Una reflexión de la periodista Riamny Méndez  sobre los manieles y su aporte a la mejora de la calidad de vida de las mujeres, me conectó a estudios etnográficos desarrollados en distintas comunidades. En estos se destaca la presencia afrodescendiente y su estilo de vida colectivo desde distribución de tareas, actividades económicas y cuidados de forma horizontal y colaborativa.

La literatura sobre el cimarronaje en el país (Deive 1989) (Cordero Michel 1979) (García 2004) (Pérez 2022)  lo describe como uno de  los fenómenos mas reveladores para  comprender los orígenes de las prácticas comunitarias, solidarias y cooperativas presentes en la vida cotidiana actual. El cimarronaje no se reduce a la fuga individual contra la esclavitud,  por el contrario,  fueron procesos colectivos que configuraron sistemas de organización social complejas  desde la articulación de estructuras políticas, económicas y culturales que funcionaron como contrahegemonía, resiliencia y alternativas al orden colonial.

En este sentido, los manieles y palenques pueden considerarse los primeros espacios de autogestión comunitaria en el territorio dominicano, donde se ensayaron formas de convivencia basadas en la cooperación, la ayuda mutua y la defensa colectiva.

Desde los primeros levantamientos de personas esclavizadas en el siglo XVI, el cimarronaje se manifestó como una respuesta organizada frente a la violencia estructural del sistema esclavista. Carlos Esteban Deive señala que “el cimarronaje en Santo Domingo no fue un fenómeno marginal, sino una constante histórica que acompañó todo el proceso de esclavización” (Deive, 1989, p. 27). Esta afirmación permite comprender que la resistencia cimarrona no surgió de manera espontánea, sino como resultado de una conciencia colectiva que reconocía la necesidad de construir espacios autónomos donde la vida pudiera desarrollarse fuera del control colonial como igualmente señala Cordero Michel (1979) definiéndolas como “sociedades alternativas donde los esclavos fugitivos reconstruyeron su mundo sobre la base de la solidaridad y la cooperación”

La economía cimarrona se estructuró sobre principios que hoy pueden identificarse como cooperativos. Se cultivaba de manera conjunta, compartían herramientas y organizaban redes de intercambio con poblaciones rurales cercanas. Esta lógica de producción comunitaria contrasta radicalmente con el modelo esclavista individualizado y sostenido en la propiedad privada de los cuerpos y del trabajo.

En los manieles las mujeres desempeñaron roles fundamentales. Fueron constructoras de territorio, memoria y comunidad, mediante prácticas íntimas, afectivas y colectivas que sostuvieron la vida cimarrona desde la época colonial hasta el presente.

La distribución de labores de cuidado de forma colectiva ha favorecido a través de la historia a las jóvenes en su acceso a la educación y al mercado laboral. En estudios con madres adolescentes (Vargas/ONE 2017) (Vargas 2020, s.p.) se presenta la diferencia entre aquellas que continúan en el sistema educativo y las que desertan. La permanencia en el sistema está marcada por la red de cuidado en las comunidades.

Los  tejidos sociales entre mujeres dan respuesta a la ausencia de respuestas del Estado a las necesidades de cuidado de niñez, personas adultas mayores y con condiciones de discapacidad Esta trama social ancestral con raíces en el cimarronaje es invisible. La negación de todo este legado, así como del conocimiento histórico de  la esclavitud y el cimarronaje ha funcionado como obstáculo a su reconocimiento y  aporte a la nuestra identidad cultural  y en consecuencia a la erosión del empoderamiento de los grupos más vulnerables.

La producción comunal en los manieles impregnó las condiciones socioeconómicas y el estilo de vida de nuestro campesinado con el convite como una de sus expresiones. En las comunidades rurales se mantiene una lógica de compartir los alimentos, la distribución del agua que incluye la construcción de pozos comunitarios ante la falta de acueductos y las tareas de cuidado. Estas actividades son lideradas por las mujeres.

La dimensión cultural del cimarronaje también fue fundamental para la consolidación del sentido de comunidad. En los manieles se preservaron prácticas religiosas, musicales y rituales africanas que fortalecieron la identidad colectiva y la cohesión interna. Esta cultura de resistencia permitió la transmisión intergeneracional de saberes que hoy forman parte del patrimonio cultural afrodominicano.

La estructura política de los manieles revela una organización social basada en la participación comunitaria. Aunque existían líderes reconocidos, la toma de decisiones tendía a ser colectiva, especialmente en asuntos relacionados con la defensa y la producción. Esta forma de organización anticipa prácticas que hoy se observan en distintos tipos de organizaciones y cooperativas campesinas.

El legado del cimarronaje trasciende su contexto histórico y se proyecta hacia la construcción de valores sociales que han perdurado en la cultura dominicana. La idea de que la libertad se construye colectivamente, y no de manera individual, reaparece en las luchas campesinas del siglo XIX que permean las guerras restauradoras y los movimientos de resistencia contra la invasión norteamericana de 1916. Igualmente, los cimientos del cooperativismo que se expresa en el ámbito económico y en la organización de los sanes en las mujeres (que se originan desde la esclavitud) y las sociedades de ayuda mutua con fines funerarios.  Esta continuidad histórica permite comprender que el cooperativismo dominicano no surge en un vacío, sino como parte de una larga tradición de organización comunitaria.

Tahira Vargas García

Antropóloga social

Doctorado en Antropología Social y Profesora Especializada en Educación Musical. Investigadora en estudios etnográficos y cualitativos en temas como: pobreza- marginación social, movimientos sociales, género, violencia, migración, juventud y parentesco. Ha realizado un total de 66 estudios y evaluaciones en diversos temas en República Dominicana, Africa, México y Cuba.

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