Con las reflexiones del otoño me he vuelto más optimista, no porque pretenda forzar el espíritu para que reniegue de las dificultades de la vida, sino, más bien, por la actitud racional de asumir frontalmente los desafíos de la incertidumbre. La razón de ser de mi optimismo ya no la busco en el apresuramiento de que todo salga a las mil maravillas, sin un mínimo de esfuerzo, intento descubrirla en medio de las circunstancias adversas, en ese trecho que me abre las posibilidades de acción, de conocer y convertir en éxito aquellas desviaciones que parecían fracasos inevitables.

No se trata de estimular la indiferencia de mi optimismo frente al dolor o ante los estragos de la desgracia, de ninguna manera; estrictamente hago todo lo posible para que el pesimismo no tome las riendas de la solución, porque al final terminaré agobiado por la desesperanza. Cuando el pesimismo me impide ver el horizonte, el optimismo me provee del telescopio para poder percibir más allá de la línea donde la tierra parece juntarse con el mar. Cada vez intento desentrañar, aun sea discretamente, el contenido de la filosofía de vida de los estoicos, la felicidad y la paz no dependen tanto de lo que nos ocurre, sino de cómo respondemos a lo que nos ocurre.

Con el transcurso de los años he aprendido que la fortaleza humana nos capacita para intervenir la realidad, descubrir sus reveses y saber que el optimismo no es una invitación a ignorar los problemas que nos persiguen, sino al contrario, un desafío para hacer frente a las dificultades con las que cotidianamente tenemos que lidiar. Las circunstancias adversas están ahí y aunque no dependen de nuestra voluntad, sí requieren de nuestra inteligencia, entereza y firmeza para dulcificar las cicatrices de sus consecuencias.

Al igual que otros nacionales también fui exiliado, no por la inestabilidad política que sacudiera el país en mis años de juventud, sino atosigado por la perturbación sombría que opacaba el futuro incierto que me pisaba los talones. Al final aprendí la lección: la realidad sigue siendo la misma en todas las latitudes, es la visión interna de cada uno lo que la transforma, ya sea en fuente inagotable de optimismo para vencer la incertidumbre, o en océano pesimista cuyas aguas siempre se mueven en dirección al fracaso.

A veces mis contertulios me perciben como excesivamente optimista frente al entorno crítico que zarandea las instituciones; sin embargo, la experiencia vivida y la propia historia me han enseñado que, a pesar de los trances que desafían el sosiego, siempre surgen líderes inspiradores, con la suficiente entereza y disposición de impulsar la justicia social, los derechos fundamentales y la convicción de que las acciones humanas, aun parezcan inútiles a los ojos del pesimismo, se tornan necesarias para la transformación que requiere la comunidad en la búsqueda de un futuro más promisorio.

No pretendo ser catedrático del optimismo, ni propiciar un desarrollo sin esfuerzo, porque al margen de la incertidumbre que permea la realidad nadie puede vivir. Comprendo que el bienestar no se logra extasiado desde una poltrona mientras las vicisitudes cruzan por el frente; se alcanza con las acciones humanas que se encaminan en busca del remedio que cura la enfermedad, y cuando ya el sufrimiento es irremediable, entonces surge el optimismo como la gran esperanza que alienta la dignidad humana.

Al igual que los estoicos, a los optimistas la vida los invita a vivir con virtud, templanza, justicia, valentía y razón, pero discordantes en cuanto a aceptar la realidad de una forma pasiva, porque la incertidumbre hay que enfrentarla con acciones humanas activas, y en esto descansa la gran diferencia entre los unos y los otros.