiguas cañoneras conviven con los fondos de inversión; las ocupaciones militares con las sanciones económicas; la propaganda colonial con los algoritmos de las plataformas digitales. La dominación ya no se ejerce únicamente mediante ejércitos, sino también mediante el control de la información, de los datos, de la inteligencia artificial y de las infraestructuras tecnológicas que organizan la vida cotidiana del planeta.
Es aquí donde emerge una nueva forma de poder: el tecnofeudalismo digital. Un reducido grupo de corporaciones como Alphabet (Google), Meta, Amazon, Microsoft, Apple, Palantir y otras gigantes tecnológicas concentran una capacidad de vigilancia, procesamiento de datos e influencia política que supera incluso a numerosos Estados nacionales. Estas empresas no solo controlan mercados; administran información, moldean la opinión pública, condicionan procesos electorales, determinan qué discursos circulan y cuáles son silenciados, e incluso participan directamente en operaciones militares y de inteligencia.
La acumulación capitalista ha entrado así en una nueva etapa en la que los datos se convierten en una fuente estratégica de riqueza y dominación. El imperialismo ya no necesita únicamente bases militares; necesita servidores, plataformas digitales, satélites, inteligencia artificial y monopolios tecnológicos capaces de organizar el comportamiento de millones de personas. Es la colonización de la conciencia mediante la tecnología.
Antonio Gramsci anticipó esta realidad cuando explicó que la dominación no descansa exclusivamente sobre la coerción, sino también sobre la hegemonía cultural. Las clases dominantes gobiernan porque logran presentar sus intereses particulares como si fueran el interés general de toda la sociedad.
En el siglo XXI esa hegemonía se construye mediante los algoritmos, las redes sociales, los grandes conglomerados mediáticos y las plataformas digitales. Nunca había sido tan evidente que la disputa política es, al mismo tiempo, una disputa por la conciencia. Quien controla los flujos de información posee una extraordinaria capacidad para fabricar consensos, sembrar miedo, promover el individualismo y fragmentar la organización popular.
Por eso la experiencia iraní trasciende el terreno militar. Su principal lección consiste en demostrar que la soberanía comienza por la construcción de una conciencia nacional capaz de resistir la guerra cultural y psicológica desplegada por el imperialismo. Ningún pueblo puede defender su independencia si piensa con las categorías ideológicas de quienes pretenden dominarlo.
Carl Von Clausewitz enseñó que la táctica permite ganar batallas, mientras la estrategia hace posible conquistar los objetivos políticos. Sin embargo, tanto la táctica como la estrategia fracasan cuando el pueblo pierde la voluntad de luchar. Ninguna dirección política puede sostener un proyecto emancipador si las mayorías han sido colonizadas culturalmente por el consumismo, el individualismo y la resignación.
La organización sin conciencia termina convertida en burocracia. La conciencia sin organización se transforma en frustración impotente. Pero ambas resultan insuficientes si no están sostenidas por una moral revolucionaria capaz de resistir las derrotas, los bloqueos, las campañas de desinformación y las presiones del poder imperialista.
Las izquierdas del siglo XXI enfrentan un desafío histórico que Lenin y Gramsci no conocieron en estos términos: disputar el poder dentro de un ecosistema digital controlado por monopolios privados capaces de intervenir simultáneamente en la economía, la cultura, la seguridad y la política mundial. Ya no basta con conquistar gobiernos; resulta indispensable democratizar el conocimiento, desarrollar soberanía tecnológica y construir medios propios capaces de romper el monopolio de la información.
La batalla decisiva ya no se libra únicamente en las fábricas ni en las universidades,ni en los parlamentos ni en las escuelas públicas. También se desarrolla en los centros de datos, en las plataformas digitales, en los laboratorios de inteligencia artificial y en la disputa permanente por el sentido común de nuestras sociedades.
La gran lección de Irán no consiste simplemente en haber resistido. Consiste en demostrar que la independencia sigue siendo posible cuando existe una estrategia nacional clara, una organización disciplinada, una conciencia política elevada y una moral colectiva que no acepta convertir la soberanía en mercancía.
Hoy más que nunca adquieren vigencia las enseñanzas de Lenin y Gramsci. Sin independencia económica no existe soberanía política; sin hegemonía cultural no existe emancipación; y sin organización popular ninguna estrategia puede derrotar al imperialismo.
La lucha de nuestro tiempo ya no enfrenta únicamente al capital contra el trabajo. Enfrenta también a los pueblo contra un sistema global que pretende convertir los datos, la inteligencia artificial y la tecnología en nuevos instrumentos de subordinación. La tarea de las fuerzas revolucionarias consiste en impedir que el tecnofeudalismo digital se convierta en el nuevo rostro permanente del imperialismo.
Porque la verdadera victoria no consiste únicamente en resistir una agresión. Consiste en construir una sociedad capaz de pensar con cabeza propia, producir con independencia, organizarse democráticamente y defender, frente a cualquier imperio, el derecho irrenunciable de los pueblos a decidir su propio destino.
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