Las primeras publicaciones económicas en la historia humana no fueron tratados científicos, sino registros y textos normativos, morales, religiosos, administrativos y políticos que reflexionaban sobre la producción, el intercambio, la propiedad y la justicia distributiva.

Los registros económicos más antiguos son las tablillas cuneiformes de la antigua Mesopotamia, que datan del año 3000 a. C., en las cuales se consignaban salarios, contratos, deudas, préstamos con interés y rendimientos agrícolas. Estos registros revelan una concepción clara de la economía como actividad mensurable, controlable y sujeta a normas.

De igual forma, en Babilonia, el Código de Hammurabi (ca. 1740 a. C.), grabado en un monolito, representa un hito fundamental: en él se establecen reglas explícitas para las relaciones económicas, los precios, los salarios y las deudas, mostrando una temprana preocupación por regular la vida económica mediante la ley.

En el Egipto faraónico, los papiros administrativos registraban impuestos en especie, organización del trabajo y planificación de grandes obras públicas. Aquí la economía aparece como gestión centralizada, inseparable del poder político y religioso. Estas “proto-publicaciones” reflejan una idea que se mantendrá durante siglos: la economía como instrumento de gobierno.

 Las cuestiones económicas también ocuparon un lugar central en los grandes textos religiosos y políticos de la Antigüedad. En el Antiguo Testamento, redactado entre los siglos XII y IX a. C., abundan referencias al trabajo, la propiedad, la deuda y la justicia social.

En el siglo IV a. C., aparece en la India uno de los primeros tratados sobre la organización económica del Estado: el Arthasastra de Kautilya, el cual aborda temas como fiscalidad, comercio, agricultura y administración pública, integrando economía y política en un marco coherente.

En China, entre los siglos V a. C. y I d. C., se compila una colección de textos considerados los más representativos de los conceptos de economía política: el Guanzi, donde se analizan precios, moneda, intervención estatal y abastecimiento, mostrando una temprana reflexión sobre la gestión macroeconómica y el papel del Estado.

 Pero es en la Grecia antigua donde la reflexión económica comienza a adquirir una forma discursiva más elaborada. Uno de los primeros textos sistemáticos sobre la gestión de recursos, el trabajo y la productividad es Oeconomicus, escrito por Jenofonte en la primera mitad del siglo IV a. C., con un enfoque práctico y moral: la eficiencia debía ir acompañada de virtud.

Los dos grandes pilares de la filosofía occidental, Platón y Aristóteles (maestro y discípulo, respectivamente) integraron las cuestiones económicas en su reflexión política. En La República (c. 375 a. C.) y Las Leyes (c. 347 a. C.), Platón vinculó el origen del Estado a la división del trabajo y propuso, en algunos casos, la propiedad colectiva. Por su parte, Aristóteles distinguió entre economía, orientada a satisfacer necesidades, y crematística (la acumulación ilimitada de riqueza), a la que consideraba moralmente reprochable. Asimismo, en la Política (entre 330 y 323 a. C.) y la Ética a Nicómaco (c. 322 a. C.), Aristóteles analizó el intercambio, el dinero, el valor de uso y el valor de cambio, así como el problema de la usura. Estas ideas influyeron decisivamente en el pensamiento económico medieval.

La contribución romana al pensamiento económico fue menos filosófica y más institucional. Las publicaciones económicas aparecen dispersas en textos jurídicos, tratados agrarios y manuales administrativos.

Autores como Catón, Varrón y Columela escribieron sobre agricultura, productividad, esclavitud y organización del trabajo rural. El derecho romano codificó nociones fundamentales de propiedad, contrato, deuda y herencia, proporcionando un marco jurídico estable para la actividad económica. Aquí la economía se manifiesta como norma jurídica y técnica productiva, más que como reflexión teórica abstracta.

 Durante la Edad Media, la reflexión económica quedó integrada en la teología cristiana. Las principales publicaciones económicas no fueron tratados independientes, sino capítulos dentro de obras filosófico-teológicas. Santo Tomás de Aquino analizó el precio justo, el salario, la propiedad privada y la usura desde la perspectiva del bien común y la justicia moral. El intercambio era legítimo siempre que respetara la dignidad humana.

Estas discusiones respondían a conflictos concretos entre mercaderes, artesanos, campesinos y autoridades religiosas. La economía medieval fue, ante todo, una economía moral.

En el mundo islámico, Ibn Jaldún (también llamado Ibn Khaldun) destacó con su Muqaddimah (siglo XIV), donde analizó la división del trabajo, la fiscalidad, el crecimiento y la decadencia de los Estados, integrando economía, política e historia de forma moderna.

 Entre los siglos XVI y XVII surgen las primeras publicaciones que pueden reconocerse como tratados económicos en sentido estricto. El mercantilismo aparece en un contexto de consolidación del Estado moderno, expansión del comercio y competencia internacional. Autores como Thomas Mun, Jean-Baptiste Colbert y Antonio Serra defendieron la intervención activa del Estado para aumentar la riqueza nacional. La regulación del comercio, la acumulación de metales preciosos y el fomento de las exportaciones eran vistos como pilares del poder económico. Por primera vez, la economía se presenta como un saber especializado, aunque todavía profundamente normativo y orientado a la acción gubernamental.

Solo con la expansión del capitalismo, la secularización del pensamiento y el desarrollo de los mercados, la economía se separará gradualmente de la moral y la política para convertirse, en el siglo XVIII, en una disciplina autónoma. Los economistas clásicos no surgieron de la nada: heredaron más de dos mil años de reflexión acumulada.

Desde las tablillas mesopotámicas hasta los tratados mercantilistas, la economía siempre estuvo ligada a valores, intereses y conflictos sociales. Las primeras publicaciones económicas de la humanidad no buscaban descubrir leyes universales del mercado. Su objetivo era organizar la supervivencia colectiva, legitimar el poder y mantener el orden social. La economía, antes de ser ciencia, fue una reflexión sobre cómo vivir juntos con recursos limitados. Tal vez ahí resida todavía su sentido más profundo.

Alexis Cruz Rodríguez

Economista

Doctor en Economía (Ph.D.) por la Universidad de Surrey, Inglaterra, con un Magíster en Economía Financiera de la Universidad de Santiago de Chile (USACH) y un Máster en Escritura Creativa en la Universidad de Salamanca. Es licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC). Tiene amplia experiencia en ministerios, bancos y organismos internacionales. En el ámbito académico ha impartido docencia en diversas universidades dominicanas y extranjeras. Ha sido director de la Escuela de Economía de la Universidad Católica Santo Domingo y de las maestrías en Economía Aplicada y Economía para Negocios de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Sus ensayos académicos han sido publicados en revistas especializadas de circulación internacional. Es autor de los libros Ceteris Paribus. Biografías de economistas dominicanos (2023) y Exchange arrangements, currency crises and macroeconomic performance (2022). Actualmente es viceministro de Economía en el Ministerio de Hacienda y Economía y anteriormente fue viceministro de Análisis Económico y Social del MEPyD.

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