A las cinco de la mañana, en la sala de emergencias de cualquier hospital público del país, ya hay madres con niños en brazos, envejecientes sentados en silencio y trabajadores que aún no han llegado a sus empleos. Nadie está ahí por gusto. Todos están ahí porque la vida, de repente, se vuelve frágil. En ese instante no importan ideologías ni discursos: importa un solo derecho, quizá el más humano de todos, el derecho a la salud.
En la República Dominicana hemos avanzado. Hoy más de nueve millones de personas cuentan con algún tipo de seguro de salud, algo impensable hace apenas dos décadas. Ese progreso es real y merece reconocimiento. Pero el avance no borra las deudas: hospitales saturados, trámites que desgastan al paciente, desigualdades entre el campo y la ciudad, y una desconfianza que surge cuando la gente siente que el sistema no siempre responde con la humanidad que la situación exige.
La manera en que un país cuida a sus enfermos define su nivel de civilidad. No se trata solo de presupuestos o infraestructuras, sino de respeto. Cuando la salud falla, se resquebraja la confianza entre el ciudadano y el Estado, y con ella también se resienten la productividad, la convivencia y la esperanza colectiva.
Quien ha acompañado a un familiar en una sala de emergencia sabe que la enfermedad no es solo un asunto médico: es emocional, social y económico. Una consulta tardía se convierte en angustia; un trámite innecesario, en desesperación; una negativa mal explicada, en humillación. Por eso la salud no puede verse como un servicio más, sino como un pacto humano entre el sistema y la gente.
Desde mi experiencia en la Dirección de Información y Defensa de los Afiliados a la Seguridad Social (DIDA), he confirmado que muchos ciudadanos no buscan privilegios, sino orientación. No piden favores, piden justicia. La madre que camina horas desde una comunidad rural para que su hijo sea atendido no reclama trato especial: reclama un derecho. El trabajador que teme perderlo todo por una enfermedad inesperada no busca caridad: busca respaldo.
Ahí es donde el sistema se pone a prueba. Y ahí también se define qué tipo de país queremos ser.
Necesitamos una salud con transparencia que genere confianza. Cada peso invertido debe poder explicarse con claridad. Digitalizar procesos, publicar información accesible y sancionar los abusos no es solo buena gestión: es respeto por la vida del ciudadano que confía en el sistema.
Necesitamos una salud que prevenga más de lo que cure. La educación sanitaria, los chequeos tempranos, la vacunación y la promoción de hábitos saludables desde la escuela son actos de amor social. Invertir en prevención no es un lujo: es proteger el futuro antes de que la enfermedad lo fracture.
Necesitamos una salud que acompañe. Tener un seguro no sirve si la persona no sabe a quién acudir cuando se le niega un servicio o se le maltrata. Nadie debería enfrentar la enfermedad en soledad, perdido entre oficinas, formularios y silencios.
Necesitamos una salud que cuide especialmente a los más frágiles. Un sistema se mide por cómo trata a quienes menos pueden defenderse: envejecientes, personas con discapacidad, madres solteras, trabajadores informales. Menos papeleo y más humanidad; menos barreras y más comprensión.
Y, sobre todo, necesitamos entender que la salud no es un campo de competencia, sino de cooperación. Estado, ARS, prestadores y comunidades deben verse como aliados, no como adversarios. La enfermedad no espera disputas institucionales; exige respuestas conjuntas.
Soñar con un sistema digno no es ingenuidad. Es una obligación moral. Un país donde el paciente no sea un número, sino una historia. Donde la atención llegue a tiempo, sin importar el barrio o la provincia. Donde la salud fortalezca la democracia, porque sin ciudadanos sanos no hay ciudadanía plena.
Nuestro deber no es con titulares ni con discursos, sino con la gente: con la madre que llega de madrugada al hospital, con el trabajador que teme perder su empleo por una enfermedad, con el abuelo que depende de sus medicamentos para vivir con serenidad.
La salud no es un privilegio. Es el derecho más humano. Y defenderla no es solo tarea de las instituciones: es una responsabilidad colectiva. Cuidarnos unos a otros es, quizás, la forma más alta de construir país.
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