La resistencia que existe de la psiquiatría hacia la salud mental comunitaria puede entenderse como el desencuentro entre dos formas diferentes de interpretar y tratar la condición mental. Mientras que el modelo biomédico tradicional busca el diagnóstico clínico, la hospitalización y el tratamiento psicofarmacológico; la salud mental comunitaria, sin abandonar estos requerimientos, enfatiza los factores sociales, familiares y culturales, estimulando la participación activa de la persona y su integración en la sociedad.

La salud mental comunitaria representa, a la vez que una evolución, una transformación trascendental en la historia de la atención psiquiátrica. Este enfoque busca sustituir los modelos tradicionales basados en el aislamiento institucional por sistemas centrados en la inclusión social, los derechos humanos y la atención integral dentro de la comunidad. No obstante, el tránsito hacia este modelo no se ha librado de conflictos y de dificultades que vienen básicamente desde sectores de la psiquiatría clásica. En nuestro país, la resistencia de un grupo importante de psiquiatras a estas reformas comunitarias se ha venido manifestando desde muchos años atrás.

Durante gran parte del siglo XX, la psiquiatría estuvo dominada por el modelo manicomial y hospitalario. Las personas con trastornos mentales eran internadas en hospitales psiquiátricos durante largos períodos, sujetas a la premisa de que el aislamiento propiciaba el control de la enfermedad y protegía a la sociedad. Esa visión biomédica de la enfermedad mental, centrada en los síntomas, el diagnóstico y el tratamiento psicofarmacológico, realizó aportes importantes en el campo científico, a la vez que produjo prácticas institucionales de dependencia, de reclusión y soledad, que en muchos casos provocaron la vulneración de derechos humanos. Dentro de la estructura vertical del hospital psiquiátrico, las relaciones de poder se mantenían firmes y cerradas, en las que el paciente tenía escasa o nula participación en las decisiones relacionadas con su tratamiento y el devenir de su vida.

El surgimiento de la salud mental comunitaria tuvo su auge y formalización principal a inicios de la década de 1960. Se le considera como la tercera revolución en la atención a la salud mental. Un punto clave fue la promulgación en los Estados Unidos de la Ley de Centros Comunitarios de Salud Mental. El contexto pos Segunda Guerra Mundial, la creación de la Organización Mundial de la Salud (1948) y el desarrollo del estado de bienestar catapultaron una nueva visión de la salud mental, no solo como ausencia de enfermedad, sino enfocada en factores sociales. El movimiento llegó a Latinoamérica en los años setenta de manera tímida, y no fue hasta 1990 que tomó un nuevo impulso con la Declaración de Caracas. En nuestro país, esfuerzos como los realizados por psiquiatras como Jaime David Fernández Mirabal, José Mieses Michel, Fernando Sánchez Martínez y, más recientemente, Junior Boció, han buscado concientizar al respecto con argumentos escritos y en la organización de espacios comunitarios.

Las posibles causas de la resistencia de los psiquiatras a la salud mental comunitaria pueden deberse a una combinación de factores de tipo formativo, estructural, económico y profesional. La formación tradicional y la mentalidad biomédica de los psiquiatras, enfocada fuertemente en la patología, el diagnóstico y el tratamiento farmacológico, los aleja del modelo comunitario, que necesita competencias psicosociales y de rehabilitación. Es decir, uno con raigambre biomédica y el otro enfocado en el entorno social. La falta de recursos y de apoyo, común a ambos modelos, se acentúa de manera dramática en los servicios comunitarios. Muchos psiquiatras prefieren la seguridad y la inmediatez del entorno hospitalario, donde el control se establece en base a un modelo jerárquico de atención, frente a la complejidad y los desafíos clínicos de la atención comunitaria. El financiamiento, escaso siempre para la salud mental, favorece la atención hospitalaria sobre la comunitaria, ofreciendo escasos incentivos para el trabajo en equipo interdisciplinario en entornos no hospitalarios.

Si lo anterior no es suficiente, se añade el temor al cambio. En todos los procesos de transformación en el modelo de atención a la persona con una condición mental que hemos estudiado en los diferentes países de nuestra región, igual que en nuestro país, son los profesionales de la psiquiatría quienes perciben esta reestructuración, este cambio de modelo, como riesgosa o de difícil aplicación. No obstante, muchos colegas reconocen que el modelo biomédico resulta insuficiente para responder integralmente a las necesidades de las personas con trastornos mentales.

La evidencia internacional demuestra la importancia del enfoque comunitario. Los servicios comunitarios de salud mental favorecen mejores resultados en términos de recuperación, inclusión social y calidad de vida, a la vez que permiten que las personas permanezcan en sus entornos familiares y comunitarios, consolidando sus vínculos sociales y su autonomía.

Se ha demostrado, además, que el enfoque comunitario favorece la prevención y la atención temprana, reduciendo crisis severas al fidelizar al paciente con el tratamiento, con lo que disminuye la necesidad de internamientos.

El modelo comunitario busca estructurar una psiquiatría integrada a la comunidad. El psiquiatra continúa desempeñando un papel importante e insustituible dentro del equipo interdisciplinario que busca disminuir el sufrimiento humano desde una perspectiva integral y social.

Angel Almánzar

Trabaja Salud Mental

Trabaja Salud Mental. Pasado presidente de la Sociedad de Psiquiatría y pasado director de Salud Mental.

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