Sin lugar a dudas, el presidente Luis Abinader se ha mostrado muy preocupado por las implicaciones que la guerra de EUA, Israel e Irán tendrá sobre nuestro pueblo, sobre todo a nivel de los precios. Su preocupación lo ha llevado a dirigir una alocución a la nación el día 22 de marzo, siendo el único presidente latinoamericano que toma tal iniciativa, antes del mes de un conflicto que comenzó el 28 de febrero.
La alocución, lejos de calmar a la ciudadanía, generó ciertas suspicacias en la población: sectores profesionales que consideran que su posición legitimaba el aumento de los precios de la canasta básica, y para otros era una forma de alertar a la población. Se reunió el 31 de marzo con el sector empresarial, que prometió no aumentar los precios de los alimentos.
Adelantándose a una situación que reconoce nada tiene que ver con el Gobierno y que en realidad nadie puede presumir de conocer, ya que se trata de la crisis petrolera más compleja que ha enfrentado la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) desde su creación en 1960 y la más inédita, dado el contexto geopolítico y mediático de la humanidad, donde versados analistas políticos se abstienen de predecir y calificar los eventos actuales, donde pareciera que nadie sabe lo que puede acontecer en el tiempo de la incertidumbre, de lo que podría ser la mayor crisis energética de la historia.
Asumir que se pueden controlar los precios, en una realidad como la nuestra donde no se controla nada, puede parecer una medida proselitista que, lejos de ayudar al Gobierno, puede revertirse contra este, agotando los recursos de justificación y excusas eventualmente necesarias en el futuro, de acuerdo con la evolución del conflicto y las repercusiones que tenga sobre nuestra realidad.
Es apropiado decirle a este pueblo la verdad en medio de un mar de falsedades. Pretender que el colmadero de la esquina, que vende el botellón de 5 litros de agua local en 175,00 pesos cuando en el supermercado cuesta 85,00 (sin guerra alguna), va a mantener los precios actuales, cuando nadie aquí ni en muchos lugares del planeta puede controlar la variabilidad de los precios, resulta poco creíble.
Admiro la buena voluntad que caracteriza las acciones del presidente Abinader, pero estamos en la obligación de recordarle que la guerra que nos toca observar desde lejos nos arrastra a su actualidad a través de los medios, falsos o reales, y que esa guerra se va a llevar a más de un político de por medio, aunque no esté en la línea de fuego. Hay que ser cuidadoso.
Este pueblo tiene que aprender a asumir sus responsabilidades ciudadanas, a las cuales la clase política le niega el acceso para mantenerlo en su condición de dependencia: subvenciones, dádivas y porcentajes.
Esta crisis energética, que no es culpa del Gobierno, debe ser asumida por todos como un problema general que afecta de forma distinta a los países involucrados; nosotros debemos tener un plan para enfrentar las consecuencias de la guerra, apenas perceptibles con el aumento de los precios del petróleo. Además del impacto sobre la canasta básica, ya se ven efectos sobre el sector turístico a nivel internacional, con aerolíneas que han tomado la decisión proactiva de cancelar rutas de vuelos, en previsión del alza de los precios.
La austeridad es una de las formas para enfrentar esta situación. Nuestra población, educada en la irresponsabilidad, finalmente tiene una oportunidad de crecer, de alcanzar la mayoría de edad ciudadana y enfrentar las contingencias que el Gobierno determine para un gran número de ciudadanos que vive como si fuéramos un país productor de petróleo.
Asumir que se pueden controlar los precios en tiempos de crisis petroleras es muy loable, pero nadie lo ha podido lograr; aunque las clases empresariales y comerciales se comprometan, los mecanismos del mercado no son controlables en democracias.
Es una situación externa en la cual el Gobierno no es responsable. Es necesario asumir esta crisis como debe hacerse, confrontándola con un plan para enfrentar situaciones críticas. Este tipo de problema responde a un manual de contingencia elaborado por especialistas, como se ha logrado en otros momentos y en otras sociedades, sin temor a que las medidas no sean populares.
Compartir esta nota