«Si uno se remonta, digamos, 400 años atrás, a nadie se le habría ocurrido ser introspectivo», dijo un gran sabio de Silicon Valley la semana pasada, durante el equivalente moderno de un diálogo socrático (un pódcast). «Los grandes hombres de la historia no se sentaban a hacer estas cosas». El sabio no era otro que Marc Andreessen: capitalista de riesgo, entusiasta de las criptomonedas, demócrata devoto reconvertido en asesor de Donald Trump y autor del grito de auxilio tardocapitalista de 2023, el «Manifiesto tecnooptimista» («el amor no escala… quedémonos con el dinero»).

El hombre que apostó fuerte por la Web3 (¿se acuerdan?) y los NFT (¿se acuerdan de ellos?), y que una vez describió las críticas al metaverso como «privilegio de realidad». (Meta, en cuya junta directiva se sienta Andreessen, anunció esta semana que prácticamente desconectaba el metaverso).

El fundador de a16z explicaba con orgullo al presentador del pódcast Founders, David Senra, que tenía «cero» niveles de introspección. «Avanzar. Ir», era su propio mantra antiintrospectivo. «He descubierto que las personas que se obsesionan con el pasado se quedan atrapadas en él. Es un problema en el trabajo y es un problema en casa».

A continuación, afirmó que el concepto mismo del individuo se inventó hace apenas unos pocos cientos de años y que no fue hasta principios del siglo XX cuando empezamos a creer en la culpa y la autocrítica.

Es difícil saber por dónde empezar. Podría empezar conjeturando, como se apresuraron a hacer los comentaristas en X, que quizás Andreessen no había oído la máxima de Sócrates de que «una vida sin examen no merece ser vivida», o que había malinterpretado toda la filosofía de estoicos como Marco Aurelio, cuyo pensamiento cita a menudo (incluso afirmó, como parte de su defensa, que el autor de las Meditaciones habría estado de su lado en esta discusión).

Empecemos, en cambio, por la interpretación más caritativa. Al fin y al cabo, apuntaba a un elemento de verdad: darle demasiadas vueltas a las cosas y rumiar sobre lo que ya pasó o escapa a nuestro control no nos lleva a ninguna parte, como bien sabían los estoicos. Además, en nuestra época decadente, en la que la mayoría pasamos el día sentados en vez de usar el cuerpo para algo productivo, existe el riesgo de volvernos un poco indulgentes con nuestros propios caprichos emocionales.

Llegado cierto punto, mirar hacia adentro deja de ser útil y se convierte en contemplarse el ombligo, lo cual se transforma en otra forma más de procrastinación. Y es importante asegurarse de que los planes y las ideas se traduzcan en acción, o no llegaríamos a ningún lado.

Pero Andreessen ha malinterpretado gravemente el significado de la introspección, como quedó en evidencia en sus respuestas a la reacción en línea que generaron sus comentarios, y no solo en sus pretensiones de estar del lado de los estoicos. Compartió, por ejemplo, un video del fundador de Apple, Steve Jobs, al que un entrevistador le pedía que «fuera introspectivo» diciendo cómo encajaba en «la familia estadounidense de pensadores e inventores». Jobs respondió: «Yo no pienso de esa manera». Andreessen subtituló el video con una sola palabra: «Bueno». Como si averiguar dónde encaja uno en la historia pudiera describirse de algún modo como introspección; como si esto demostrara que Jobs —un budista zen comprometido— también se oponía a la idea de la introspección.

Andreessen parece confundir la idea de pensar demasiado, e incluso la de la culpa, con la introspección, una palabra derivada del latín que simplemente significa «mirar hacia adentro». El valor de la introspección no es mantenernos dentro de nuestras cabezas, sino liberarnos de ellas. Consiste en permitirnos soltar nuestros pensamientos repetitivos —nuestro propio doomscrolling mental, por así decirlo— mediante el proceso consciente de descubrir por qué y cómo llegaron ahí en primer lugar.

También omite que la era actual es la única en la que siquiera tendríamos la opción de no ser introspectivos; la única en la que los mercaderes de la economía de la atención respaldados por a16z han extinguido el aburrimiento involuntario.

En una publicación reciente en X, Andreessen describió su «consumo de información» así: «Un cuarto X, un cuarto entrevistas en pódcast con los profesionales más inteligentes, un cuarto conversaciones con los principales modelos de IA y un cuarto lectura de libros antiguos. El costo de oportunidad de cualquier otra cosa es demasiado alto, y sube cada día». (Uno se pregunta si lee los libros antiguos o les pide a esos principales modelos de IA que le hagan un resumen).

Mi principal problema con Andreessen no es tanto que esté equivocado, sino que está tan seguro de estarlo. Sonaba igual de seguro cuando nos dijo que el bitcóin representaba un avance comparable al de internet, que la Web3 era el futuro y que no debíamos temer a la IA porque «la moraleja de todas las historias es que los buenos ganan».

Parece que creemos, como sociedad, que la riqueza, la influencia y la confianza pueden equipararse con la sabiduría. Pero los multimillonarios de Silicon Valley no son nuestros sabios; son nuestros facilitadores, que nos mantienen distraídos y embrutecidos, y se aseguran de que nunca dejemos de hacer scroll el tiempo suficiente como para pensar por qué estamos desperdiciando nuestras vidas en sus plataformas.

(Jemima Kelly. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. Todos los derechos reservados. Por favor, no copie ni pegue artículos del FT ni los redistribuya por correo electrónico o publicación en la web).

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